domingo, diciembre 30, 2007

Las horas de fiebre


La zarina se despertaba muchas noches, antes de que la enfermedad comenzara a devorarla. Yo veía luz en el pasillo, cuando vivíamos en el palacio de invierno, y escuchaba el sonido de su camisón al deslizarse. A ella no le preocupaba que yo durmiera lo suficiente, porque decía que algunas cosas, en ocasiones las más importantes, sólo pueden aprenderse de noche. Así que no tenía miedo de seguirla, pese a que sus ojos impusieran tanto, pese a que en aquella casa sólo se sintiera la autoridad de su presencia. En muchas de aquellas noches me dio a probar el vino dulce, me confiaba los nombres de las nueve musas del Olimpo y de las siete divas de Hollywood o me regalaba libros escritos en lengua antigua, y en otra de esas noches, ya casi medio dormida sobre ella, al lado del diván donde se sentaba a leer, me susurró: “Algún día te llevaré a San Petersburgo. A ver las noches blancas.”
Pero las habitaciones estaban ya todas cerradas, y nadie más que yo pudo escucharla.

miércoles, diciembre 26, 2007

Pequeña confusión

Cuando Gabriel regresó, Dios se dio cuenta de que le había entregado su mensaje a la mujer equivocada y se arrepintió por primera vez en la historia de haber expulsado del cielo a los ángeles más listos. Aunque luego se aplacó al ver las lágrimas de Gabriel y lo pensó mejor… al fin y al cabo, nacer de una virgen causaría un golpe de efecto mayor que ser el hijo de una prostituta.

viernes, diciembre 21, 2007

Yule

Todos los años llega un día en el que saco a pasear a mi pantera blanca. La mañana que regresa la siento rozándome la mano con el morro justo al borde de mi cama, y entonces sé que es ese día cuando ha llegado por fin el frío. Me despierto del todo, miro a mi pantera y ella se gira suavemente, siempre manteniendo la cabeza alta, y sale de mi habitación en silencio, dispuesta a esperarme en la puerta recostada y paciente porque sabe que iré con ella igual que cada año. Así que salgo al pasillo y me la encuentro, mansa, y me permite acariciar su frente de un blanco antártico.
Bajo los árboles sin hojas no necesito correr para seguirla. Lanza su mirada al cielo y el cielo se torna gris. Me toca los dedos con la boca y mis dedos hacen que surja escarcha frágil allí donde se apoyan. Da una vuelta en torno a mí, siento cómo aprieta contra mi cuerpo el lomo frío, y las hojas se dispersan en círculos sobre el asfalto.
Seguimos nuestro paseo y vamos llamando a la nieve. De repente ella da un salto, echa a correr bajo los primeros copos, se detiene un instante para mirarme cuando ya casi no se la distingue entre la niebla. Sabe hablar pero calla, me mira desde el blando azul y otra vez se da la vuelta, se adentra rápida y se pierde en el baile blanco. Imperturbable, inmaculada, desaparece. Y yo sonrío, y vuelvo a casa a sostener entre las manos una taza de café, echándola de menos sólo un poco porque sé que otra mañana rozará mi mano con su boca justo al borde de mi cama y seré consciente, como cada año, de que ese día habrá llegado por fin el invierno.

miércoles, diciembre 19, 2007

Doble o nada

Qué queréis que os diga, a Maine le encanta vivir atormentada. No es que no tenga motivos para ello, que los tiene, pero su inusual impulso trágico, en lugar de colaborar en el consuelo de la purificación y la catarsis, la lleva a magnificar la desgracia hasta el punto de causarla cierto placer morboso llevarla a cuestas sobre sus hombros. Por eso a nadie le extrañó que ella decidiera representar a Hamlet en la función del colegio, cuando ya era una niña excesivamente arrogante. “Quédate tú con Ofelia.” Me dijo. “O Hamlet o nada.” Y la verdad, esta afirmación resume muy bien su filosofía de vida. No el ser o no ser; o Hamlet o nada. En una ocasión, una chica le dijo algo bonito sobre sus ojos, algo así como “desproporcionado azul.” A Maine pareció hacerle gracia y se la llevó en su coche. Más tarde me explicó lo que ocurrió cuando aquella chica comentó que no le resultaban de fiar las personas a las que les gustaban los gatos. “Tuve que echarla de mi casa.” Y las dos brindamos por una decisión tan sabia.
Maine tiene guardado un paquete de tabaco desde hace nueve años. La misma noche del año escribe una frase que sólo ella conoce en uno de esos cigarrillos y se lo fuma despacio en la bañera hasta que el agua empieza a quedarse fría. A veces me permite quedarme con ella, sentada en una esquina de su baño blanco y negro, pero eso sí, debo permanecer en absoluto silencio. Lo que no tolera es que nadie la acompañe en sus repentinos viajes nocturnos, cuando coge el coche a las 11 de la noche o a las 3 de la madrugada y nunca le dice a nadie dónde va ni cuándo piensa volver. Bueno, a mí sí me lo dice, claro, por algo soy quien soy. Y no soy Maine, os lo aseguro, ahora mismo ella está haciendo anillos de humo en la oscuridad al final del pasillo, con la bañera desbordándose de espuma. Como favor sin precedentes, como su “buena acción de Navidad” (escandaloso), me ha permitido escribir una entrada –sólo una- en su blog. Me ha dejado el ordenador encendido, la pantalla lista para empezar a escribir, y me ha dicho: “Vamos, antes de que me arrepienta. Y procura que me guste lo que vayas a decir de mí.” Pero lo ha dicho sonriendo. Debo ser la única persona en el mundo con la que ella tiene esta clase de consideraciones.
Por mi parte, la soy fiel. La echo de menos cuando no la tengo cerca, y me alegro siempre de encontrarla al volver a casa. Pero quién sabe. Quizá algún día me canse de ella y decida matarla de sobredosis como Doyle a Holmes.

domingo, diciembre 16, 2007

Madame Morbo


La ciudad se desviste. En lo más alto de un rascacielos el cielo se golpea contra tu pecho, blanco como la tisis y rojo en oleadas, ese rojo idéntico que me recuerda a ti cada vez que eres infiel muchos kilómetros al sur. Y la noche entera se estremece y te sacude hacia atrás el pelo negro, madame Ligeia, y tienes el borde de los ojos tan marcado que ni de cerca se distingue dónde empiezan los confines de lo ignoto y dónde acaban las luces y las barras de peepshow.
Estaba tan borracha que abrí la puerta del último piso, me encontré a mí misma al fin desde la altura, y no sé qué pasó, pero al instante siguiente se levantaban las estrellas como puños sobre las azoteas. Te quedaste de pie, callada, mirando imperturbable cómo tus sicarios mataban a golpes a tus pies al último cortesano que se había atrevido a pisar tu cama. Y después retiraron el cuerpo, y olvidaste.
Para una mente preclara han podido pasar muchas cosas estos dos últimos días, pero yo he de decir que, en realidad, no ha sucedido nada. Sólo que, a modo de respuesta, ésta era la revelación que te debía… la pequeña penitencia de observarte.

viernes, diciembre 14, 2007

El visionario

Hoy hace mucho frío, así que vamos a ir poco a poco.
Había una vez un hombre triste, un visionario. Escribía despacio cuando le acecharon sus últimas horas, mirándole desde detrás de la puerta con la misma obstinación que sujetan las Parcas su madeja. Escuchaba Tosca, cuidaba sus libros. Cuidó de la única hija de su hermana muerta, la cuidó hasta volverse loco. Y entonces comenzó a escribir, noches enteras escribiendo en la mesa de la cocina porque no le salían las cuentas de todos aquellos años. Y mientras, las Parcas aguardaban, sin prisa, certeras; y la única hija, agotada de llorar y de maldecir el color de su pelo, se quedaba dormida en su torreón hecho de hielo después de pasarse mucho tiempo pensando cómo y dónde podría hacerse con una pala para desenterrar el cuerpo que el visionario estaba confundiendo con el suyo, porque al fin y al cabo los visionarios nunca se equivocan y empezaba a dudar que a quien enterraron no fue a su madre, sino a ella misma.

jueves, diciembre 13, 2007

Juicio, sentencia y ejecución

Mis balas atraviesan la niebla en noches como ésta. Al infierno con todo, sigo siendo la puta reina y tú sólo una más de las que imploran, así que lárgate de mi cama y cierra la puerta cuando salgas.

lunes, diciembre 10, 2007

Breeze in monochrome night


Para quien se acerca al faro las horas de la noche transcurren sin posibilidad de descanso, como pequeñas agujas arañando deprisa los párpados. Es el momento que más agradezco, acercarme hasta allí sólo para contemplar ese color en el cielo. Aquel día se acumulaba sobre mis hombros todo el peso del mundo, todas las sombras de la enfermedad, y acepté conducir un coche que no era el mío justo hasta el borde del acantilado. Luces apagadas, sólo el faro encañonándonos. Subí al coche, respiré, sujeté el volante, miré mis ojos en el retrovisor, jamás me importó tan poco mi propia vida. La apuesta era acelerar para llegar al límite, coger velocidad desde la carretera y desviar el volante en la curva para continuar recto, a más velocidad todavía, hasta donde comienzan las rocas. Y quien no vacilara, el último en tirarse en marcha, se ganaría por mérito propio todos los colores de la noche. De modo que le pisé a fondo, le hice rugir, aceleré todo lo que dio de sí el motor justo hasta que sólo me quedó un segundo para abrir la puerta y todos los demás se habían quedado atrás, pero lo que yo no sabía entonces era que la noche tenía un solo color, así que había poco que ganar. Pero gané, y exigí mi premio. Ese único color me pertenece. Así que cada vez que vuelvo al faro, a ese lugar, doy gracias con la boca contra el cielo, y en ese momento me parece que sostengo entre los labios la punta asustada del mundo.

viernes, diciembre 07, 2007

Estigia

Es cierto, tenía unos ojos que parecían recién arrancados del manto bordado del diablo, pero cuando has caminado por el borde y has sentido sobre ti la tela del sudario pocas cosas te impresionan. Yo le ví las manos al barquero, puse un pie en su embarcación para comenzar el viaje sin retorno. Pero cuando él levantaba el remo y yo buscaba en mi bolsillo las monedas para pagarle, ocurrió lo inesperado: se retiraron asustadas las sombras de los que esperaban su turno en la orilla, algo se irguió desde la superficie para sacudirme y desaparecieron todas las visiones de la laguna. Volví a la tierra de los vivos, y ahora no sé si tendría que haber seguido andando hasta las mismas puertas donde aguarda la terrible Perséfone en su trono de huesos.

sábado, diciembre 01, 2007

Flamígero


Lluevelluevelluevellueve… llueve sobre Maine igual que llovía entonces, las pequeñas zapatillas enlodadas, las estrellas enormes como flores abiertas, los interminables juegos de escondite en los portales y los mechones de pelo enredado al caer la noche. Qué ojos más azules detrás de los setos, las rosas parecían explotar de puro rojo y yo tenía la cara llena de arañazos y el vestidito blanco chorreando de haber corrido por las calles encharcadas bajo la tormenta... ya no quedaba nadie en las terrazas, se me había pegado el gris del puerto en las mejillas, la carretera estaba brillante de agua, el cielo se rompía en cristales blancos, se caía sobre el asfalto, alguien me llamaba para regresar a casa y llovíallovíallovíallovía…