De nuevo en el periódico una noticia desconcertante con todos los materiales propios y recomendables para convertirse en una novela. Es ésta: dos estudiantes de cine de Madrid, paseando un día por el casco antiguo, encuentran tirada en mitad de una calle una pila de fotos, ropa, libros, diarios y toda clase de objetos personales que habían sido arrojados sin ningún miramiento desde uno de los balcones y que por lo visto pertenecieron a una familia compuesta por tres miembros recientemente fallecidos. Llevados por la curiosidad en un primer momento y más tarde por la fascinación, comienzan a recopilar información sobre ellos y el resultado que obtienen desborda de tal modo sus expectativas que se proponen grabar un corto relatando la inusual vida de esta familia.
El padre era un actor norteamericano y, según consta en sus diarios, el primer hombre estadounidense que pisó Nagasaki después del lanzamiento de la bomba atómica. Lo que vio allí le dejó tan impactado que se juró a sí mismo no regresar nunca al país que había sido responsable directo de tal horror. Esto demuestra que era un hombre sensible. En Francia conoció a su esposa, fotógrafa de profesión, una mujer preciosa a juzgar por sus autorretratos, con el pelo oscuro peinado en ondas y ese maquillaje opaco tan propio de los años cincuenta. Se había ganado algún renombre en el mundillo artístico de la época gracias a sus exposiciones, pero nada lo suficientemente grande como para convertirla en autora de reconocido prestigio. Juntos recorrieron Europa, ella tratando de hacerse un hueco en las galerías de arte moderno y él consiguiendo papeles de secundario en algunas películas, empapándose de la cultura, la moda y los movimientos más vanguardistas de cada país, convencidos de estar llamados a hacer cosas importantes y trascender, hasta que por fin se establecieron en España.
El hijo de ambos sí viajó a Estados Unidos, pero sólo para repetir la renuncia y el desprecio de su padre a un país obsesionado y absorbido por la guerra en Vietnam, de modo que regresó y, al igual que hicieron sus padres, viajó por todo el continente tratando de recopilar todos los conocimientos, saberes y experiencias que pudieran aportarle algo en su vida.
Ella fue la primera en morir. En la noticia no constaba la causa, pero si fuera yo la autora de esa hipotética novela la habría hecho víctima de una muerte inesperada y violenta, un accidente de coche o algo parecido, en cualquier caso un suceso repentino que descompusiera de súbito y por completo los esquemas de su familia. Debió de ser así de hecho, porque sólo cinco años más tarde estaban todos muertos. El padre fue el último. Los bomberos le encontraron en coma en su propia casa, deshidratado y con una botella vacía de Jack Daniel’s en el suelo. Debieron de ser días, quizá semanas, los que pasó allí tumbado, bebiendo y llorando, antes de empezar a perder el sentido y ya sólo ser consciente del agradecimiento porque todo terminara.
A nadie le conmovió tirar todas las fotos de su mujer por la ventana, todos sus recuerdos, toda su ropa y sus diarios, su vida entera. Ni siquiera se preocuparon de llevar todas sus cosas a cualquier contenedor. Aunque si lo hubiesen hecho así, es muy probable que estos dos estudiantes de cine nunca las hubieran encontrado y no habría llegado su historia hasta nosotros. Estaban, al parecer, destinados a cumplir la profecía anunciada por aquel hombre sensible, la certeza de perdurar que siempre tuvo presente. Pero, ¿no es una de las historias más tristes que has escuchado nunca? Ese hombre murió solo, poco tiempo después que su esposa y su único hijo –intenta imaginar la desesperación, la soledad, las noches interminables que debió de pasar recordando hasta que llegaron por fin sus últimas noches-, aferrado a unas fotos que en cuanto le encontraran muerto tirarían por la misma ventana que le estaba viendo morir. Es lo mismo de siempre: la vida por la ventana, estrellada contra el suelo. Mira para lo que sirven nuestras vidas, mira lo que van a hacer con ellas cuando ya no estemos para verlo. Para esto sirven. Cuando nos encuentren, también tirarán por la ventana las cosas que más quisimos, y nadie suplicará “por favor, no hagáis eso”, porque a nadie le importará y a nadie le parecerá el acto más cruel que haya presenciado nunca. ¿Ves como tengo razón? No vale la pena en absoluto.