Yo antes vivía en una enorme casa negra que estaba viva. En alguna parte de este post he escrito sus coordenadas en clave a modo de tributo, porque pese a todos los tributos que la pagué a lo largo de los años que permanecí en ella aún me parecen insuficientes.
Mi antigua casa tenía la boca roja y los dedos afilados como sombras que bajaban de las lámparas. Las paredes se caían poco a poco, el techo se vencía, las puertas, las ventanas, no eran más que piezas de puzzle con los bordes mellados y sierras en las esquinas. Aquella casa no fue prisión ni refugio, pero en amaneceres grises fue barco y fue el ataúd al que se aferran los desposeídos. Fue el pilar de lo que soy ahora, fueron los raíles que cruzaron todos aquellos años inútiles.
Era una casa enferma y poderosa. Nunca permitía que hubiese una luz demasiado intensa, nada de cortinas abiertas o habitaciones encendidas. Sus manos se movían en la penumbra para acariciarte o abofetearte, para reclamar tu ira o para llorar su necesidad. A menudo las extendía tanto alrededor de tu cuello que te asfixiaba, y entonces surgían las visiones y sólo quedaba la opción de salir de ella durante unas horas hasta que se calmara. Y la compadecías y la odiabas, pero tiraba de ti siempre para que volvieras a meter la llave en su puerta.
En esa casa me clavé mil agujas en la sangre. En esa misma casa el azul de los ojos se me llenó de óxido. Contra sus paredes estrellé muchas veces mi cerebro, lo lanzaba mientras ella aguardaba impaciente el momento de saborear mi desesperación y su victoria, la veía con los ojos desquiciados observándome detrás de los azulejos oscuros del baño con el agua desbordándose detrás de mí y las bombillas oscilantes en el techo. Otras veces, de noche, la escuchaba reírse en el tictac de un reloj o en el acompasado crujido de las bisagras, y en el fondo la encantaba ser consciente de que yo nunca cedería a ninguna de las trampas del miedo.
En esa casa las personas podían desaparecer o duplicarse, cambiar de rostro o enmudecer. Esa casa le concedía premios a quien mejor se mutilara. Esa casa te volvía de cristal o de plomo a su antojo, podía desgarrarte despacio sin que te enteraras. Esa casa gritaba y guardaba silencios profundos, callaba verdades imposibles, guardaba secretos que de tanto reprimirlos se olvidaron.
Nunca volví a aquella casa. Nunca, desde que salí de ella aquel invierno, pisé de nuevo las escaleras de su portal. Pero siempre he sabido, en todos estos años desde que la dejé atrás, que sólo podría recuperarme del todo si me atreviera a volver allí y la devolviera, uno a uno, todos los fantasmas que saqué de sus armarios para dejarla desnuda y hacer con ellos el equipaje que me acompaña todavía.