
Estación Noviembre y eres el único pasajero que espera en el andén. Tantas veces Maine. Tantas noches el mismo viaje.
Trenes de madrugada y sus labios en un espejo. A lo largo de la costa, noche de invierno sin estrellas. Y vuelves, con los ojos cargaditos de ciudad como dos armas de fuego, disparando a bocajarro cada vez que parpadeas. Es lícito mi desdén. El tuyo no deja de ser una broma peligrosa que puede hacer que descarrile el transiberiano. Pero tendré cuidado a la hora de adivinar quiénes son del bando aliado y quiénes pueden enviarme al exilio, porque como ya dije una vez, soy hija de espías rusos, y en los años de Guerra Fría no quedaba más remedio que madurar deprisa.
Trenes de madrugada y sus labios en un espejo. A lo largo de la costa, noche de invierno sin estrellas. Y vuelves, con los ojos cargaditos de ciudad como dos armas de fuego, disparando a bocajarro cada vez que parpadeas. Es lícito mi desdén. El tuyo no deja de ser una broma peligrosa que puede hacer que descarrile el transiberiano. Pero tendré cuidado a la hora de adivinar quiénes son del bando aliado y quiénes pueden enviarme al exilio, porque como ya dije una vez, soy hija de espías rusos, y en los años de Guerra Fría no quedaba más remedio que madurar deprisa.





