miércoles, febrero 28, 2007

Imprevisto

Ella misma preparó cuidadosamente el veneno y sumergió en él la manzana para que su sabor no fuera tan amargo, y si no hubiera sido por ese príncipe entrometido se habría librado de una vez y para siempre de esos malditos enanos que la obligaban a trabajar de sol a sol en aquella casita del bosque.

lunes, febrero 26, 2007

Rey Eneas

¿Tan grande es la ira en los dioses?
(Virgilio, Eneida I, v.11)


Qué designios son éstos que justifican los actos de los hombres tristes. Qué justicia es la asignada. Qué misión es ésta que debemos cumplir sin tardanza. Qué sacrificio el que debemos ofrecer en los altares.

D. se ha despertado por fin de un sueño turbio que olía a pólvora sucia y a sangre en las calles desiertas. No ha abierto aún los ojos, pero ya se ha dado cuenta de que él se ha marchado. Porque no siente su cuerpo, porque ya no existe el cuerpo ni el calor de hace apenas unas horas, aunque la luz clarea ya a este lado del mundo donde no existe la guerra y la muerte metálica es sólo un invento insultante.

D. estuvo llorando toda la noche; lloró sin poder contenerse desde el momento en que atravesaron la puerta de esta habitación de hotel. Lloraba incluso mientras hacían el amor, y él lloraba también con ella y aún a estas horas permanecían las sábanas húmedas de lágrimas. Cree haber llorado también en sueños, una visión hecha de metralla caliente y casas en ruinas donde estallan las bombas y los cuerpos vuelan por los aires desmembrados. Pero ni todo su llanto ha bastado para retenerle a su lado. Ni siquiera a su lado, al menos para retenerle, para hacerle entrar en razón, para evitar que coja ese vuelo rumbo hacia un país árabe donde los hombres tristes siguen siendo los títeres de dioses nuevos. Ésta es la justicia que parece estar asignada, el destino establecido por quienes se declaran infalibles y reclaman sus ofrendas. Se han mostrado inútiles todos los lamentos, todos los reproches, todas las amenazas, todas las súplicas. D. ha abierto los ojos y él ya se ha marchado, y lo primero que ella ha visto ha sido su cadena con su chapa de soldado en la mesilla como un recuerdo de lo fúnebre que queda por llegar.

D. se incorpora poco a poco. Siente frío y se nota vacía y blanca como esa misma habitación de hotel. Su sitio estaba aquí, tu sitio estaba aquí, conmigo, con nosotros, lejos de las balas y de los tanques y de este deber que supones crucial. Por Dios, si es sólo un niño, igual que ella, apenas veinte años y se comporta como un crío que juega con la pistola recién descubierta de su padre, apenas un niño creyéndose un héroe épico a la conquista de Bagdad. “Es lo que debo hacer –ha dicho, pequeño títere indefenso- me han destinado allí y debo obedecer”. Después vendrán los gritos, los caídos, las heridas abiertas y el arrepentirse demasiado tarde, el despertar en el infierno. No va a regresar nunca a esta isla. Y si se lo traen de vuelta, será con la cara llena de disparos y la camisa empapada de sangre. Qué dioses son los que permiten esto. Qué clase de designios son los que disponen para los viajeros.

Pero no han servido de nada las lágrimas. Él se ha marchado con sus dioses y con su misión sagrada. Se ha marchado y no va a regresar porque es un niño solamente que no sabe de la guerra más de lo que ella misma sabe. D. se levanta de la cama muy despacio, se aproxima a la ventana envuelta en las sábanas heladas. El piso más alto del Hotel Cartago. Tienen unos jardines bonitos que se ven desde aquí arriba; ahora parecen incendiados por la luz. Vuelve a pensar en esos dioses, y sólo un segundo se pregunta si dolerá el golpe. Y se deja caer entonces, liviana como una reina que ha sido abandonada cuando amanece.

sábado, febrero 24, 2007

Bang y estás muerto

Hey pequeña heroína, sheriff rubia y pálida del condado de Maine, ¿me devuelves mi pistola o te la vas a quedar para siempre dentro de los ojos?


Vale rubia, tú ganas, sigue disparándome…


miércoles, febrero 21, 2007

Tributo


Nunca se vuelve a fumar igual que cuando tienes trece años y te has subido al tejado para esconderte y ver el cielo en plena noche. A lo lejos pasaban trenes desde el atardecer, y yo era todo un caballero porque te había ayudado a bajar las escaleras apoyadas en la pared y te había ofrecido fuego con un mechero recién robado.
Nunca vuelves a sentir el color rojo igual que a los dieciséis y se te ha pasado la hora de llegar a casa porque la has visto sentada en el banco más oscuro con alguien que nunca la ayudó a bajar de ningún tejado y la confusión te ha dejado aturdida largo rato, tanto que ya ni te preocupas de caminar más deprisa para llegar a tiempo.
Me bajo del tren y caminando por la calle en la que vivías antes, como en la canción de Everything but the girl, de repente me he dado cuenta de que ya queda menos para esa noche, cuando te ví fumar exactamente igual que Rita Hayworth, y de que aún hoy debe haber niñas que se esconden en los tejados y que ya a los trece años son perfectos caballeros.

lunes, febrero 19, 2007

El largo camino a casa


Lo que es indescriptible se ha realizado aquí,
Y lo eterno femenino nos permite avanzar.
(Goethe, “Fausto”).
Ningún ladrón existía, y no era real nada de lo que había sucedido. Celebrábamos una extraña Nochevieja en pleno Agosto corriendo por las calles iluminadas de Maine, pero de repente era de día y estaba sola, intentando disimular que acababa de escuchar la voz y la risa de la diosa Razón tras los cristales del café de los fantasmas.
Me había visto, de pie contra la luz de la puerta, y ya era muy tarde para echarme atrás y esconderme, así que me acerqué a ella y la deseé felicidades por algo. Yo deseándola algo así, qué cosa tan extraña, figúrate, agachada frente a ella con mi traje y mi corbata de Nochevieja aflojada alrededor del cuello.
Y aceptó, algo más extraño todavía, pero sólo porque empezaba a oscurecer. La llevé en mi coche por largas autopistas violetas con los faros encendidos, y ningún ladrón existía. El infierno no existía. Hasta que ella lo mencionó de pronto y algo que era de cristal se rompió y el ciclo entero volvió a repetirse.
Ahora era el diablo en persona, aristócrata como desde hace siglos, quien se la llevaba a un reino que es ajeno a toda piedad y toda justicia. Ví cómo se alejaban, el diablo y la diosa virgen, corrí detrás de ellos y ví cómo entraban en una habitación oscura, donde una niña sentada en una mesa le retorcía las patas y el cuello a un caballo de papel. Ella le preguntó a la niña qué estaba haciendo, y la niña se quedó muy quieta -¿Es que no lo sabes?- y la miró de frente: Construyo tu perdición.
Y justo cuando acabó de pronunciar la frase, la niña desapareció y pude ver, desde alguna parte, su cara de pánico al comprender. A su lado, él comenzó a reírse -Abandona toda esperanza, éstas son las Puertas del Infierno-, yo también tuve miedo y quise huír, pero de repente todo su cuerpo empezó a descomponerse y cayó a nuestros pies hecho pedazos. Entonces la subí en mi coche y me la llevé a casa, rezando para que no volviera a mencionar las palabras que de nuevo pondrían en marcha el ciclo entero.

jueves, febrero 15, 2007

Lo que equivocaron los escritos

El príncipe Vlad se agachó junto a su querido hermano y pegó la boca a su herida para succionar el veneno de la flecha. Los criados, espantados, le vieron dando alaridos y renegando de Dios con la boca manchada de sangre, y creyeron que los siguientes serían ellos.

miércoles, febrero 14, 2007

Mercurio

Si no puedo dormir, pienso en metal líquido. Pienso en finas láminas de metal derritiéndose, y a continuación llegan las imágenes de los cuerpos blancos que duermen desde hace tiempo en cajas blancas, como días del pasado almacenados dentro de urnas bajo llave.
Los ataúdes están llenos de mercurio. Por eso hay que esconderlos bajo tierra, muy abajo; si los abriéramos a media noche nos ahogaríamos en la corriente, seríamos arrastrados hasta los mismos límites del mundo donde abren las fauces los dragones (que no te engañen los mapas de Copérnico porque existen estos confines: si llegas hasta allí tus propios ojos podrán ver a los guardianes, y será todo un placer para ellos devorarte), y si los venciéramos podríamos ponernos de nuevo en pie con la misma dignidad que Lily Monster soportando que cada vez se haga de noche más tarde.

lunes, febrero 12, 2007

Rumbo a la Antártida


Soy testigo gracias a las noticias de cómo una ballena ha acabado nadando en las aguas del Támesis durante tres días después de equivocar su camino hacia el océano, hasta que al cabo de ese tiempo ha muerto a bordo de la misma barcaza que intentaba devolverla a casa.
¿Cuándo perdimos para siempre el camino hacia Avalon e Ítaca?
En esta noche polar, me siento tan fuera de lugar como Ulises en el lecho de Calipso, y tengo el iris de los ojos más congelado que el sudor de los caballos del capitán Scott.
Cuando venga por fin el pequeño bote a rescatarme –si es que viene- me sentiré tan aliviada y tan incrédula que me pasará igual que a la ballena perdida: apoyaré la cabeza exhausta en la cubierta y me dejaré ir, cayendo en un remanso tranquilo de fiebre, hasta despertarme en la Antártida.

sábado, febrero 10, 2007

El consuelo de Jekyll

Llegaba de noche entre las ramas de los árboles, a mi espera ansiosa con los labios apretados contra el cristal congelado. Mantenía la luz apagada y las pestañas tocando la ventana, tan cerca tenía mis ojos de la calle. A veces me confundían las sombras sobre la acera, creía que era la criatura surgida de la pócima cuando sólo había sido un leve golpe de aire en los arbustos, y el corazón se me lanzaba hacia arriba hasta ser contenido por los dientes. Lo escuchaba latir dentro de mi boca, como respondiendo a la llamada del contenido de los tubos de ensayo, y sentía la presión del cristal en los dedos y en la punta rígida de las pestañas.
Detrás de mí se había quedado vacío el laboratorio. Las probetas contenían demasiado líquido y echaban humo, ya no se podían tocar, y los pequeños frascos vaporizadores de perfume esperaban pacientes su turno.
Venía, no venía. Recitaba la fórmula exacta en silencio, una y otra vez, y los labios ardiéndome. Miraba el reloj con la luz apagada, dejándome los ojos para ver a qué cuarto apuntaba la aguja más larga. Había un soplo nuevo de viento, y otra sombra crecía y se alargaba en el asfalto. Era de noche. Quizá era Febrero o Halloween, pero en cualquier caso la última gota ingerida me pesaba en el estómago; me palpitaban de calor los labios y me dolían los ojos de mantener la vista completamente fija a través de las ramas negras esperando sólo verla aparecer.
Aparece.
Aparece.
Antes de que seas otra.
Tenía que verla justo antes, justo entonces, justo ese momento me pertenecía, porque quizá después ya se habría transformado en algo distinto, quizá después no conservaría todo su potencial intacto, esa metamorfosis milagrosa que sólo surgía entonces en su plenitud y que sólo yo veía desde el otro lado del cristal-espejo, esperando su llegada en la primera hora de la noche por entre las ramas negras y sabiendo que, en el fondo, era cuestión de segundos que mi querida señora Hyde diera conmigo.

viernes, febrero 09, 2007

Constancia de lo inalterable



Hace unas cuantas noches, en la mejor conversación que he mantenido nunca con un fantasma ambos permanecimos todo el tiempo callados e inmóviles, mientras Antígona era de nuevo enterrada.

martes, febrero 06, 2007

Maine's Cove Café

Soy uno de los fantasmas con los que puedes merendar en uno de los cafés que están más cerca del faro. Desde las amplias ventanas puedes ver el puerto, y más allá la niebla que se extiende a veces por los acantilados de la costa. Es un sitio muy tranquilo, casi siempre suena música como la de Beth Gibbons o Shivaree y no suele haber mucha gente: sólo un par de fantasmas sentados en sus mesas con la persona que esa tarde ha ido a merendar con ellos.

Maine me eligió hace dos noches para permitirme contarle mi historia. Echó su moneda en la máquina, pulsó el botón con mi nombre y aparecí yo, primero disuelto en un hilo de humo blanco y después transfigurado en la apariencia que tenía antes de morir. Como nadie me había elegido en muchos años para hablar conmigo, me sentí tan feliz y agradecido que la retuve junto a mí toda la noche hasta que, casi sin darnos cuenta, el faro tras la ventana se encendió y se apagó dos veces junto a las luces del puerto. Pero ella no pareció cansada en ningún momento y escuchó cada una de mis palabras con esos ojos suyos tristes y sosegados que atravesarían montañas, aunque sé que nunca admitiría que una historia le ha causado una impresión tan honda como para llorar.

Todavía la retengo conmigo, pero por favor no me lo tengáis en cuenta. Los fantasmas necesitamos más de la compañía que los vivos y Maine es la primera que me ha hecho olvidar mi soledad de siglos. Os la devolveré pronto, pero la he hecho prometer que no dirá nada de lo que la he contado, así que si queréis saberlo o sentís curiosidad por cómo será merendar con un fantasma, sólo tenéis que echar vuestra moneda en la máquina que hay en uno de los cafés más cercanos al faro, y disponeros a escuchar las historias de quienes murieron y se sienten muy solos.

domingo, febrero 04, 2007

Leteo


Como el verano en que dijiste: “Quédate esta semana y ya veremos…” Como el verano en que reconoces por primera vez tu propia alma y te tocas el corazón con la yema de los dedos.
Esperábamos en la estación expuestos al anochecer de Marzo, sin ser conscientes todavía de que se escapaban los segundos sin remedio y nada de lo que viniera después podría compararse a aquellos días. Tuvimos que bajar corriendo; nos había pillado el chaparrón en mitad del paseo, y yo fui la primera en cruzar el río a nado, sin miedo de abrir la boca y tragar agua. Los demás no fueron tan valientes, quizá tenían más que perder o no querían olvidar tan pronto.
En Maine hay un café donde puedes merendar con fantasmas. Echas una moneda en la máquina y eliges al que más te guste. Cuando vuelva a ser verano podremos vernos allí. Te leeré cuentos egipcios, fingiré haber regresado igual que Orfeo de una ciudad que no puede nombrarse y luego subiré la cuesta que acaba en tu casa como si no te hubiera visto nunca, porque de tanto recordarte intacta, inmóvil e igual a ti misma, has languidecido, te has deshecho, y el mundo te ha olvidado.

jueves, febrero 01, 2007

Bastará para sanarme

¿Y qué contestarás, Edipo, mi señor, la noche en que la esfinge te pregunte qué se hizo de tu padre el rey de Tebas? Dirás posiblemente que has estado más triste alguna otra vez en tu larga vida, pero que nunca antes habías sentido en tu interior la tristeza como ahora, tan sosegada, tan aceptada; quieta e imperturbable como un poso en el fondo, porque eres consciente de que, aunque no aumente ni disminuya, ya no se irá nunca. Permanecerá como un poso de sangre desmayada en el fondo del vaso.
Ojalá no estuviera tocada con el hierro que hace que se pudran las arterias. Ojalá fuera capaz de demostrarlo antes de que se me congelaran del todo las manos, pero ya es muy tarde. Sé que, pese a todo, puedo leer mensajes cifrados en las rayas que hacen con furia los cuchillos en los cuadros. Puedo viajar hasta las lejanas tierras de amanecer y desierto donde las antiguas tradiciones aún cuentan y siguen sirviendo los besos en las piedras; puedo arropar a tu pequeño pájaro con el agua caliente de mis ojos para que no muera de frío; puedo convertir todas las horas en serpientes, o encender todas las luces para resucitar a niños muertos; puedo incluso dejar un cargamento entero de medicamentos ilegales ante las Puertas del Cielo y hacer que el ángel de la espada llameante me firme el acuse de recibo... porque sigo estremeciéndome ante la corriente de sangre iluminada que circula desde la cabeza hasta la mano justo un segundo antes de comenzar a escribir, sigo conmoviéndome ante las palabras que calman y curan el corazón de los hombres y sigo admirándome y doliéndome de todos los misterios... pero no soy más sabia. Y no me olvido de otras cosas. De cuando tuve que saltar las alambradas de las trincheras en las estepas rusas o de cuando tuve que fumar casi con ansia durante toda la tarde porque acababa de descubrir kanjis en los ojos que antes estaban vacíos. De sus últimos días, sobre todo, clavada y dispersa en el fondo del vaso.
De modo que, pese a todo, llego a una conclusión irrevocable: no quiero palabras que sepan arrancar penas, ni quiero la solución que encontró Edipo al enigma planteado por la esfinge. No quiero echarles mi corazón a los cuervos, para que devoren y olviden. Es cuanto me queda en este final, así que soportaré que bombee en silencio hasta que explote de puro agotamiento, porque el tiempo es un gran autor y siempre da con el final perfecto.