
De camino vas sólo fijándote en la luz roja del coche que está delante de tí en la carretera. Es como mirar una farola con los párpados entrecerrados para que el amarillo se extienda. Y vas pensando que es más que probable que no cambie nada en un año, o en cinco, o en toda tu vida, y se vaya consumiendo poco a poco la espera, que en realidad nunca fue tal porque si llevas el veneno contigo cualquier tierra que pises quedará infectada y en ningún sitio hallarás paz. Esto lo has sabido siempre, por eso los días no pueden ofrecerte nada, no van a traer ya nada, y lloras y lloras pero ellos ya no vienen. La casa está vacía desde hace mucho tiempo, y qué puedes hacer cuando el hogar no es la morada.
Llegas de nuevo allí, sabiendo que las estaciones no transcurren y que se celebra constantemente un cumpleaños estancado porque allí siempre es invierno. Piensas que las mañanas pueden ser agradables porque miras el azul que te conmueve, miras el tejado y es el mismo -cómo es posible-, pero en los atardeceres tienes que enfrentarte otra vez a las luces más violentas y al recuerdo de su nombre, viejos movimientos por detrás de la ventana y todos tus fantasmas aguardando. Se te caen de las manos las frutas que has cogido y están frías, estás sola, te obligas a soportarlo y te obligas a mirar pero el tejado ya es extraño a tu memoria, ya no existe, y te pende de una tela chorreante el corazón y el terror más absoluto de repente sobreviene con el recuerdo de que alguien tiene todavía las llaves de esa casa y no puedes recuperarlas. Nunca antes tanta tristeza. Viernes de Noviembre entre la niebla allí apoyada contra el cristal mientras se hacía de noche y esperabas, y rogabas que todo terminara cuanto antes.
Lo único que se te ocurre entonces es renegar y maldecir las vidas ajenas de las que no te lamentas. Pero ojalá fuéramos dueños de la blanca incertidumbre que hace a los ángeles vírgenes.






