
Ciudad irreal,
bajo la parda niebla de una alborada de invierno...
Quise enterrar mi cara en tu corazón, agarrarme a tu sangre para no marearme en el viaje. Pero estaba tan sola como en un cuadro de Hopper. Había un coche aparcado frente al escaparate luminoso de una cafetería nocturna, con todo su amarillo derramándose sobre la acera.
Tan lejos, esa noche y sus luces de clínica.
Volvimos de la ciudad vacía, volví con la lengua cargada de presagios, y hubo un breve momento antes de que todo estallara en el que creí quedarme dormida y ver cómo sus uñas golpeaban el cristal del coche aparcado frente a los ventanales.
Vuelve a ser esa noche de madrugada, con el negro profundo y mate tragándose los edificios y vampiros esperando en los billares.
Dentro del coche, entre dos franjas de penumbra, giré la cabeza tratando de sacudir el embotamiento y me encontré con su cara preguntándome algo. Desperté para no creérmelo. Volvimos a casa solas desde la ciudad porque no quedaban luces allí, las habíamos agotado todas con la fiesta. Las piscinas tras los setos se quedaron en silencio.
Al llegar, el mareo producido por el alcohol me hizo creer que las raíces de alguna flor venenosa y carnívora se expandían en mi estómago. Dejé caer la cabeza sobre los cojines de un sofá, y nada me habría preparado para lo que iba a presenciar entonces, porque esa noche las estatuas se movieron –primera y última vez que las ví llorar, lo juro- y un solo momento me dio más clarividencia que cincuenta años de lucidez.
Fíjate si me impresionó que me acuerdo cada noche de aquello.
Porque hay fechas que se clavan con la precisión de un bisturí de cirujano,
y tú sabes de lo que estoy hablando, y que hablo sobre ti... ¿verdad?