martes, enero 30, 2007

Vamos a contar mentiras


Es mentira que aquella noche deseara matar por primera vez. Es mentira que después soñara con un enorme gato blanco (el de Alicia era distinto, sonreía) sobre el que ibas montada cuando dije “ya no lo aguanto más” por primera vez antes de apartarte el pelo de la cara. Es mentira que aún recuerde la matrícula del coche fúnebre. Es mentira que la escriba a todas horas con tinta roja y que desee tener un escalpelo a mano para tatuármela en el antebrazo. Es mentira lo que intuí por la mañana, y que me habría dado tiempo a llegar antes de que sonara el teléfono. Es mentira que en cuanto te ví quise empotrarte contra la pared y follarme cada uno de tus ataques de orgullo. Me prometiste volver a casa y no dejarme caer cuesta abajo por el pasillo interminable.
Eres una puta mentirosa.

domingo, enero 28, 2007

Huída de Oz

Alta y pálida, la bruja del Norte sujetó la cara de la niña entre sus largas uñas azules para que no pudiera mirar a ningún otro sitio que no fuera su triunfo, y después de quitarle los zapatitos rojos que la devolverían a casa pegó sus labios fríos como el mármol a su oído y dijo: “¿Adivinas de quién era el cerebro que el mago le dio al espantapájaros?”

jueves, enero 25, 2007

Pleno invierno en Maine


Hacía tanto frío que el frío quemaba, y era aquel invierno azul de niebla sobre las montañas como en una visión amanecida de Moscú. Sólo había niebla por detrás de los cristales, gris extendido en el asfalto, el frío delicioso en las calles con casas y parterres a ambos lados, sólo mi coche aparcado frente a la puerta a lo largo de toda la avenida. Gris y niebla por la mañana sobre tu tejado azul brillante, llovizna a mediodía y el blanco apagado de las luces bajo mi ventana cuando caía la tarde, violeta en el cielo y siempre niebla húmeda en los porches, a lo lejos, en los setos y las montañas por la carretera oscura de camino a algún cine, a ese sitio, algún débil naranja en un lugar donde las noches eran largas y las horas eran tibias y el humo de los cigarros tropezaba con el frío y el azul interminable del invierno, azul en las mejillas y en las páginas, azul tras la ventana y en los muebles del salón, azul anochecido y el azul omnipotente de los ojos de los ángeles y del pecho de los muertos.

martes, enero 23, 2007

El extranjero

Sólo el extranjero, el que se aparta unos pasos para ver la realidad desde más lejos –unos pocos pasos suelen ser suficientes para obtener la perspectiva idónea que abarca el cuadro entero- es capaz de comprender algo, de retener algo, de sentir cierta empatía.
Admiro al extranjero porque es como si se viese a solas en el mundo por primera vez, el primer hombre creado, y todo a su alrededor se extiende inexplorado para que él pueda nombrarlo. Tiene la seguridad de lo que quiere y lo que no. Quiere que el tiempo sea cíclico y perdone; no quiere que nada se repita para mantener únicas e intactas las visiones del pasado. El extranjero se ve a sí mismo en el límite, como una cuerda que ya no puede tensarse más, y siente un ahogo caliente en los pulmones que le lleva a gritar con fuerza los primeros nombres inventados por su experiencia. Nada que lleve a cabo, ni siquiera los actos que castiga nuestra moral, pueden arrojarle a la culpa o la vergüenza. El extranjero se rinde sólo a la luz, sucumbe a las inundaciones y cae de rodillas ante el olor de la noche. No siente la pereza de lo irremediable, no tiene asumida ninguna pérdida, todos los juegos le complacen porque ninguno está perdido para él. Nada se declara inútil a su tentativa. Las musas más pragmáticas abren los ojos y abandonan su soberbia para dar fuego a sus cigarrillos.
Es realmente complicado obtener estos favores, y hacer que las ruedas giren siempre como obras de misericordia en un libro de horas. Ojalá estuviésemos tocados al menos momentáneamente con el don de la mirada ajena, pero la alegría es sólo propiedad de quienes pueden desterrar de sí sus pensamientos, y convertirse en exiliados del propio territorio de su memoria.

domingo, enero 21, 2007

Cómo es posible

Qué le voy a hacer, si me faltan tantas cosas que nada me parece valioso, ni los rinocerontes que irrumpen en las oficinas, ni los cristales cerrados desde donde se filtra el ácido del tiempo, ni los libros que ya no leo y se apilan sobre mi conciencia, ni la cantidad de calles por las que pasear, ni las lámparas fundidas ni todas las bocas rojas ni el cielo abierto que descansa bajo tierra ni la opción de montar sobre el lomo de ballenas en Groenlandia y de no tener frío ni miedo aunque el agua esté cubierta de placas de hielo… Piensa que mientras haces todo esto, mientras te ríes y te diviertes, a escasos metros de ti un hombre bueno, un niño o una mujer joven están agonizando en una cama de hospital.
Los dioses nos juzgarán con su balanza implacable, lo cual, lejos de resultar aterrador, aporta cierta seguridad al fin y al cabo.

jueves, enero 18, 2007

De bitácoras y absoluciones


Aquella vez que llegué a Coney Island en el último tren de la tarde encontré por casualidad al capitán del barco hundido hablando sobre Buda con las prostitutas rubias en los antros iluminados del puerto. Había una noria enorme de colores de neón que giraba sin descanso en el cielo alto sobre la superficie del agua, y sobres cerrados que guardaban la insistencia impertinente de la noche hasta que estuviera preparada para abrirlos. “Mi querida Maine, mi pequeña contramaestre de proa…” Después de tanto tiempo me contó que había perdido el rumbo hacia la ciudad de fuego, y que los ríos que habían fluído ahora no eran más que larguísimos caminos encendidos que sólo encontraban cauce cuando él mismo se presentaba ante ellos, de pie como una llama alta al final de la cubierta, mirando con obstinación a pesar de que hacía ya muchas noches que las velas se habían plegado y hacía más tiempo todavía que los mapas no servían en ese tramo del viaje. “Mi querida Maine, mi única hija, ¿por qué te empeñas en seguir sufriendo?” Me despedí de él en los muelles –le dejé silbando al amanecer con el viento de cara-, y sólo cuando volví a Maine en el primer tren de la mañana noté el peso en mi bolsillo de la brújula que utilicé cuando fui contramaestre, y la lancé al océano para que nadie más pudiera volver a perderse.

martes, enero 16, 2007

El deseo de Jezabel

Era la princesa de Tiro y de Sidón, sus ejércitos habían llegado hasta Turquía, su baile dominaba las olas del Mar Rojo y sus ojos podían mover a los mismos dioses de Egipto a cambiar por el suyo todos los nombres grabados en las columnas. Tenía salones inmensos forrados de tercipelo azul y oro, zafiros más grandes que colmillos de tigre y esmeraldas tan pequeñas y valiosas como gotas de agua en el desierto, y un collar mágico con el poder de transformarla en lo que ella deseara. Se lo regaló una vez un león de tres cabezas que llegó a ser rey de Babilonia y al que le bastó con mirar una sola vez para conseguir que la liberase después de haberla raptado. Gracias a él sobrevoló las cúpulas convertida en dragón blanco, transformada en niebla contempló desde muy cerca todas las estrellas, incluso las más lejanas que los sabios en sus torres aún no conocían. Por las noches era brisa, sombra liviana por la tarde, luz tras las cortinas de seda de Damasco que cubrían el templo de Baal, el velo de las vírgenes que se encargaban de mantener el fuego vivo. Fue cuchillo para los amantes necios, veneno y cuerda a sus maridos, fantasma de los antepasados que hacía enloquecer a los que conspiraban.
Vio llorando a una mujer una noche en un dintel, y la princesa de Tiro y de Sidón se apiadó tanto de su pena que se transformó en agua para refrescar su rostro, en aceite y en lámpara para alumbrar sus rezos, sólo para ella fue el perfume de las ánforas, el vino de las copas, la música del arpa que tocaban los castrados. Fue sortijas en sus dedos, las perlas entre sus rizos, las sábanas donde dormía, la luna bajo su arco; para ella se convirtió en hombre y jamás quiso volver a su forma, y cuando vinieron a prenderla los soldados judíos, despeñaron por el muro a la que no era Jezabel.

lunes, enero 15, 2007

Leve instante de narcolepsia


Cuando la ví en mi sueño la pregunté qué ocurría después, y ella me contestó: "Te conviertes en ácido. Y quemas".
Eso me dijo, y desperté creyendo que acababa de regresar de Delfos.

viernes, enero 12, 2007

00:01

Se sentó en el coche después de haber taponado el tubo de escape con un pañuelo blanco, y entonces sólo esperó mientras se tragaba las 60 pastillas una detrás de otra. Y no supo quién fue porque ya se estaba durmiendo, pero yo ví al joven sordomudo que se quedó un rato mirando extrañado y luego comenzó a dar golpecitos en la ventanilla, ví cómo comprendía por fin y se abalanzaba sobre el tubo de escape nada más caer en la cuenta, ví cómo rompió el cristal trasero y se la llevó a urgencias en ese mismo coche para que salvaran su vida.
Desde entonces sé que los ángeles no hablan, sólo vuelan.

miércoles, enero 10, 2007

Dos días antes, dos días después


La vida es sólo dos días antes y dos días después.
Dos días antes, Enero abierto de color blanco, sangrando niebla por la boca. Dos días después, el humo dando fuego a la noche monocromática.
Dos días antes, la absoluta ignorancia y mi nombre susurrado por última vez al otro lado de la línea de teléfono mientras nevaba todavía en la ventana. Desperté en una cama que no era la mía y lo primero que hice fue abalanzarme sobre un papel vacío creyendo que así honraría aquella hora.
Dos días después, la calma. El tiempo en calma. Abarcó todos los mares, y todos los azules de la noche y todo el frío de los cristales. Se quedó a mi lado y me desgarraba poco a poco el comienzo inútil de los primeros días llenándome los ojos, la casa en silencio y la ropa que aguardaba su final en los armarios, cuando la carretera por las tardes en invierno sólo llevaba hasta la madrugada empapada de luz y de humo de tabaco, cuando conducía lo más rápido que he conducido nunca en mi vida para llegar allí cuanto antes y olvidar. Cuanto antes, hasta ella, sin darme cuenta de que ni todas las carreteras del mundo podían alejarme de mí misma.
Mi vida hasta ahora han sido sólo dos días antes, dos días después, y muchas, muchas noches recordando.

sábado, enero 06, 2007

Error, trágico error

Lucifer estalló de ira en su palacio de las profundidades y maldijo la inutilidad de su enviada. Ninguno de los tres reyes que habían llegado allí siguiendo el extraño prodigio del cielo era el asesino de niños que él había ordenado a su estrella guiar hasta Belén.

jueves, enero 04, 2007

Giudecca


El color blanco es siempre el color más incierto, el más tenebroso. Incluso más que el negro, el blanco posee una opacidad siniestra en la que nada puede definirse y de la que nada se espera hasta que salta de improviso lo insospechado. Los ojos no se acostumbran al blanco tanto como al negro, porque a través de su oscuridad no se pueden percibir sombras ni contornos abultados; nada es capaz de romper en dos partes la niebla, nada sobresale de entre su luminosa penumbra pálida.
El blanco es un vacío terrorífico. Es el color inquietante del mes de Enero, las primeras hojas vírgenes de los diarios, el color de los caminos que se abren hacia nadie sabe dónde, el color de las páginas cuando todavía no explican nada, de la mente cuando no dice nada, de la vida cuando no puede ofrecer nada o cuando ya se ha quedado estéril. A la muerte prematura la llaman “la muerte blanca”, quizá porque es tan imposible encender una hoguera en el hielo como pensar en el futuro de un niño envuelto en un sudario. La Giudecca, el recinto más profundo del Infierno, debe parecerse a las habitaciones de los hoteles. Debe ser de este mismo color que tengo ahora ante los ojos, exactamente igual que el blanco cegador del rostro de Judas cada vez que nos besa.

martes, enero 02, 2007

Nueva broma

Año nuevo y la misma gran ruleta, idéntica metáfora de toda una vida hecha sólo de ausencias. El rojo juega con la soga toda la madrugada y arranca con las uñas las hojas de los días; al negro le basta con mirarme una vez para saber cuándo ha de colocar la silla. Cuando me dí cuenta de que ninguno de los dos iba a entrar porque no se acordaban de deberme nada, estiré la cuerda hasta que fue lo suficientemente larga como para poder ahorcarme. Después inicié el trayecto en coche hasta la niebla sólo para comprobar que quien vive allí aún se acuerda de menos cosas. Pero no hace tanto, para mí significaba toda la noche condensada en el hielo de las copas.
Somos nuestra memoria, y yo soy tan cobarde, y tan estúpida, que no deberían existir a mi lado los relojes ni las vacunas contra el cáncer.