En Maine hay un Hotel que sólo abre en invierno, y todas las calles para llegar a él son circulares. Es el otro punto de atracción de la ciudad junto al
café de los
fantasmas, y todos los pasillos de este Hotel interminable que sólo abre en invierno también son circulares.
Es fácil llegar hasta él, basta con coger la salida nublada de la autopista, pero necesitas mucho más que suerte para poder alejarte. Muchos se han pasado la vida entera dando vueltas por los mismos pasillos sin ser capaces de salir de ellos, y muchos otros -¿más afortunados?-, después de años continúan todavía conduciendo o paseando alrededor de las mismas calles.
Desde una de las habitaciones, me quedo la mañana entera mirando fijamente el calendario. Días negros, días rojos.
Si fuera posible. Y aún así, resulta insólito que los números se ajusten con tal precisión, y que las horas, los años, coincidan. Quizá por eso todos los días me apeno un poco por no haber nacido con vocación matemática.
Vuelvo constantemente a este lugar donde las piedras hablan, y cada una de ellas es capaz de responder a un nombre y a una fecha. Y por más que conduzco, llego siempre al mismo punto, porque todas las calles allí son circulares.