El hombre no se rinde a los ángeles, ni enteramente a la muerte, salvo tan sólo por la flaqueza de su débil voluntad. (Joseph Glanwill).
Me fascina el relato de Ligeia desde que tengo uso de razón. Su comienzo es uno de los que me sé de memoria: “No puedo, por mi alma, recordar cómo, cuándo ni precisamente dónde trabé por primera vez conocimiento con lady Ligeia…” También recuerdo el de Morella, pero de Morella hablaré otro día, si es que no lo he hecho ya, lector perspicaz.
El poder de la voluntad del ser humano debería ser más fuerte en él que cualquier otra consideración o circunstancia. Por eso la muerte, para lady Ligeia, no era más que la escasa voluntad por seguir viviendo. No desvelaré el final del relato, tratándose de cualquier otro no me importaría lo más mínimo, pero no lo haré con Poe. De modo que, fieles lectores, si me aprecian sólo un poco, háganme el favor de pasar un par de horas esta noche con la fascinante lady Ligeia, no se van a arrepentir.
He leído que existe una creencia filosófica según la cual no todos los hombres son inmortales; sólo pueden aspirar a disfrutar de otra vida después de la muerte aquéllos que han sabido aprovechar esta vida para “hacerse” su propia alma, desarrollando al máximo su intelecto, su sensibilidad, sus capacidades y su talento. Sólo de esta forma habrían dado por válida su existencia y serían merecedores del premio. Al menos es una teroría bastante romántica, y tiene un matiz elitista tan encantador… nada de portarse bien con el prójimo, sólo cultivar la mente y el espíritu. Todo lo demás es perder el tiempo. Sospecho que mi querida Ligeia se mostraría totalmente de acuerdo con algo así.