miércoles, marzo 28, 2007

La espera


Infinitamente azul, el puerto.
De pie en la avenida principal de esta ciudad veo pasar constantemente a los arqueros, los corsarios, las reinas aburridas y los príncipes que regresan disfrazados del exilio. Sigfrido ha sido siempre mi héroe favorito; enamorado al mismo tiempo de un cisne y un dragón.
Releyendo a Bradbury me estoy dando cuenta de mil cosas que había olvidado, pero dudo si me serán de utilidad a estas alturas:

“Quiero verlo todo ahora. Y aunque nada de esto me pertenezca, mientras lo miro pasará el tiempo, y se irá depositando en mí, y al final todo será yo mismo.”

Príncipe Sigfrido, extinguidos los dragones, abatidos los cisnes durante las nevadas del pasado invierno, aquí ya no queda nada para ti. Abandona los muelles de Maine… deja que algo provenga de nada.

lunes, marzo 26, 2007

Las mañanas y los nombres

Hubo tres comienzos, porque siempre, en todo, hay tres comienzos. Del primero sólo valdría la pena rescatar la imagen de alguien regresando en autobús desde el colegio, mucho antes de que las de dieciséis llevaran pistolas debajo de las falditas de cuadros. Y el momento en que se metió en la cama cuando todavía había luz en el pasillo también le pertenecía a Diciembre. Con doce años escribía cuentos sobre niñas que se sentaban en las ventanas de los rellanos y desaparecían. Quizá lo último que hicimos antes de arrodillarnos ante la guadaña fue ir al cine a ver Parque Jurásico.
Segundo tiempo, y la casa se llenaba de humo de tabaco, y de una seguridad frágil y cómoda. Los viajes tras la niebla, mares nuevos; sirenas en la proa, mi barco mi tesoro. Los dinosaurios se extinguieron hace mil años.
Levo anclas. Y todo para que luego me digan que no sé manejar el tiempo, que lo estoy dejando muy atrás. “Niña desconectada, que pasas por el mundo sin tocarlo”. Si me lo permitís, hoy estoy triste. Pero a pesar de todo soy amiga íntima de Cronos, aunque a veces nos tiremos relojes a la cabeza.

jueves, marzo 22, 2007

De noche en la ciudad desconocida


En el ojo de una araña estaba esculpida la imagen de Marilyn; en la pata de un insecto de ciudad.
En las paredes de cristal de un edificio interminable se pintan las alas los ángeles niños. Y subidos a las grúas llenas de luces juegan a adivinar qué cama de hospital será la siguiente en quedarse libre.
Por mis venas corre sangre gris de autopista… por eso no me importa cuántos árboles se talen, cuántos obreros perezcan, si con eso se consigue que sigamos contemplando los carteles luminosos y dorados de esta gran manzana mágica.

martes, marzo 20, 2007

Poderosa Pandora


Desde tu lejano trono, has abierto otra vez la caja de los truenos, y ahora sientes cómo pende la espada de Damocles sobre tu cabeza. Atrévete a medir cuánto durará tu reino hasta que el hilo ceda.
La primera mujer creada nos ha vuelto a mirar, y ha traído de nuevo el frío. El viento se agita con toda su furia en la madrugada blanca y profunda, y ella se aleja como si no tuviera nada que ver con esta bajada repentina de las temperaturas, como si no fuera ella quien hace que los coches se estrellen con los faros encendidos al final de Mulholland Drive.
Fuiste concebida como castigo y venganza, y sabes cumplir bien tu cometido. Nadie se resiste a marcar tu número mientras conduce.
Danos descanso… maldita tú entre todas las mujeres.

domingo, marzo 18, 2007

Corpore insepulto

Hoy es un buen día para exhumar cadáveres, así que cogeré la pala en cuanto acabe de fumarme este cigarro en lo alto de mi pirámide blanca.
Quién permitió, lady Ligeia, que volvieras a esta vida miserable. Ligeia, Ligeia, mi señora, qué insensato te hizo cruzar otra vez la barrera del sudario. De nuevo tu melena negra como el ala del cuervo de la medianoche.
Me acerco a ella recién desenterrada, extiendo la mano por detrás de su cabeza y uno mis labios abiertos a los suyos para pasarle el humo del cigarro. Sólo un instante, pero delicioso.
Cuando me rechazó, acepté la derrota como un caballero y me retiré despacio. Y no te imaginas lo deprisa que me temblaba el corazón.
Mala noche para enterrar fantasmas.

jueves, marzo 15, 2007

Bailábamos con el Dragón


Hay un momento en el que sientes el mordisco del aire caliente en los pulmones, y resulta tan insólito que costaría menos creer que el gato sonriente es alguien de fiar.
Tras la ventana, acababa de descubrir el azul de los incendios y mi propia historia escrita en las páginas de libros nuevos. Ahora me doy cuenta de esas luces. Lo peor es siempre la calma. Insignificante y aburrida, en espera de que vuelva a renacer el Leviatán. Podría haber detenido el tiempo en esas horas, las del alba azul profundo cubriéndome la cabeza bajo interminables remansos de agua densa. Y escuchaba, en lo profundo, los rumores de las olas, justo en esa parte del océano donde resbalan los reflejos de la luz y se vuelven líquidos para caer hasta el fondo. Luego, la superficie se quedaba de nuevo en calma, y el tiempo silenciado, y yo sólo era una pequeña cápsula de azufre sorprendida sosteniéndome en el aire.

Tantos años persiguiendo al conejo blanco… Y podíamos ser tan crueles que incluso nos hacíamos sangre, aunque luego me miraras y todos los cuchillos se me cayeran al suelo, mellados.

Podría irme de aquí ahora mismo, minutos después de haber firmado mi contrato. Podría largarme si quisiera, nada me lo impide. Ninguna cuerda visible. Levantarme de esta silla, salir por esa puerta, buscar otra vez ese puto momento en alguna parte, los mismos estallidos en mitad de la tormenta, la libertad de despertar al alba de manera improvisada y ver cómo el agua fría y los duendes me cogían por sorpresa para oprimirme el estómago… El aburrimiento surgiría más tarde, las noches interminables de esperar y la maldita circularidad de las agujas… pero ese sábado, junto a la tapia, bailábamos con el Dragón.

martes, marzo 13, 2007

Decepción

Cuando aquella mañana Gregor Samsa despertó, continuaba siendo un hombre.

domingo, marzo 11, 2007

Cuento para irse a la cama

No tuvieron suficiente esos niños diabólicos con todos los dulces que encontraron formando parte de aquella extraña casita: para saciarse también tuvieron que asar viva a la anciana que vivía dentro.

jueves, marzo 08, 2007

Calma


Uno podía sentir, aquella noche, que se estaba preparando una guerra en el cielo. Las nubes se apartaban y volvían a alzarse rojas, y apetecía permanecer en una habitación pequeña como una criatura sosegada mientras fuera las calles se calmaban bajo la metralla incesante de la lluvia. Todo el universo estaba en calma, postrado calle abajo, guardando entre silencios la constancia de su duelo. Por lo que ya no tiene, por lo que no supo retener, por lo que le quitaron, por todo cuanto echa de menos.
Las estrellas ansían la serenidad de un solo instante, y el hombre inventa ángeles porque por sí mismo es incapaz de alcanzar la paz, o de encontrar en su espíritu cierta bondad o calma, y entonces piensa que sólo le puede ser concedida desde lo alto. Pero todas las galaxias desean que sea suya la serenidad de un solo instante.
Muy lejos, en la noche, en el otro lado de la ciudad, el sonido de un motor se preguntaba quién le traería calma antes de extinguirse, y yo le hacía rugir por la autopista hacia el océano.
Y mucho antes de detenerme ya me preguntaba quién me traería calma cuando tú te hubieras ido.

lunes, marzo 05, 2007

Good enough


Has sido cuchillo y barra de labios, vasos llenos de hielo en la mesa del salón. Has sido desierto, jarra de leche, radar en la carretera, luna de las brujas, cloro en el césped, septiembre y abril. Y después de ser todo esto, has estado tres años disfrazada de cactus, con toda el agua por dentro. Has llorado durante casi tres años sobreviviendo, como Marilyn en Bus Stop, “a base de café y aspirinas”. Y tres años, como ella, sin encontrar tu bourbon.
¿Oyes eso? Tic. Tac. Tic. Tac. Es el sonido de tus remordimientos. Lentos pero inexorables, avanzan. Debe cansar mucho trabajar de Lolita a jornada completa.
Tic. Tac. Tic.
Suficiente. Alguien me está esperando en la cama.

viernes, marzo 02, 2007

Cada noche


Ciudad irreal,
bajo la parda niebla de una alborada de invierno...

Quise enterrar mi cara en tu corazón, agarrarme a tu sangre para no marearme en el viaje. Pero estaba tan sola como en un cuadro de Hopper. Había un coche aparcado frente al escaparate luminoso de una cafetería nocturna, con todo su amarillo derramándose sobre la acera.
Tan lejos, esa noche y sus luces de clínica.
Volvimos de la ciudad vacía, volví con la lengua cargada de presagios, y hubo un breve momento antes de que todo estallara en el que creí quedarme dormida y ver cómo sus uñas golpeaban el cristal del coche aparcado frente a los ventanales.
Vuelve a ser esa noche de madrugada, con el negro profundo y mate tragándose los edificios y vampiros esperando en los billares.
Dentro del coche, entre dos franjas de penumbra, giré la cabeza tratando de sacudir el embotamiento y me encontré con su cara preguntándome algo. Desperté para no creérmelo. Volvimos a casa solas desde la ciudad porque no quedaban luces allí, las habíamos agotado todas con la fiesta. Las piscinas tras los setos se quedaron en silencio.
Al llegar, el mareo producido por el alcohol me hizo creer que las raíces de alguna flor venenosa y carnívora se expandían en mi estómago. Dejé caer la cabeza sobre los cojines de un sofá, y nada me habría preparado para lo que iba a presenciar entonces, porque esa noche las estatuas se movieron –primera y última vez que las ví llorar, lo juro- y un solo momento me dio más clarividencia que cincuenta años de lucidez.
Fíjate si me impresionó que me acuerdo cada noche de aquello.

Porque hay fechas que se clavan con la precisión de un bisturí de cirujano,
y tú sabes de lo que estoy hablando, y que hablo sobre ti... ¿verdad?