
Éstas son las vistas que hay desde mi habitación. Algunas privilegiadas podrán confirmarlo: a Madrid se accede desde mi cama. A todas las ciudades, desde el umbral de mi puerta. Desde las demás no se llega a otro sitio que a lejanas oficinas que permanecen encendidas hasta tan tarde que ya es temprano.
El día que vayas a dejarme me citarás en alguna cafetería de otra ciudad, y te encontraré sentada a solas, bebiendo en vaso alto una infusión acuosa de color rojo extremo, y entonces podré cerrar la rueda, una vez más, con todos sus desastres y sus triunfos orbitando sobre la palma de mi mano como una peonza enloquecida, hasta que llegue el momento en que tenga que hablar de ti en pasado y yo no sepa preguntar a qué cama en qué ciudad tendré que dirigirme entonces.




