miércoles, noviembre 29, 2006

Pequeño Hades


En ciudades vacías busco la serenidad, tratando de encontrar el equilibrio en la soberbia, y llego a este desierto sin alas donde ni el rojo, ni el oro, ni el vino, ni las mareas del tiempo ni el ritmo de la vida se conocen.

En esta hora, justo en ésta, se hace patente la necesidad: el consuelo puede aparecer bajo el disfraz de pijama cálido o del vaso de agua que bebemos las noches de verano cuando no podemos conciliar el sueño. Pero nunca llega. Las horas, desertoras de causas desconocidas, dejan al marcharse cruces de hielo sobre las almohadas.

Ojalá fuese acólita de una religión que sólo aportara calma. Un solo segundo de calma, y mi cielo sería guardarlo muy dentro. ¿Me ves? Desde mi cama hago señales de humo con el que me pinto los ojos; así si lloro se me quedarán las señales en las mejillas y ya no podré negarlo.

lunes, noviembre 27, 2006

Noche cerrada


Hay coches aparcados fuera del mundo, al borde de la noche, en todos los moteles azules junto a las brillantes avenidas de la madrugada.

Conduciendo a altas horas por la autopista desierta, sintiendo los efectos de Diana Krall en la garganta.

viernes, noviembre 24, 2006

Viernes de Liturgia

“Condición indispensable para ser escritor es mezclarse estrechamente con la vida.” Lo dijo Hemingway, el mismo que creía que para escribir sobre algo interesante había que viajar necesariamente al Congo. Creo que exactamente es el tercer punto de su absurdo decálogo para ser escritor. Qué maravillosa casualidad, justo coincide con el tercer mandamiento, “Santificarás las fiestas”.

Bien. El príncipe Hamlet (más Shakespeare y menos prozac es lo que nos hace falta) se preguntaba si no estaría traicionando a la vida con su inacción. El error no proviene de aquí exactamente, sino de la distorsión y malinterpretación de su teoría llevada a cabo por los románticos, secundada por los poetas que se hacían llamar malditos y rematada por nuestra perdidamente estúpida y vacua postmodernidad.

El deber del escritor es hablar de las cosas importantes, de las cosas que importan y no de las cosas que venden. Hoy se cambia lo importante por lo urgente y los acólitos de Hemingway, que creen que deben viajar al Congo para dotar de sentido a sus vidas, lo llaman experiencias. Aún más: experiencias necesarias.

¿Y esto dicen que es la vida? ¿De modo que hay que mezclarse estrechamente con ese tipo de vida para saber –para poder- escribir? ¿En esto consiste acumular experiencias vitales para ellos, noche tras noche de viernes, encerrados sin saberlo en el mismo círculo, en la misma trampa para ratones? ¡Podrían ser ellos entonces los nuevos filósofos, los auténticos escritores, los herederos de Camus y de Kafka! Son ellos los únicos que pueden hablarnos a todos los demás de lo que es la vida, quienes pueden explicarnos a todos qué es vivir y en qué consisten los universales antropológicos; ¡son los que más han vivido y los que más experiencia tienen porque son los que más han follado, los que más drogas han consumido, los que más veces han visto amanecer en la Gran Vía!

Será ésa, quizá, la solución, o el mínimo de felicidad que requiere una vida humana: una aventura excitante cada viernes, un delirio permanente de fiestas y descubrimientos. Si ésa es la solución, yo misma me coseré la boca. Encerraré todos mis renuncios antes de que cante el gallo, abandonaré mi particular Guerra Santa, cruzaré la línea y romperé los acuerdos. Me someteré. Iniciaré el largo camino hacia la noche. Pero, desengañáos de una vez porque vuestra ingenuidad me enferma, esto que defendéis vosotros no son experiencias trascendentes ni estandartes por los que luchar ni vida que merezca la pena. No es más que una larga cabalgata de efectos especiales que deja tras de sí el confeti esparcido en el suelo y los cristales rotos de los vasos.

martes, noviembre 21, 2006

Si hubiese sido

Lo que podía haber sido es una abstracción
que queda como perpetua posibilidad
sólo en un mundo hipotético.
Lo que podía haber sido y lo que ha sido
apuntan a un solo fin, que está siempre presente.
Hay eco de pisadas en la memoria
allá por el pasadizo que no tomamos
hacia la puerta que nunca abrimos (...)

T.S.Eliot


Los fantasmas de lo que hubiese sido nos miran y esperan, deseando sólamente que les expliquemos teorías probables, que nosotros les sostengamos porque ellos no entienden por qué nunca les dimos forma. Nos miran y nos gritan reclamando la vida que les negamos. Y quizá baste para inspirarnos observar nuestro zarpazo, el que cada uno de nosotros conserva en el costado -¿lo tendríamos, de haber tomado otro camino?-; basta el estar solos y comenzar a hablarles para que ellos regresen.

Si se pusieran de pie todos los alumbramientos que olvidó anunciar Gabriel, compondrían un ejército que marcharía sin temor a la última batalla, y quizá tan sólo habría bastado entonces un ligero movimiento a tiempo para cambiarlo todo.

Pero la Duda es el vigía que hace guardia hasta el amanecer en las altísimas torres de nuestra memoria.

domingo, noviembre 19, 2006

Prodigios


Dentro de unos años la industria farmacéutica sacará al mercado un medicamento que servirá para olvidar ciertos recuerdos, y según un estudio realizado recientemente, existe un 62% de probabilidades de que Dios exista. Así que, pese a todo, parece que podemos contar con esa red maravillosa de correspondencias universales: el momento en que Alicia toca la superficie del espejo por primera vez es exactamente el mismo en que Gilda tira al suelo su guante negro. Ese instante prodigioso.
Al menos puedo contar con la noche, cuando te inclinabas y todos tus rizos se caían sobre mi cara. Fuiste blanca como una mañana congelada de invierno, y en tu pecho brillaban, azules e inmensos, todos los planetas.
Cuento aún con esas noches, porque a estas horas ya no hay farmacias de guardia y me alegro de que no exista todavía ningún medicamento capaz de borrar pensamientos comprometedores. ¿Te acuerdas de cuando me llevabas a aquel sitio donde tenían fotos de Vivien Leigh en las paredes? ¿Y de cuando íbamos en coche a comprar tabaco de madrugada? Me habría quedado para siempre en aquel salón mirándote fumar hasta que toda tu sangre se transformara en humo blanco y pudiera anunciar al fin la investidura del nuevo representante de Dios sobre la tierra. ¿No habíamos quedado en que existía?


Foto: Divina Garbo, ya que hablamos de seres supremos.

jueves, noviembre 16, 2006

Las tierras polares


Siempre que tenía fiebre me decía: “Procura mantener la piel caliente por si te quedas dormida en la nieve”, y con su propia mano me cerraba los párpados y se marchaba sonriendo. Sentía los ojitos pesados de arena, y la fiebre me hacía soñar con grandes buques que surcaban los mares del Sur bajo cielos violetas cargados de vapores. Pero otras veces eran islas de hielo y los fuegos del Ártico en ráfagas verdes, o las tierras salvajes de los príncipes polares que sólo se alimentan de cerezas y de escarcha.

Te despiertas en la nieve, eres joven y la vida se abre ante ti, pero te sientes anciana y muerta y darías las dos manos por volver a aquellas tierras.

lunes, noviembre 13, 2006

¿Por qué durar es mejor que arder?

Llamaron por teléfono de madrugada, cuando yo sólo veía las luces amarillas del último vagón que se detuvo en el andén. Hubo alguien que fue consciente antes que yo de la noticia, pero el ascensor había cobrado vida y no quiso llevarme hasta la planta que pulsé.
Me corté el pelo a cuchilladas -y quién te ha dado a ti derecho a juzgar mi dolor-, golpeé con el puño a la memoria que se incorporaba despacio, y sólo cuando sentí los cristales clavados en mi mano y las tijeras llenas de fuego me arrepentí de lo que había hecho, supe que mis ojos ya no me pertenecían y caí de bruces contra la luz. En ese orden. Más tarde, quemaba la inutilidad del llanto.
Ahora, invierno por la noche en aquel mismo andén, querría hundirme las uñas en el pecho y sacarme el corazón con mis propias manos, lanzarlo lejos y apartarme para no poder escuchar la explosión. Así me dormiría tranquila. Tic tac en rojo, cuenta atrás y después, nada.

sábado, noviembre 11, 2006

Ni un solo motivo

De nuevo en el periódico una noticia desconcertante con todos los materiales propios y recomendables para convertirse en una novela. Es ésta: dos estudiantes de cine de Madrid, paseando un día por el casco antiguo, encuentran tirada en mitad de una calle una pila de fotos, ropa, libros, diarios y toda clase de objetos personales que habían sido arrojados sin ningún miramiento desde uno de los balcones y que por lo visto pertenecieron a una familia compuesta por tres miembros recientemente fallecidos. Llevados por la curiosidad en un primer momento y más tarde por la fascinación, comienzan a recopilar información sobre ellos y el resultado que obtienen desborda de tal modo sus expectativas que se proponen grabar un corto relatando la inusual vida de esta familia.
El padre era un actor norteamericano y, según consta en sus diarios, el primer hombre estadounidense que pisó Nagasaki después del lanzamiento de la bomba atómica. Lo que vio allí le dejó tan impactado que se juró a sí mismo no regresar nunca al país que había sido responsable directo de tal horror. Esto demuestra que era un hombre sensible. En Francia conoció a su esposa, fotógrafa de profesión, una mujer preciosa a juzgar por sus autorretratos, con el pelo oscuro peinado en ondas y ese maquillaje opaco tan propio de los años cincuenta. Se había ganado algún renombre en el mundillo artístico de la época gracias a sus exposiciones, pero nada lo suficientemente grande como para convertirla en autora de reconocido prestigio. Juntos recorrieron Europa, ella tratando de hacerse un hueco en las galerías de arte moderno y él consiguiendo papeles de secundario en algunas películas, empapándose de la cultura, la moda y los movimientos más vanguardistas de cada país, convencidos de estar llamados a hacer cosas importantes y trascender, hasta que por fin se establecieron en España.
El hijo de ambos sí viajó a Estados Unidos, pero sólo para repetir la renuncia y el desprecio de su padre a un país obsesionado y absorbido por la guerra en Vietnam, de modo que regresó y, al igual que hicieron sus padres, viajó por todo el continente tratando de recopilar todos los conocimientos, saberes y experiencias que pudieran aportarle algo en su vida.
Ella fue la primera en morir. En la noticia no constaba la causa, pero si fuera yo la autora de esa hipotética novela la habría hecho víctima de una muerte inesperada y violenta, un accidente de coche o algo parecido, en cualquier caso un suceso repentino que descompusiera de súbito y por completo los esquemas de su familia. Debió de ser así de hecho, porque sólo cinco años más tarde estaban todos muertos. El padre fue el último. Los bomberos le encontraron en coma en su propia casa, deshidratado y con una botella vacía de Jack Daniel’s en el suelo. Debieron de ser días, quizá semanas, los que pasó allí tumbado, bebiendo y llorando, antes de empezar a perder el sentido y ya sólo ser consciente del agradecimiento porque todo terminara.
A nadie le conmovió tirar todas las fotos de su mujer por la ventana, todos sus recuerdos, toda su ropa y sus diarios, su vida entera. Ni siquiera se preocuparon de llevar todas sus cosas a cualquier contenedor. Aunque si lo hubiesen hecho así, es muy probable que estos dos estudiantes de cine nunca las hubieran encontrado y no habría llegado su historia hasta nosotros. Estaban, al parecer, destinados a cumplir la profecía anunciada por aquel hombre sensible, la certeza de perdurar que siempre tuvo presente. Pero, ¿no es una de las historias más tristes que has escuchado nunca? Ese hombre murió solo, poco tiempo después que su esposa y su único hijo –intenta imaginar la desesperación, la soledad, las noches interminables que debió de pasar recordando hasta que llegaron por fin sus últimas noches-, aferrado a unas fotos que en cuanto le encontraran muerto tirarían por la misma ventana que le estaba viendo morir. Es lo mismo de siempre: la vida por la ventana, estrellada contra el suelo. Mira para lo que sirven nuestras vidas, mira lo que van a hacer con ellas cuando ya no estemos para verlo. Para esto sirven. Cuando nos encuentren, también tirarán por la ventana las cosas que más quisimos, y nadie suplicará “por favor, no hagáis eso”, porque a nadie le importará y a nadie le parecerá el acto más cruel que haya presenciado nunca. ¿Ves como tengo razón? No vale la pena en absoluto.

jueves, noviembre 09, 2006

Axiomas

Desde el momento en que no consideráis que vivir es obligatorio, eleváis a un nivel superior el hecho de estar bien: estar bien es mejor que estar mal, es más digno que estar triste, más considerado hacia los demás, más satisfactorio para uno mismo. Y yo, aun a riesgo de ser antiliteraria por una vez, os digo: los cojones. No sirve -no tendría que servir- estar bien a toda costa. No por obligación o por despecho. Ni por rabia. Y, menos todavía, por no querer permitiros el privilegio temporal del duelo.

martes, noviembre 07, 2006

Memoria de los días perdidos


Algunas cosas iluminan la caída de la noche
y de una pena hacen un Rembrandt...

Por las mañanas solía estar nevando cuando me despertaba. Los días eran sombríos y gélidos, apenas traían luz, y yo los pasaba sola echando de menos mi casa y comiendo ciruelas moradas en la cama. Escuchaba voces a través del tabique cuando los vecinos celebraban alguna cena con amigos y reían todos juntos, ajenos a la pena del destierro que sufrió Ovidio en Constanza. Pero en esa misma cama, y he aquí lo incomprensible, la tragedia más estúpida, dormí tranquila hace algún tiempo, cuando el invierno era todo cielo y rizos y venía cargado de electricidad.

Allí mismo.

Poco a poco voy venciendo a los recuerdos. Es gris y azul la niebla por detrás de la ventana, no hay nadie por la calle y la casa está caliente. Tengo café preparado y galletas; las mañanas son frías y la carretera permanece húmeda. Conduciendo de vuelta desde Maine todavía hay niebla tapando la parte más alta de los edificios; a lo lejos se han quedado su casa y su tejado entre pequeñas luces.

... y allí estaba ella -laúnicalaúnicalaúnica-
pero cuál es mi sitio y dónde
ahora que ella se ha marchado.

domingo, noviembre 05, 2006

Vanidad de vanidades... (Eclesiastés, 1:2)

¿Tan fuerte es? ¿Tan poderoso? ¿Tan irresistible, tan inconmensurable la atracción que ejerce? Os lo pregunto a vosotros, sin ánimo de ofensa ni de burla, a vosotros que tanto me sorprendéis, viéndoos defenderlo con tanto ímpetu, con tanta convicción, y sin poder creeros.

Porque vosotros afirmáis cosas imposibles. Porque decís que es más fuerte que el llanto en el exilio, que la pena que se enquista, que la desesperación por perdurar y por la muerte, que la conciencia desolada de la pérdida; más que la locura de danzar en las hogueras, más que lanzarse en plena guerra contra las bayonetas gritando libertad. ¿Defendéis que es más fuerte que los deseos ante los que ceden todas las leyes naturales, más que el surgimiento y la caída de todos los imperios de la tierra, más que los favores y privilegios que conceden las Musas? No puedo creeros. ¿Es acaso más fuerte que la ira y la tormenta, más que el miedo en los umbrales de las puertas, que la permanente búsqueda, que el tibio refugio de la indiferencia, que el fulgor de la demencia y la creación, que la esperanza puesta en los altares donde se quema incienso, que lo nuevo que despierta para alzarse como un látigo, que la chispa blanda del asombro, que el encuentro y el letargo, la agonía, los milagros, las suaves espirales de la calma, el golpe poderoso de la edad, lo extraordinario de la sangre cuando hierve, los límites del ataúd que empujan a la vida y la necesidad, las visiones de los genios, el filo en que se sostienen la piedad y la venganza, el rojo y el hierro del odio, el dolor por lo irremediable?

Vosotros que habéis amado y os atrevéis a afirmar que el amor está por encima de todas esas cosas, a vosotros que el amor se os ha escapado entre los dedos y ha fluído desde dentro hacia fuera de vosotros, contestadme, ¿qué os queda ahora sobre las manos? ¿Qué podéis ofrecer que sea distinto a todo el resto, a todos los demás amantes? ¿Qué tenéis vosotros que trascenderá? Si tanto habéis amado, ¿qué se ha hecho de tanto amor? ¿Con él habéis creado música o ciudades o, por el contrario, os habéis quedado tan inmóviles como todos los que tratan de convencerme de que con el amor el ser humano es capaz de realizar las más grandes hazañas? No hacéis nada para demostrármelo.

Yo, que no lo he conocido nunca, desearía saber de él sólo para comprobar si, como decís, supera cualquier otra expectativa, si de verdad es un motivo de inspiración tan inmenso que con su ayuda se pueden escribir las obras más profundas, las palabras más hermosas. Pero hasta entonces seguiré pensando que el amor es un sentimiento muy poco productivo. No es motor ni causa, iluminación ni recompensa. Tan sólo licencia, veleidad literaria, vulgar espejismo, vanidad de vanidades... y nada más que polvo.

jueves, noviembre 02, 2006

Poesía cuántica. Lo eficaz y lo precario

He escuchado en las noticias que gracias a la nanotécnica la ciencia ha conseguido estirar hasta el límite una fina hebra de oro sin que se rompiese, destruyendo una por una todas sus filas paralelas de átomos hasta que sólo quedó una, pero con los átomos tan distanciados entre sí que casi parecía imposible que el hilo siguiera entero. Ahora, los científicos se están preguntando qué pudo mantener unidos a los átomos, aun permaneciendo tan separados, y qué fue lo que evitó que la hebra se partiera.
Después de esto me pregunto si es posible tener fe. Entre un matemático y un poeta no hay tanta diferencia. Mientras procuro no abatir el vuelo en el camino, continúo evaluando antiguas fórmulas, tratando de medir en la balanza qué ha pesado más y qué ha valido más la pena, pero los resultados son inciertos, precariamente equilibrados.
Me gustaría crear un monstruo de Frankenstein en mi laboratorio. Llevarle a ver el mar y prevenirle de todos los peligros. Cuando leí aquel libro por primera vez estuve a punto de empezar a estudiar química. Quizá la ciencia, y no esta maldita inclinación al arte, es lo que me habría salvado.

miércoles, noviembre 01, 2006

Noche de Difuntos



Mucho antes de que se inventara Halloween, existía una tradición europea milenaria según la cual el dios de la muerte de los celtas, Samhain, permitía que, al menos una noche al año, aquellos que dormían bajo la madre tierra pudieran regresar a su hogar y visitar a quienes tanto echaban de menos.

Los celtas establecían el comienzo del invierno en la noche consagrada a los antepasados fallecidos, la noche de la última cosecha con la que terminaba el verano. Esa noche permanecía encendida en cada casa una luz para que los muertos pudieran guiarse por ella y se sintieran consolados y acompañados en su viaje, pues el mayor miedo de los celtas, y que ha adoptado también nuestro inconsciente colectivo, era el de vagar para siempre perdidos y abandonados en un mundo de sombras sin salida.

Pero hay otros difuntos, los que ni siquiera tienen la certeza de estar vivos porque todo en su interior se ha muerto y viven en la oscuridad esperando ver la luz de la ventana que les haga regresar. Seguiré las tradiciones esta noche, y encenderé una vela para que tanto unos como otros dejen de estar solos al menos por una noche y puedan encontrar el camino de vuelta a casa.