Era la princesa de Tiro y de Sidón, sus ejércitos habían llegado hasta Turquía, su baile dominaba las olas del Mar Rojo y sus ojos podían mover a los mismos dioses de Egipto a cambiar por el suyo todos los nombres grabados en las columnas. Tenía salones inmensos forrados de tercipelo azul y oro, zafiros más grandes que colmillos de tigre y esmeraldas tan pequeñas y valiosas como gotas de agua en el desierto, y un collar mágico con el poder de transformarla en lo que ella deseara. Se lo regaló una vez un león de tres cabezas que llegó a ser rey de Babilonia y al que le bastó con mirar una sola vez para conseguir que la liberase después de haberla raptado. Gracias a él sobrevoló las cúpulas convertida en dragón blanco, transformada en niebla contempló desde muy cerca todas las estrellas, incluso las más lejanas que los sabios en sus torres aún no conocían. Por las noches era brisa, sombra liviana por la tarde, luz tras las cortinas de seda de Damasco que cubrían el templo de Baal, el velo de las vírgenes que se encargaban de mantener el fuego vivo. Fue cuchillo para los amantes necios, veneno y cuerda a sus maridos, fantasma de los antepasados que hacía enloquecer a los que conspiraban.
Vio llorando a una mujer una noche en un dintel, y la princesa de Tiro y de Sidón se apiadó tanto de su pena que se transformó en agua para refrescar su rostro, en aceite y en lámpara para alumbrar sus rezos, sólo para ella fue el perfume de las ánforas, el vino de las copas, la música del arpa que tocaban los castrados. Fue sortijas en sus dedos, las perlas entre sus rizos, las sábanas donde dormía, la luna bajo su arco; para ella se convirtió en hombre y jamás quiso volver a su forma, y cuando vinieron a prenderla los soldados judíos, despeñaron por el muro a la que no era Jezabel.