sábado, noviembre 14, 2009

The wheel


Éstas son las vistas que hay desde mi habitación. Algunas privilegiadas podrán confirmarlo: a Madrid se accede desde mi cama. A todas las ciudades, desde el umbral de mi puerta. Desde las demás no se llega a otro sitio que a lejanas oficinas que permanecen encendidas hasta tan tarde que ya es temprano.
El día que vayas a dejarme me citarás en alguna cafetería de otra ciudad, y te encontraré sentada a solas, bebiendo en vaso alto una infusión acuosa de color rojo extremo, y entonces podré cerrar la rueda, una vez más, con todos sus desastres y sus triunfos orbitando sobre la palma de mi mano como una peonza enloquecida, hasta que llegue el momento en que tenga que hablar de ti en pasado y yo no sepa preguntar a qué cama en qué ciudad tendré que dirigirme entonces.

lunes, octubre 19, 2009

Los viajes de octubre

De las idas y venidas de la reina blanca por el tablero se extrapola su profundo aburrimiento. Con elegancia inédita se pone de nuevo los guantes, observa las fichas caídas y reconoce que a veces “la mayoría” sólo significa que todos los tontos están del mismo lado. Qué maravilloso es, piensa, preferir una mentira brillante antes que cien verdades grises. Lo que más me gusta de ella es que le falta convicción en todo. Eso, y su sofisticada persistencia, la misma que hace que si nos separamos sea sólo para volver a encontrarnos.

viernes, octubre 09, 2009

Almost blue

Crecí escuchando copla, ópera y jazz, en ese orden temporal matutino-vespertino, lo que me ha llevado a adorar los tres estilos sin ser para nada una experta en ninguno. Cada vez que se sentaba a leer en el salón yo sabía que estaba triste porque se quedaba durante mucho rato con la mirada fija en la misma página. Contaba cuánto aguantaba sin pasarla, cuánto aguantaba yo sin decirle nada, y como la cuenta se hacía demasiado insoportable terminaba levantándome y marchándome del salón. Al volver, él había dejado el libro a un lado y yo daba las buenas noches; así declaraba su rendición, y yo la mía.
Estoy irritada e irritable, y cada vez que estoy irritada pienso en rendiciones. Para calmarme, en raras ocasiones funciona lo de ponerme a escuchar jazz en días nublados, pero así es como poco a poco me he vuelto una experta en discos antiguos.




viernes, septiembre 25, 2009

El plan perfecto

Debería hacerme taquillera de cine. A quien me pidiera una entrada para The Reader, le vendería una para cualquier comedia de Billy Wilder; a los devotos de Lars von Trier les sentaría en una sala a ver Scream y a quien quisiera ver Love Actually le conduciría hasta donde se proyectara Revolutionary Road. Así, sin duda, el mundo sería un lugar mejor.

jueves, septiembre 24, 2009

Retirada a tiempo

¿Me creerían si les dijera, señoras y señores del jurado, que en todo he tratado de ser siempre contenida? Cada vez que me he marchado ha sido para preservar la limpieza del recuerdo, para no enturbiarlo con sucesos posteriores que ya ni sirven ni añaden. El corte es, precisamente, lo que hace que todo sea perfecto. 
Pero existe, por supuesto, otra razón al desenlace, la generosamente propiciada por toda la podredumbre que tengo que contemplar cada día desde la balconada de un mundo al cual ya no me interesa aportar nada. Qué valioso se hace lo poco o mucho que te debes a ti misma escuchando los anhelos de triunfo de escritorzuelos que en seis meses creen haber conseguido los más altos méritos literarios en virtud de 600 páginas frente a los que en 28 años que llevamos escribiendo aún no sabemos (ni sabremos nunca) hacerlo bien. Cómo explicarles a ésos la necesidad de la modestia para poder presumir de soberbia, el lento desangrarse del cerebro que se adentra más allá del mero juntar letras, el suplicio que supone escuchar las ambiciones sin principios de los vendidos a una execrable prostitución acordada. Dónde queda lo válido, si es que a estas alturas le importa a alguien. 
Ni siquiera tendré nada que decir en mi última reunión. Ante un jurado, y en virtud de una posible —deseada— justicia poética que, si existen los dioses, no puede abandonar a quienes hemos creído en ella aunque contenidamente, sólo me veré capaz de apuntar a la cara, escupir la más pura indiferencia y salir, antes de que todos se tapen los oídos, ya no como elefante de una cacharrería absurda, sino preocupándome tan sólo de que no me alcancen las ondas. Y no me van ni a rozar, te lo aseguro.

miércoles, septiembre 16, 2009

Nostalgia de Tokyo


Vimos una calle en Kyoto que descendía en cuesta, empapada por la lluvia reciente. A un lado, las casas eran igual que en las viñetas de los mangas, blancas, poliédricas, con cables por encima de los tejados y neones incluso aquí. Pequeños neones rojos con los tubos algo desviados que se multiplicaban en los charcos del suelo y destacaban sin querer contra un cielo gris de agua. Al otro lado, por donde caminábamos, bajaba paralelo un muro de piedra no muy alto, y de repente verjas de colegios o puertas correderas de papel con zuecos de madera apoyados en los quicios. La calle descendía y descendía hacia los templos, tanto que tuvimos que dar media vuelta a mitad de camino porque empezaba a llover de nuevo y sólo teníamos un paraguas transparente. Cruzamos a saltitos sobre las piedras redondas los pequeños lagos del parque, ya había luces encendidas junto a los cerezos, vimos a las ancianas prender con cuidado sus palitos de incienso y quedarse con el rostro agachado como esperando respuesta. Compramos un paquetito de empanadillas dulces, y al anochecer entramos en un pequeño bar de madera con banderitas llenas de kanjis colgadas en lo alto sobre la isleta del mostrador. Las geishas avanzaban por las estrechas calles de Gion como si la lluvia no pudiera tocarlas, incorpóreas como el aire mismo; después entraban en las pequeñas casas señaladas con farolillos rojos, y entonces era como si en realidad nunca las hubiéramos visto.

martes, septiembre 08, 2009

El desvelo


Encontré la tumba de Beatrice de Portinari igual que Dante a la propia Beatrice, igual que Beatrice a la muerte: de casualidad. E incluso para quien no conoce la tumba de Beatrice ni sabe de su invención es significativo este tropiezo y debería reconocer el tremendo valor de su hallazgo, bien en forma de velas encendidas en racimos de metal junto a los bancos, bien a través de mensajes depositados en grandes cestas de mimbre a su lado, porque a todos nos ha alcanzado alguna vez esa nostalgia de algo que no hemos acertado a expresar y que no es otra cosa que nostalgia de Beatrice.

lunes, agosto 31, 2009

... del hábil viajero en su largo extravío


Me dormí, aquel verano, sosteniendo la Odisea. Era siempre la hora en que zarpaban las naves aqueas con sus enseñas celestes contra el aire impecable de los puertos. Estación por estación recordamos. A los catorce años me hice amiga de Telémaco atolondradamente, que es la infalible puntería de los adolescentes; me encantaba que se refiriera a Atenea como “la de los ojos glaucos”. Sólo eso me parecía una cúspide. Y el hecho de ser el favorito de la diosa también me maravillaba. 
Yo a los catorce años aún no conocía el mar, nunca lo había visto, pero sí todas las horas de la noche, con sus nombres antiguos —prima, quarta, conticinium—, hasta la primera luz. El tesón de Telémaco se ganó mi respeto mucho más y mucho antes que el de Ulises. Conocí el mar junto a ellos, supe de su arrebato, su silencio y sus indultos casi mejor que cuando lo tuve delante. Ahora todos los veranos me parecen un lento regreso a Ítaca cuando la luz, albente, toca su primer reflejo sobre el agua para brindarnos la muestra más espléndida de un arte falsamente simple: cómo recordar lo perdido sin dejarse traicionar por la furia o por una engañosa piedad y aceptar, en suma, lo más difícil: que no perdimos nada, ya que nada era nuestro.


Foto: Walter Kung Fu (gracias).

sábado, agosto 01, 2009

Salvándome, a veces

La temporada que viví en Londres fue una de las más intensas y, a la vez, apacibles, de mi vida. Me hice amiga de un chico noruego que tenía la piel infinitamente blanca y los ojos infinitamente azules. En realidad, a los dos nos tomaban por nórdicos. Un día me lo encontré bajando el puente de St. Paul hacia el río, “Hey Maine, would you please please let me invite you?”, y desde entonces íbamos casi todas las tardes a tomar zumo de naranja a un sitio cerca de King’s Cross. Quería ser piloto. Yo entonces quería estudiar historia. Un día me propuso una excursión clandestina a Canterbury, y aún recuerdo con qué reverencia tocaba las piedras de las tumbas que bordeaban el altar. De regreso cogimos el último tren hacia Londres, y pasamos las dos horas hablando de catedrales y de mujeres.
No volví a saber de él desde entonces, pero me gusta pensar que fue él, quizá, quien me llevó en avión a París, o a Ámsterdam, o a Tokyo; o quien, tal vez, me lleve a todas las capitales que aún nos quedan por conocer.

jueves, julio 30, 2009

Y te diré quién eres

Alicia se pasa toda su estancia en el país de las maravillas tratando de convencer a sus habitantes de todo lo que no es. No soy una serpiente, le dice al huevo sobre el muro; no soy una flor, le asegura al jardín malicioso; no soy una ficha de ajedrez, insiste frente a la reina blanca, manteniendo esa pose de diligente cordura que durante la partida es mero escudo contra el pánico. 
El último regalo que me hizo mi primera amante antes de convertirse en mi primera ex fue una pequeña máscara blanca. Comencé a darle uso dos años después, y de qué manera. A estas alturas estoy para pocas tonterías, y obviamente no para justificar ni salvar a nadie. Ya no. Los cortesanos tienen gran parte de culpa en los abusos y desmanes de las reinas; pero, oh casualidad, en estos momentos me siento menos reina que nunca, y no porque sea verano. Te pones la máscara y escribes un blog. Oh prodigio. Ya eres el creador creado dentro de tu propio país de las maravillas. Ahora sólo tienes que recorrerlo de norte a sur repitiendo incansable todo aquello que no eres, cuidando de no olvidar lo contrario.