Qué queréis que os diga, a Maine le encanta vivir atormentada. No es que no tenga motivos para ello, que los tiene, pero su inusual impulso trágico, en lugar de colaborar en el consuelo de la purificación y la catarsis, la lleva a magnificar la desgracia hasta el punto de causarla cierto placer morboso llevarla a cuestas sobre sus hombros. Por eso a nadie le extrañó que ella decidiera representar a Hamlet en la función del colegio, cuando ya era una niña excesivamente arrogante. “Quédate tú con Ofelia.” Me dijo. “O Hamlet o nada.” Y la verdad, esta afirmación resume muy bien su filosofía de vida. No el ser o no ser; o Hamlet o nada. En una ocasión, una chica le dijo algo bonito sobre sus ojos, algo así como “desproporcionado azul.” A Maine pareció hacerle gracia y se la llevó en su coche. Más tarde me explicó lo que ocurrió cuando aquella chica comentó que no le resultaban de fiar las personas a las que les gustaban los gatos. “Tuve que echarla de mi casa.” Y las dos brindamos por una decisión tan sabia.
Maine tiene guardado un paquete de tabaco desde hace nueve años. La misma noche del año escribe una frase que sólo ella conoce en uno de esos cigarrillos y se lo fuma despacio en la bañera hasta que el agua empieza a quedarse fría. A veces me permite quedarme con ella, sentada en una esquina de su baño blanco y negro, pero eso sí, debo permanecer en absoluto silencio. Lo que no tolera es que nadie la acompañe en sus repentinos viajes nocturnos, cuando coge el coche a las 11 de la noche o a las 3 de la madrugada y nunca le dice a nadie dónde va ni cuándo piensa volver. Bueno, a mí sí me lo dice, claro, por algo soy quien soy. Y no soy Maine, os lo aseguro, ahora mismo ella está haciendo anillos de humo en la oscuridad al final del pasillo, con la bañera desbordándose de espuma. Como favor sin precedentes, como su “buena acción de Navidad” (escandaloso), me ha permitido escribir una entrada –sólo una- en su blog. Me ha dejado el ordenador encendido, la pantalla lista para empezar a escribir, y me ha dicho: “Vamos, antes de que me arrepienta. Y procura que me guste lo que vayas a decir de mí.” Pero lo ha dicho sonriendo. Debo ser la única persona en el mundo con la que ella tiene esta clase de consideraciones.
Por mi parte, la soy fiel. La echo de menos cuando no la tengo cerca, y me alegro siempre de encontrarla al volver a casa. Pero quién sabe. Quizá algún día me canse de ella y decida matarla de sobredosis como Doyle a Holmes.