martes, octubre 30, 2007

Inminencia


Estación Noviembre y eres el único pasajero que espera en el andén. Tantas veces Maine. Tantas noches el mismo viaje.
Trenes de madrugada y sus labios en un espejo. A lo largo de la costa, noche de invierno sin estrellas. Y vuelves, con los ojos cargaditos de ciudad como dos armas de fuego, disparando a bocajarro cada vez que parpadeas. Es lícito mi desdén. El tuyo no deja de ser una broma peligrosa que puede hacer que descarrile el transiberiano. Pero tendré cuidado a la hora de adivinar quiénes son del bando aliado y quiénes pueden enviarme al exilio, porque como ya dije una vez, soy hija de espías rusos, y en los años de Guerra Fría no quedaba más remedio que madurar deprisa.

viernes, octubre 26, 2007

Segunda confesión

Fuimos con el colegio de viaje de fin de curso a ver El Laberinto de Brunelleschi en una ciudad medieval al oeste de Francia, y yo tuve que salir unos minutos a la amplia plaza de piedra para tomar aire porque comenzaba a marearme el color verde oscuro de las paredes del palacio. El mal del arte, siempre me ha gustado recrearme en mis extravagancias.
Rompí a reír al darme cuenta de que el techo se había desplomado hacía mucho tiempo, y los túneles exteriores me devolvieron la broma. “Compórtate”. Ya a los dieciséis era una reina altiva, y qué sabían las monjas de catedrales… Alguien también miraba la cúpula, con los labios muy rojos y en silencio, desde el umbral de una puerta sin luz, y durante el largo trayecto de vuelta al anochecer en el autobús de dos pisos, dispararon una foto repentina en el momento en que ella, medio dormida en los asientos de la izquierda, reclinaba la cabeza y dejaba caer de sus manos mi libro de Lovecraft.
Al día siguiente, la catedral de Siena se desplomaría sobre los transeúntes.

martes, octubre 23, 2007

Extremo Norte


Tengo noches en las que nadie me soporta porque no está lo bastante oscuro. Y días que trato de vencer con la elegancia de Morticia cuando se aparta la luz de los ojos. Porque mi barco es criatura nocturna y sólo me permite que le haga surcar oleajes que le acunen en su oscuridad, aires que le adormezcan y le calmen en su latitud boreal extrema. Así estoy en paz, sin saber nada de la impertinencia del azul, de las voces humanas, de la compañía de otros sonidos. Bendita oscuridad. Me quedo aquí contigo, en tu delicioso, frío, cielo de negrura cósmica.

sábado, octubre 20, 2007

Hora insomnio

Todas las noches, a la misma hora, releo esa página. Para que no se me olvide de dónde vengo, y hacia dónde tendría que dirigirme de tener sólo un poquito de fuerza de voluntad.
No diré dónde, pero me voy de viaje esta noche para no hacer a nadie partícipe de los fantasmas a los que llevo flores. Y al amanecer, ya veremos.

Clarividencia


Mientras conduzco se me ponen los ojos negros, y pienso que mi pasaje favorito de la Biblia es ése en el que Jesús expulsa a latigazos a los mercaderes del templo. No convertiréis mi casa en cueva de ladrones… Pocas frases tienen una grandeza trágica semejante. No convertiréis mi casa en cueva de ladrones.
Te doy miedo porque dices que encuentras en mis ojos la tendencia del suicida, la precariedad del triste. Y es posible. No vas a quedarte conmigo, qué perdida de tiempo. Pero vuelvo sin preocuparme porque en algún café estará lloviendo, y cuando la verdad caiga sobre tu cabeza como un sable, mi casa se habrá vaciado por fin de ladrones.

martes, octubre 16, 2007

Ty ochen otvazhnaya

Ella me contó que tuvo que resguardarse conmigo en brazos en el metro de San Petersburgo justo cuando escuchó la explosión al doblar la esquina. Y tengo un recuerdo lejano de las columnas de mármol y los pasillos amplios y diáfanos como los de un palacio en invierno. Fuera, lejos, sobre nuestras cabezas, la gente corría en direciones equívocas, se extendía el humo y gritaban todos los adoquines de la plaza bajo la presión del fuego. Ella, escondida conmigo en brazos al pie de las escaleras mecánicas más largas del mundo, ya sin trenes que pasaban, se abrió paso hasta la salida más lejana y, como si hubiera sido la causante de la catástrofe o la agente del FBI que restablecería el orden, aguardó a que cesara el miedo, a que se apagaran las últimas voces y los últimos pasos, a que el naranja estuviera disuelto y por fin sólo pudiera verse la noche clara tras el blanco nevado de los zares. Y tengo un recuerdo muy lejano de sus ojos acunándome contra su pecho todavía nervioso y esa oración en duermevela que no he podido sacar de mi cabeza en todos estos años hasta hoy: Ty ochen otvazhnaya, Ty ochen otvazhnaya…

jueves, octubre 11, 2007

Jaque a la reina


Por qué me empeño en inclinarme hacia el costado de la noche si ya no es posible, si nadie regresó del otro lado del tablero. Hoy ha sido igual que esas tardes que llegan de muy lejos sujetando un mazo de cristal con el que te golpean la cabeza para que no te olvides de ellas; disfrazo la única verdad que tengo de despliegues y cinismo y ahora ellas reclaman su presente, que siempre fue pasado cíclico; me siento en el entarimado blanco y negro cuando me he quedado a solas en jaque, ahora sí, y reprimo las ganas de llorar –ahora no-, pienso si jugarme o no al último alfil en mi defensa y golpea octubre lloviendo en la ventana, primer frío, el día entero bajo las mantas del salón sin ningún cuerpo que respire a tu lado, sin ni siquiera cuerpo que te pertenezca, reina sola al llegar a casa, la pistola cansada y humeante apoyada en el cenicero, las hojas en las calles, las carreteras cerradas al amanecer, la taza de café entre las manos y todas las promesas deliciosamente falsas de noviembre.

miércoles, octubre 10, 2007

Uno para todos

Después de hacerse con las joyas de la reina y culpar a un inocente cardenal de la conspiración contra la corona tramada por él mismo, el joven espadachín huyó de su Francia natal y mudó el nombre por el de Jack. En aquel país lleno de putas y borrachos nadie manejaba las armas blancas como él, y era tan fácil saciar su sed de sangre cada noche en esas calles neblinosas y mal iluminadas…

jueves, octubre 04, 2007

¡Luz, más luz!


Es insultantemente artístico decir estas palabras justo antes de morir… Pobre condesa Báthory, tan sola en su torreón.
Soy despiadada en mi castillo por las noches. Me salen los colmillos y no puedo evitarlo, tira con alambres de mi cuerpo el olor de la sangre. Y su última doncella era apenas una adolescente que tenía los antebrazos y el cuello cubiertos de preciosas marcas… Vamos, no seas así, tampoco va a dolerte tanto...
Visité a la condesa Báthory sin que me vieran los guardianes. Su última doncella me indicó el camino cuando sólo los peces estaban despiertos. Pensé que los peces eran más afortunados que nosotras. Al menos ellos siempre han conocido su medio natural, fuera del cual morirían.
Ella conservaba todo su porte en un rincón, sin comer durante días.
“Han quemado toda mi ropa…” Sollozó. “Y he de soportar la luz del sol aquí encerrada… ¡La luz del sol!” Y se llevó las manos a la cara.
“Volveré y te sacaré de aquí.” La prometí, porque era injusto y despreciable lo que la estaban haciendo.
Se levantó, toda ella era blanca, y me dijo: “No eres más que una reina sin séquito”.
Y yo, como me quedé sin nada que decir, la abandoné allí mismo y con tristeza bajé las escaleras. Al pie del torreón acerqué la boca a mi muñeca y susurré: “Kit, ven a recogerme donde siempre… y a ver si esta vez eres capaz de alejarme de mí misma”.

lunes, octubre 01, 2007

Piedad

El joven florentino se hizo traer desde Carrara los inmensos bloques de mármol que llevaban quitándole el sueño desde hacía muchas noches. Era el único que escuchaba los gritos desde Carrara, y cuando por fin comprobó de dónde provenían, el joven florentino comenzó a partir en dos las gigantescas piedras y a retirar cuidadosamente las capas de mármol, una por una, dejando poco a poco al descubierto a los prisioneros -el hombre barbudo que sujetaba unas tablas, el adolescente que miraba con soberbia confiando en su honda, la bellísima mujer que sostenía un cuerpo muerto en su regazo-, hasta que quedaron libres.