lunes, octubre 30, 2006

La garganta entre alfileres



De camino vas sólo fijándote en la luz roja del coche que está delante de tí en la carretera. Es como mirar una farola con los párpados entrecerrados para que el amarillo se extienda. Y vas pensando que es más que probable que no cambie nada en un año, o en cinco, o en toda tu vida, y se vaya consumiendo poco a poco la espera, que en realidad nunca fue tal porque si llevas el veneno contigo cualquier tierra que pises quedará infectada y en ningún sitio hallarás paz. Esto lo has sabido siempre, por eso los días no pueden ofrecerte nada, no van a traer ya nada, y lloras y lloras pero ellos ya no vienen. La casa está vacía desde hace mucho tiempo, y qué puedes hacer cuando el hogar no es la morada.

Llegas de nuevo allí, sabiendo que las estaciones no transcurren y que se celebra constantemente un cumpleaños estancado porque allí siempre es invierno. Piensas que las mañanas pueden ser agradables porque miras el azul que te conmueve, miras el tejado y es el mismo -cómo es posible-, pero en los atardeceres tienes que enfrentarte otra vez a las luces más violentas y al recuerdo de su nombre, viejos movimientos por detrás de la ventana y todos tus fantasmas aguardando. Se te caen de las manos las frutas que has cogido y están frías, estás sola, te obligas a soportarlo y te obligas a mirar pero el tejado ya es extraño a tu memoria, ya no existe, y te pende de una tela chorreante el corazón y el terror más absoluto de repente sobreviene con el recuerdo de que alguien tiene todavía las llaves de esa casa y no puedes recuperarlas. Nunca antes tanta tristeza. Viernes de Noviembre entre la niebla allí apoyada contra el cristal mientras se hacía de noche y esperabas, y rogabas que todo terminara cuanto antes.

Lo único que se te ocurre entonces es renegar y maldecir las vidas ajenas de las que no te lamentas. Pero ojalá fuéramos dueños de la blanca incertidumbre que hace a los ángeles vírgenes.

viernes, octubre 27, 2006

A.C.

Cada mies y cada cría había sido quemada en el altar de las ofrendas hasta que ya no quedaron ovejas ni espigas y comenzaron los días en que tuvo que presenciar cómo sus hijos lloraban de hambre y sus mujeres se secaban y morían de pena.
Por eso acudió ante su hermano para hacerle entrar en razón, para obligarle a detener sus rituales, pero el hermano de ojos rubios seguía sacrificando las mejores reses y quemando las cosechas y los frutos y ya sólo se le oía murmurar extrañas palabras dirigidas a alguien a quien llamaba Yavéh.
-¡Pero mis hijos lloran, noche y día les escucho llorar y su llanto no termina! -Es necesario, hermano mío, es necesario quemar las provisiones...- Y los seguidores de su hermano, todos blancos y rubios, continuaban echando al fuego cada grano que pudiera servir como alimento, cada ternero recién nacido. -¡Pero mis hijos están muriendo, mis esposas tienen hambre!- Y el hermano rubio dejaba caer hacia atrás la cabeza con los ojos en blanco y le hablaba al vacío -Yavéh, no abandones a tus siervos -, el buen hermano se mecía, respiraba el humo del sacrificio y proseguía su letanía interminable -no apartes tu mirada de tus siervos...
El llanto del último niño nacido cesó de repente, y su madre gritó de dolor.
Al volver la cabeza de nuevo, en un relámpago, sólo vio junto a sus pies la quijada del animal despellejado. Se miró horrorizado las manos empapadas de sangre y después reinó el silencio. Todos los fanáticos de Abel le señalaron con el dedo, quisieron prenderle, y Caín, desesperado, maldito ante los ojos de los hombres y los dioses, tuvo que huir de aquella tierra para siempre.

jueves, octubre 26, 2006

Divina Comedia

El diablo se levantó y dijo: "Creo en la bondad de los hijos de los hombres." Pero los santos, aterrados y furiosos, le amenazaron con matarle y con borrar su nombre para siempre de las Crónicas del mundo si dejaba alguna vez de sembrar el odio y la violencia en el corazón de los mortales.

miércoles, octubre 25, 2006

A salvo


La salvación no es alguien. La salvación es dónde. Pensé: "Allí debo estar tranquila. Allí debe de haber paz." Y por eso volví allí, donde es invierno siempre y donde siempre está nevando como algo irremediable. Pero si volviera allí este invierno sería el final de todas las cosas, y ya nadie podría encontrarme, porque no podría soportar ver de nuevo la carretera entre los árboles, la profunda interminable madrugada, la luz gris y azul como la de una estación prehistórica sobre las camas. Dónde, dónde se enredaba el humo si no allí, dónde miraba tras la ventana los dólmenes durante horas, dónde sus mañanas y su tejado azul de frío, la niebla congelada en la ciudad, dónde todas las fechas, dónde si no allí seguía la casa a oscuras y yo había salido corriendo a la calle buscando los faros de un coche, dónde, como algo irremediable, nevaba nevaba nevaba nevaba...

lunes, octubre 23, 2006

La culpa



Llamó a mi casa un hombre sin manos. Cogió su paraguas y se fue porque aquella casa estaba llena de hielo y de niebla. Cuando todos los demás salieron de la habitación, cuando ya no quedó nadie-por Dios no te vayas, por favor no te vayas, me decía-, alguien se arropó para sentir algo de calor y encendió la televisión para no morir solo.
Ésta es, ahora, una confesión inútil y a destiempo.

domingo, octubre 22, 2006

Hora crepuscular



Ha llegado de repente el frío. ¿Sabías que los muertos extienden su mano hacia nosotros? Lo hacen, y no dejan de llorar porque no podemos verlos y nadie les escucha temblar de frío y de miedo. Todas las noches, poco antes de cerrar la puerta de mi habitación para meterme en la cama, echo siempre un último vistazo esperanzado a la negrura del fondo del pasillo. Si al menos los muertos pudieran volver. Si pudiera ver por fin algún fantasma allí de pie mirándome. "¿Qué ocurrió? ¿Sufriste? ¿Tuviste miedo en algún momento?" No me importaría recibir una visita así, pero lo terrible es que esto no va a ocurrir nunca. El esplendor de lo sobrenatural se queda en los cuentos y poemas y en las obras de Shakespeare. Nosotros, todos, caminamos ignorantes de la cuna a la tumba abrumados por las tragedias mundanas, y sólo a veces podemos llegar a sentir un escalofrío como si la muerte anduviese muy cerca observando, o, más triste aún, como si acabáramos de pasar al lado de algún pequeño fantasma que está llorando y alargándonos la mano y al que no hemos visto.

sábado, octubre 21, 2006

Lo que no se dice

Y ahora, siendo la viva imagen de la desolación, me pongo de tu parte, pero cómo puedes pedirme que me distraiga y considere las ventajas de una muerte prematura -ella agonizaba, ella agonizaba- si yo soy incapaz de encontrar descanso alguno por las noches porque cargo con el nicho de Caín a mis espaldas y no deja de sangrarme tanto la memoria que me gustaría saber rezar...

Lo que vi en el túnel


Había un ángel apoyado en el alféizar de la única ventana. Tenía la túnica y las alas negras, todo el pelo caído sobre la cara. Giró la cabeza lentamente y mantuvo los ojos en el suelo, las manos desposeídas.
- Ha muerto una niña aquí. No mires.
Sola, desesperadamente triste, caminé a través del largo pasillo de hospital sin encontrar a nadie. A ambos lados, puertas abiertas y vacías, y la luz verde temblando en el techo a punto de apagarse. Antes de comprender llegué hasta la puerta del fondo, la habitación de la niña enferma donde estaba el ángel sentado en la ventana.
Me miró y tenía los párpados vacíos como abismos.
- ¿Quieres que te muestre la desgracia?
Traté de detenerlo, era tan joven, pero se dejó caer hacia atrás súbitamente y desapareció del marco. Corrí hacia la ventana, alargué los brazos de manera inútil para alcanzar las plumas sueltas. Me dio miedo mirar.
Sólo la noche detrás de la ventana.

Los muertos

Todo hoy en la comida se desarrollaba de manera mecánica y tediosa, como ha sucedido siempre, hasta cobrar dimensiones casi joyceanas. Escuchándolas hablar en el café me doy cuenta de que nada ha cambiado desde aquel cuento dedicado a registrar con un rigor y un detalle casi documental la cena anual de las hermanas Morkan, esa cena convencional y desangelada en la que un puñado de burgueses educados representaban, una vez más, un juego de apariencias repetido hasta la saciedad. Un siglo más tarde, en mi relato, las mujeres charlan sobre el tiempo y sobre la ropa de los niños; su único deseo para hoy era que hiciese sol para poder comer en el jardín. Intentan quedar bien con los regalos. Se alegran de los nuevos embarazos en la familia. Los hombres juegan a las cartas. Van a comprar pasteles. Fuman. Hablan sobre el tiempo. Yo deseo salir de allí. Siento asco. No quiero formar parte de algo así, me sé desvinculada y extranjera ante sus ojos, para quienes mi vida no está legitimada en absoluto.
Me preguntan por enésima vez si tengo novio. No me ven sonreir, y achacan mi actitud a las muelas del juicio. Hablan, siguen hablando sobre su trabajo y sobre las pasadas vacaciones, siguen temiendo que llueva, que la ropa comprada al niño no le siente bien.
Después me enseñan fotos. Pregunto dónde estaba ella. Ni siquiera se acuerdan de seguir el cómputo del tiempo, el que yo tengo grabado a fuego. Cuento los minutos. Quiero irme cuanto antes. Que vuelva a ser de noche, y acostarme y olvidar.
Y entonces, como a Gretta Conroy, me sucede. La pequeña tiene algo de fiebre y su madre la ha cogido en brazos. Desde los pies de la escalera las veo salir a ambas, muy juntas. La madre aprieta contra sí a la niña, y se la lleva a casa.

viernes, octubre 20, 2006