martes, abril 29, 2008

Óbice


Y qué éramos sino dos huérfanos cogidos de la mano en el pasillo, tú enfrentándote a su nombre, yo haciéndome la valiente pero en realidad muerta de miedo igual que ahora, desde este lado, donde hileras de cruces iluminadas se extienden a ambos lados de la carretera.
-No es buena idea, Maine. Arranca el puto coche y vámonos de aquí.
Mi verdugo me confirma que siempre ha sido un cobarde. Le digo que se largue, saco de la guantera todos mis inviernos y decido terminar el trabajo yo sola.

domingo, abril 27, 2008

Días turbios

Les echo mi corazón a los cuervos, sólo porque son negros y fascinantes. Podría entregarme a los besos y olvidar, pero en lugar de eso me siento en los umbrales y espero, sola, a que lo devoren y sean ellos quienes olviden, mientras se me pudre la sangre poco a poco y el amor, y la esperanza, se hunden como flores en el barro.

miércoles, abril 23, 2008

Jugar con ventaja

- Quiero que todo el mundo me odie.
Mi séquito al completo me mira extrañado.
- ¿Por qué quieres que todo el mundo te odie, Maine? El odio es un sentimiento terrible.
Y yo les miro, entre decepcionada y despectiva porque no lo entienden, y me tomo la molestia de responder:
- No ese odio que os imagináis, el de “no puedo soportarla y por eso la odio”. No, ése es un odio muy tonto y me es indiferente. Yo me refiero al verdadero odio, el de “la odio porque en realidad la amo y la deseo y no puedo tenerla”.

viernes, abril 18, 2008

Sweet traffic lights


Qué gran invento el del duelo. Y pertenecer a la luz, qué oficio tan respetuoso. Debe ser agradable, pienso en voz alta, y mi pequeño príncipe de Maine me mira y tuerce el gesto.
Quito despacio, con cariño, la nieve amontonada sobre mi cama y me siento en la ventana a esperar que alguna niebla venga a sacarme otra vez el corazón por la garganta igual que en esa escena en la que los dedos de la bruja le arrebatan la voz a la sirena. Me quedo sentada, buscando en silencio la boca del incendio. Cuanto más cerca del fondo, más cercana también la salida, pero mira qué curioso, te quedas en casa para esconderte y contemplar a solas las luces que atraviesan los corredores de la noche sin caer en la cuenta de que en realidad nadie te está buscando. Y puede ser que de repente -todavía- un golpe fortuito de su olor te haga caer en plena calle, y el dolor que a veces crees tener olvidado resurja y se encienda y te prenda la memoria como un incendio forestal que se extiende en pleno ocaso. Y al comprender por fin lo inútil de hacerle frente sólo con el agua que te cabe en las manos puedes estar más calmada, pero no menos triste.
Como ésta va a ser, querida mía, la última vez que hable de ti, me veo obligada a salvar de aquel sueño improcedente -no me queda más remedio- el momento en que alargaste la mano para apagar la luz. Aquello fue un resumen, no me importó nada más. Caía la nieve. Después el cielo entero ardió.

martes, abril 15, 2008

Eterna Marilyn



Las Musas tienen caminos inexcrutables e imprevisibles para manifestarse. La noticia que he leído esta mañana en el periódico es uno de ellos.

Desde niña he tenido a las Musas de Hollywood como verdaderas divinidades que deberían presidir las procesiones de Semana Santa y los altares de todas las iglesias: la Garbo y su frío magnetismo, el encanto mundano de Katherine Hepburn (porque he de confesar que nunca he sido fan de Audrey... demasiado cándida y angelical para mi gusto, demasiado irreal), Bette Davis y sus ojos cínicos, Rita Hayworth pidiendo fuego, el gesto poderoso de Marlene o esa proyección de sofisticado control sobre todas las cosas que iluminaba la mirada de Lauren Bacall.

Pero, por encima de todas, se encuentra ésa cuya imagen preside mi salón en blanco y negro. La eterna Monroe. Marilyn no tenía una belleza espectacular, cierto, pero lo suyo no era eso. Lo suyo era -es- hacernos olvidar la belleza hasta que nos rindiéramos a su encanto. ¿Cuál? Se ha dicho que su mirada, su boca, su cuerpo. Aquellas nalgas geniales sobre ritmo de tacones en "Niágara"; aquel desmayo de sus hombros sobre la barra de un bar de carretera en "Bus Stop"; aquel irresistible vaivén de caderas cruzando el humo del andén en "Con faldas y a lo loco". Todo ello es verdad, está ahí, en las pantallas, pero es preciso ahondar más, llegar hasta la secreta raíz, la fuerza que la incendiaba.

La verdad: no era una fuerza, sino la más pura desolación. Observad cualquiera de sus fotos, congelad cualquier fotograma suyo. Sus brazos tentadoramente atractivos eran los de una suplicante; la húmeda sonrisa de medio lado de sus labios estaba pronunciando un mudo grito de auxilio; su voluptuosa mirada -párpados entrecerrados o abiertos en un pasmo falsamente pudoroso- no lograban ocultar aquellos otros ojos asomándose en el fondo: los de la triste niña que Marilyn llevaba dentro. Norma, la infancia nunca amada por nadie, siempre en desolada espera de cariño. El alma de Marilyn.

Era por llevar algún afecto a Norma por lo que Marilyn desplegaba su turbadora sensualidad y tendía los brazos, besaba, seducía… pero era esfuerzo destinado al fracaso. La provocación aniquilaba toda ternura, convertía en deseo carnal de mujer la caricia inocente que necesitaba la niña. Ése, no obstante, fue su poder fascinante: la inocencia lúbrica de la prostituta-virgen, el eterno mito irresistible.

Por eso, aunque mis mitos del cine son muchos y más antiguos –incluso se remontan a la época en que las películas eran templos silenciosos-, Marilyn me conmovió inspirándome siempre una pena indecible, una espantosa compasión. Y un deseo irrealizable: el de consolar a Norma con brazos de ternura, con palabras de padre enamorado.

lunes, abril 14, 2008

El turbio cómputo

En Maine desapareció una niña una tarde de colegio. La imaginé por última vez junto a las canchas de deporte encharcadas, sin nadie más alrededor y el gris cubriéndolo todo desde las gradas. Después encontraron su ropa en la pared, y a ella con un golpe en la cabeza y el pelo lleno de sangre.
Quizá a la misma hora de esa tarde, yo bajaba las escaleras del sótano de mi antigua casa. Encendí la luz del techo, busqué algo para cenar en la estantería de los botes de conservas pero en cambio me encontré con recortes de periódicos de hacía unos cuantos años. Y sus diarios.
Fue entonces cuando escuché claramente la voz de la zarina desde algún peldaño de las escaleras. “¿Aún sigues buscándome, querida Maine?” Se me cayeron de las manos los papeles, al girarme bruscamente dí de espaldas contra la estantería y unos cuantos frascos se estrellaron contra el suelo. Pero no la ví. Sólo escuché su breve risa y luego, nada. No sé cuánto tiempo estuve así, observando con la respiración entrecortada la bombilla que se balanceaba en el cable, pero cuando por fin reaccioné, lo primero que hice fue agacharme para recoger un bote que al caerse había rodado hasta la pared, y en ese momento descubrí las ropas llenas de barro, y asomando por una de las esquinas, los mechones ensangrentados de una rubia cabeza infantil.

sábado, abril 12, 2008

En vano

Allí no llegaba nadie. Y la princesa olvidada en la torre esperó y esperó hasta que por fin le crecieron las trenzas lo suficiente para poder ahorcarse.

martes, abril 08, 2008

Cruzando los muelles


La estoy sintiendo volver. La noto cada vez más cerca. Pero no es como si anocheciera y estuvieras sola, llorando desde la ventana por todas las luces de la ciudad que ladra. En realidad no es eso. Es como quedarte mirando un edificio al costado de su sombra, justo donde comienza a hacerse gigantesco, y la ciudad se hubiera quedado totalmente vacía al atardecer, y lo sintieras como nunca antes, el pálpito y su dueño, la desolación de las estatuas pintadas por De Chirico, mirando, infinitas, fijamente, su propio cáliz sin que haya remedio.

Es justamente eso, porque si los puentes no son más que ruletas perversas, sería mejor quemarlos. Porque en el fondo, no nos engañemos, se trata de una tragedia muy vulgar que tengan que sacar el precioso cuerpo de una mujer joven de entre los hierros de un coche a altas horas de la madrugada mientras una adolescente lo presencia todo. Y porque hubo un momento después de aquello, alguna vez hace muchísimo tiempo, en que creí que mi vida se acabaría arreglando, y si recuerdo haber pensado algo así debió existir algún momento en mi vida en que fui inocente y crédula porque lo sentí como posible, pero llevo años jugando a todos los juegos sin perder ni ganar y ya se me están acabando las fichas y los números.

Y ahora, dicho esto y sólo porque estoy a punto de mandarlo todo al infierno, permitidme aclarar una cosa:
Me río de vuestras tragedias.
Que sea la última vez que alguien se atreve a decirme por quién tengo que llorar.
(Gracias, Doctor. Aquí, delante del gran teatro y sin máscaras. Ya sabes por qué).

domingo, abril 06, 2008

Acuario

Las Furias consumen a Hebe, la diosa más joven. Un tierno adolescente, amante de Zeus, la ha sustituído en su función de escanciadora del Olimpo. Un recién llegado. Un mortal.
Hebe lo llama una noche a su presencia. Ganímedes, confiado, sube hasta los aposentos de la diosa más joven y la contempla desnuda sobre las sedas azules. Hebe es una profesional. Sonriendo le tiende una copa y le pide: “Bebe”, y lo último que escucha Ganímedes antes de caer en la cuenta de su error es la risa diabólica de Hebe y el estruendo de Zeus irrumpiendo en la habitación todo deshecho en trueno y agua, incapaz esta vez de hacerle remontar el vuelo desde el Hades.

jueves, abril 03, 2008

Mi rendición

De pie junto a la ventana, con el café en la mano y el primer cigarro del día, siento frío de repente. Sabiendo lo que me voy a encontrar me doy la vuelta despacio y la veo sentada en el sofá, pálida, ojerosa, seria. Maine llega a casa cuando yo acabo de levantarme; apenas he oído su llave en la cerradura. Alguien me dio un recado para ella este fin de semana, pero si la hablo parece no escucharme. Viene de jugar a los exorcistas, tiene la mirada perdida y el aspecto derrotado.
- ¿Sabes? –dice sin que me lo espere, todavía mirando a ninguna parte. –Me han llamado mala tantas veces esta noche que he perdido la cuenta.
Fumo y aprieto los ojos, rogando que ya no esté cuando vuelva a abrirlos, odiándola, deseando en el fondo que no se marche.
- Que te jodan.
Y por toda respuesta, sin variar la postura ni parpadear, abre la boca para recordarme que en el Halloween de mis 16 años salí a la calle con unas preciosas alas blancas. Ella llevaba unas enormes alas negras, los ojos maquillados en oscuro igual que ahora y la cruz que continúo poniéndome a menudo cuando salgo por las noches.