
Las Musas tienen caminos inexcrutables e imprevisibles para manifestarse.
La noticia que he leído esta mañana en el periódico es uno de ellos.
Desde niña he tenido a las Musas de Hollywood como verdaderas divinidades que deberían presidir las procesiones de Semana Santa y los altares de todas las iglesias: la Garbo y su frío magnetismo, el encanto mundano de Katherine Hepburn (porque he de confesar que nunca he sido fan de Audrey... demasiado cándida y angelical para mi gusto, demasiado irreal), Bette Davis y sus ojos cínicos, Rita Hayworth pidiendo fuego, el gesto poderoso de Marlene o esa proyección de sofisticado control sobre todas las cosas que iluminaba la mirada de Lauren Bacall.
Pero, por encima de todas, se encuentra ésa cuya imagen preside mi salón en blanco y negro. La eterna Monroe. Marilyn no tenía una belleza espectacular, cierto, pero lo suyo no era eso. Lo suyo era -es- hacernos olvidar la belleza hasta que nos rindiéramos a su encanto. ¿Cuál? Se ha dicho que su mirada, su boca, su cuerpo. Aquellas nalgas geniales sobre ritmo de tacones en "Niágara"; aquel desmayo de sus hombros sobre la barra de un bar de carretera en "Bus Stop"; aquel irresistible vaivén de caderas cruzando el humo del andén en "Con faldas y a lo loco". Todo ello es verdad, está ahí, en las pantallas, pero es preciso ahondar más, llegar hasta la secreta raíz, la fuerza que la incendiaba.
La verdad: no era una fuerza, sino la más pura desolación. Observad cualquiera de sus fotos, congelad cualquier fotograma suyo. Sus brazos tentadoramente atractivos eran los de una suplicante; la húmeda sonrisa de medio lado de sus labios estaba pronunciando un mudo grito de auxilio; su voluptuosa mirada -párpados entrecerrados o abiertos en un pasmo falsamente pudoroso- no lograban ocultar aquellos otros ojos asomándose en el fondo: los de la triste niña que Marilyn llevaba dentro. Norma, la infancia nunca amada por nadie, siempre en desolada espera de cariño. El alma de Marilyn.
Era por llevar algún afecto a Norma por lo que Marilyn desplegaba su turbadora sensualidad y tendía los brazos, besaba, seducía… pero era esfuerzo destinado al fracaso. La provocación aniquilaba toda ternura, convertía en deseo carnal de mujer la caricia inocente que necesitaba la niña. Ése, no obstante, fue su poder fascinante: la inocencia lúbrica de la prostituta-virgen, el eterno mito irresistible.
Por eso, aunque mis mitos del cine son muchos y más antiguos –incluso se remontan a la época en que las películas eran templos silenciosos-, Marilyn me conmovió inspirándome siempre una pena indecible, una espantosa compasión. Y un deseo irrealizable: el de consolar a Norma con brazos de ternura, con palabras de padre enamorado.