Voy a ser tremendamente sincera esta noche. Si me siento hasta cierto punto benévola y generosa es por el respeto y el interés (el morbo, en algunos casos, aunque también ésa es una razón de mi agrado) con el que habéis insistido muchos de vosotros en tratar de comprender lo que escribo y en comenzar tal intento preguntándome el porqué de Maine, el porqué de ese lugar, el porqué de mi nombre. De modo que será la primera vez que me rinda ante una petición popular, las reinas si son justas tienen que saber transigir y aceptar los deseos de su pueblo aunque sólo sea por puro egoísmo, para no perder adeptos. La vanidad me puede y todo es reconvertible, así que por qué no contar lo que ocurrió, quién de los aquí presentes se va a atrever a juzgarme.
Los lugares te eligen, nunca sucede lo contrario. Cuando Maine me eligió me llevaban por una carretera dentro de un coche blanco. Yo no conducía pero podía ver la noche por detrás de los cristales, y un sonido rojo como de alarma chirriante rompiendo cada partícula de la niebla. Podía ver la noche y escuchar ese sonido, pero no estaba despierta. Despertaría más tarde y lo primero que pregunté fue si habíamos llegado ya a Rusia. Y una voz, la única que hablaba mi idioma en aquella ciudad extranjera, me respondió: “No estás en Rusia. Sigues en Maine”. Entonces abrí los ojos y me dí cuenta de que en la habitación no había nadie. Sólo yo, viva o muerta, ya no me importaba, en aquella cama inundada de un blanco insoportable. Pocos días después, cuando bajo la promesa de portarme bien me abrieron por fin la puerta de aquellos pasillos blancos, alquilé un coche y cubrí en una madrugada la distancia desde Portland hasta Maryland, donde alguien me estaba esperando, y de camino, en la autopista interminable, me sucedió algo revelador: ví un coche envuelto en llamas aparcado en el arcén, ví unas manos chamuscadas que todavía sujetaban el volante entre el remolino de fuego e interpreté aquella visión como la mejor señal que podía recibir.
Yo ya pasé mi particular estancia en el infierno, la que a todos nos toca superar tarde o temprano. Pero algo de mí se quedó en aquella ciudad llena de niebla, y no lo he vuelto a recuperar nunca por más que trato de reconstruir en mi memoria los días perdidos de aquel invierno. Un año buscando mi cordura, una casa derruída, una quema de libros y un hotel en un país europeo hicieron el resto. Y ahora supongo que no hacen falta más preguntas. Ya os dije que iba a ser tremendamente sincera esta noche.
domingo, junio 29, 2008
miércoles, junio 25, 2008
Arañan la tierra
La zarina organizó mil fiestas en el Palacio de Invierno. Les sonreía a ellos, las deslucía a ellas. Cuando la veían vestida de blanco se extrañaban. “Yo también pensé en el negro -contestaba- pero cambié de opinión en el último momento”. La zarina cambiaba de opinión siempre en el último momento, incluso cuando proponía un brindis podía arrepentirse mientras lo llevaba a cabo.
Yo despertaba por las voces y me quedaba en los umbrales chorreantes de luz, cinco años, pijama rosa, hasta que alguien reparaba en mí pero siempre era su risa la primera en acercarse. Ligera, volátil como su vestido blanco, me cogía en brazos -mi pequeña muñequita rusa- y volvía a llevarme al calor de mis sábanas -algún día serás tú la que organice fiestas para paliar tanto silencio-, pero yo ya estaba dormida mucho antes de tocarlas. La zarina, en el fondo, odiaba el Palacio de Invierno. Quizá cambió de opinión en el último momento, cuando me entregó las llaves y supo que en los pasillos alguien se había olvidado de apagar la última luz. De lo que no me advirtió nunca fue de que sus invitados me confundirían con ella durante mucho tiempo, aunque eso es algo que, dada su naturaleza irresistible, debí sospechar desde el principio.
Yo despertaba por las voces y me quedaba en los umbrales chorreantes de luz, cinco años, pijama rosa, hasta que alguien reparaba en mí pero siempre era su risa la primera en acercarse. Ligera, volátil como su vestido blanco, me cogía en brazos -mi pequeña muñequita rusa- y volvía a llevarme al calor de mis sábanas -algún día serás tú la que organice fiestas para paliar tanto silencio-, pero yo ya estaba dormida mucho antes de tocarlas. La zarina, en el fondo, odiaba el Palacio de Invierno. Quizá cambió de opinión en el último momento, cuando me entregó las llaves y supo que en los pasillos alguien se había olvidado de apagar la última luz. De lo que no me advirtió nunca fue de que sus invitados me confundirían con ella durante mucho tiempo, aunque eso es algo que, dada su naturaleza irresistible, debí sospechar desde el principio.
lunes, junio 23, 2008
Consorte
Los súbditos de la reina del Norte eran todos rubios y de piel blanca, tenían los ojos azules o verdes y se enorgullecían de poseer un temperamento estético, distante y analítico, dispuesto siempre a aplicar el remedio de la frivolodad a la gravedad de cualquier asunto. Los habitantes del reino del Sur, en cambio, valoraban la sabiduría y la reflexión por encima de todo. Moralmente intachables, hedonistas, se entregaban a los placeres de la carne con la misma pasión que cultivaban las virtudes de la mente y del espíritu. Nada les era indiferente, de nada consentían permanecer ajenos. De piel morena y ojos oscuros, los súbditos del sur luchaban con espadas a lomos de caballos pardos, mientras que los súbditos del norte lo hacían tensando sus arcos a la grupa de monturas blancas.
Y mientras los habitantes de ambos reinos prolongaban los días de guerra, la reina del Norte y el rey del Sur se divertían haciendo sus propios planes entre sábanas de hielo y fuego.
Y mientras los habitantes de ambos reinos prolongaban los días de guerra, la reina del Norte y el rey del Sur se divertían haciendo sus propios planes entre sábanas de hielo y fuego.
sábado, junio 21, 2008
Spleen
Anoche tuve que parar el coche en el arcén para ponerme a escribir. Al menos es una suerte que todavía la inspiración sea capaz de pillarme desprevenida.
Me han hecho una oferta que sólo yo rechazaría. Un puesto nuevo, más dinero, un viaje a Dinamarca. “Podrías pasar por nórdica perfectamente”. Mi jefe se reía, contento de tenerme, y yo pensando sólamente en dónde estás, en dónde estoy. Quizá sea éste el momento de largarme. Siempre huyendo, qué gran expediente el mío. Me muerdo la lengua, no es que me venga grande, pero lo único que me apetece es volver a vestirme de negro y hablarte como antes de Maine y de mis noches.
Me han hecho una oferta que sólo yo rechazaría. Un puesto nuevo, más dinero, un viaje a Dinamarca. “Podrías pasar por nórdica perfectamente”. Mi jefe se reía, contento de tenerme, y yo pensando sólamente en dónde estás, en dónde estoy. Quizá sea éste el momento de largarme. Siempre huyendo, qué gran expediente el mío. Me muerdo la lengua, no es que me venga grande, pero lo único que me apetece es volver a vestirme de negro y hablarte como antes de Maine y de mis noches.
lunes, junio 16, 2008
Las edades concéntricas

Cómo odio que ya no anochezca a las cinco de la tarde, cuando me quedo sola en la oficina mirando los cuellos tristes de Modigliani y el azul del ordenador se me diluye por todo el cuerpo. Además, se acercan fechas, y no puedo evitar sentirme en parte vagabunda y en parte anestesiada. Como una diva de los 50 -pelo ondulado, piel blanca, labios rojos-, ella repartió las cartas aquel día y luego me esperó con las llaves de mi casa apoyadas en sus dientes, cuando yo sólo tenía un frigorífico por todo mobiliario y no necesitaba nada más porque lo usaba al mismo tiempo como cama, como escritorio y como caja fuerte. Entonces te hablaba de coronas de espinas y de trenes en invierno, y tú, sin escuchar, virabas hacia la otra orilla centrando toda la atención en tus barcos hundidos y en tus mil y un errores. Pero yo tampoco te escuchaba. Fuiste mi pequeño capricho del mes de diciembre. Después, de ti no me quedó más que el recuerdo de una carretera entre la niebla.
Y ahora, en la oficina, alguien se me acerca para invitarme a un café o para enseñarme estúpidas fotos de bebés, y yo no espero a tantear nada sino que directamente extiendo la mano hacia mi bolso para sacar la pistola.
¿No ves que ya llevo mucho andado? Por favor, no me lo pongas tan fácil.
sábado, junio 14, 2008
El final del largo invierno

Nos damos calor en la oscuridad, en lo más alto de la avenida, mientras el vigilante dirige hacia otro lado su linterna. Los accesos se han cortado, nunca antes la autopista estuvo tan vacía, la noche tan silenciosa, y yo podría sentirlo todo como una tentación muy sórdida y volver a recrearme, pero sin querer me he visto en el retrovisor y me he topado con algo distinto, y sin querer me he olvidado de este dolor de garganta y de cabeza que lleva insistiendo desde que regresé, y he pensado en ir a ver a Diana Krall dentro de poco, y sin querer he sonreído al comprobar que quizá tampoco nada ha sido para tanto.
miércoles, junio 11, 2008
Pequeño descanso

En Ur los hombres podían hablar con los leones, inventaron la plata y el violeta sólo para adornar las túnicas de las mujeres y en las cuencas de sus ríos enseñaron a los dioses a leer.
En el Bajo Egipto, la abeja todavía canta inscripciones al oído del faraón bajo su corona roja. Las jóvenes fenicias tejen mitras blancas y adornos para las velas del Nilo; al amanecer, los niños recogen tallos de papiro junto a apacibles cocodrilos y al caer la noche todos los templos brillan y elevan su azul hasta las alas de Horus.
En Alejandría el aire huele a arena y a barcos griegos, el cielo siempre es rojo o amarillo, los colosos miran alto situados a horcajadas sobre el mar y se reúnen los filósofos en patios donde no existieron cruces ni prendieron las antorchas las hojas de los libros.
En Creta, los adolescentes son rubios pero tienen la piel morena de pasar horas enteras en el puerto, ellos mirando las gaviotas, ellas haciéndose trenzas en el pelo, unos y otras imaginando laberintos y teseos.
En el techo de estos hoteles nunca paran de girar las aspas. En camas extrañas de ciudades extranjeras, les pido a las durmientes que me cuenten cuentos de tierras lejanas, y ellas comienzan sus relatos invocando los únicos lugares capaces de agitar la inspiración durante siglos… y yo paso entre ellas en silencio, sin ruido, cerrando las ventanas, recogiendo el aire suave que nos ronda y que se queda, apartando de mí la vida cada vez que se me cruza.
En el Bajo Egipto, la abeja todavía canta inscripciones al oído del faraón bajo su corona roja. Las jóvenes fenicias tejen mitras blancas y adornos para las velas del Nilo; al amanecer, los niños recogen tallos de papiro junto a apacibles cocodrilos y al caer la noche todos los templos brillan y elevan su azul hasta las alas de Horus.
En Alejandría el aire huele a arena y a barcos griegos, el cielo siempre es rojo o amarillo, los colosos miran alto situados a horcajadas sobre el mar y se reúnen los filósofos en patios donde no existieron cruces ni prendieron las antorchas las hojas de los libros.
En Creta, los adolescentes son rubios pero tienen la piel morena de pasar horas enteras en el puerto, ellos mirando las gaviotas, ellas haciéndose trenzas en el pelo, unos y otras imaginando laberintos y teseos.
En el techo de estos hoteles nunca paran de girar las aspas. En camas extrañas de ciudades extranjeras, les pido a las durmientes que me cuenten cuentos de tierras lejanas, y ellas comienzan sus relatos invocando los únicos lugares capaces de agitar la inspiración durante siglos… y yo paso entre ellas en silencio, sin ruido, cerrando las ventanas, recogiendo el aire suave que nos ronda y que se queda, apartando de mí la vida cada vez que se me cruza.
domingo, junio 08, 2008
Inmunidad diplomática

Los habitantes de mi reino se dividen en soldados y cortesanas. Sentada en el trono les observo, a ellas agitando los pañuelos mientras bailan, a ellos riendo a carcajadas y afilando sus lanzas sin temer a los dragones. Ellas beben con delicadeza de copas talladas, me tienden bandejas repletas e inventan historias para entretenerme. Ellos se exhiben delante de mí, vigilan cada acceso a mis dominios y me cuentan proezas que yo adivino ciertas. Las cortesanas pueden despertar mi deseo, pero en realidad desprecio sus vacuas pretensiones, su fútil y embustera superficialidad. Aunque parezca extraño, quienes merecen todos mis respetos son los soldados. A quienes amo es a ellos. A ellas las odio.
Realmente, cargar con ciertas responsabilidades es tarea complicada; pero mi entereza es envidiable, y mi capacidad para fingir, infinita.
Realmente, cargar con ciertas responsabilidades es tarea complicada; pero mi entereza es envidiable, y mi capacidad para fingir, infinita.
jueves, junio 05, 2008
Recursos
El viejo músico llegó a Hamelín llevando consigo solamente una desgastada flauta, pero enseguida comprobó que era más que suficiente para atraer a las niñas hasta los callejones más oscuros.
martes, junio 03, 2008
Sabiduría
Antes leía muchísimo, cuando vivía en Maine. Era más joven y me pasaba noches enteras devorando libros, desde Milton a McCullers. Todos ellos, los sacaba de la tumba y les pedía que me hablaran. Mi encantadora congregación de fantasmas. Dostoievski y Gógol con sus gorros rusos, Ibsen junto a Sófocles desde un rincón, Cummings mirando por la ventana tratando de no hacer ruido, Sebald fumando en el mejor sillón y lanzándome sus ojos cínicos, Pynchon haciendo buenas migas con Dos Passos. El tembloroso Le Fanu, el prodigioso embustero de Bradbury, el vacuo seductor de Byron. El convincente Gide, el poderoso y vulnerable Hesse. Lorca y Camus. El dulce Eliot. Incluso Plath y Houllebecq. No hacía otra cosa que escucharles durante toda la noche y esconderme en los pasillos por el día para no tener que quitarme las gafas de sol ni abrir la boca delante de nadie aunque mi vida dependiera de ello, porque me resultaba terriblemente agotador e inútil. Pese a todo, en las primeras horas del día, con los ojos inservibles ya, mi cerebro parecía desatarse, como si cada una de las palabras de Faulkner actuaran como cuchillos cortando cuerdas. Era fácil escribir entonces, hasta que volvía el embotamiento a apretar de nuevo los nudos, pero en esos momentos agradecía como nunca la fertilidad libre e inmensa y era como si la cabeza me fuese a reventar en su euforia. Y creía que eso significaba algo porque yo entonces no era más que una adolescente soberbia y estúpida.
He leído más de mil libros hasta este momento de mi vida, y cualquiera pensaría que todas esas lecturas me han hecho más sabia, más culta, más sensible, más feliz. Pero se equivocan; es todo lo contrario. Nadie se imagina el daño que me hicieron. Dejé de leer por prescripción médica, después de estar a punto de perder la cordura irreparablemente. Y no es broma. Cuando me enfrenté a ellos durante la última noche que pasé en Maine me dí cuenta de que los libros en los que me había refugiado hasta entonces no eran más que un depósito de miseria inútil. Y que mi encantadora congregación de fantasmas no me había enseñado nada más.
He leído más de mil libros hasta este momento de mi vida, y cualquiera pensaría que todas esas lecturas me han hecho más sabia, más culta, más sensible, más feliz. Pero se equivocan; es todo lo contrario. Nadie se imagina el daño que me hicieron. Dejé de leer por prescripción médica, después de estar a punto de perder la cordura irreparablemente. Y no es broma. Cuando me enfrenté a ellos durante la última noche que pasé en Maine me dí cuenta de que los libros en los que me había refugiado hasta entonces no eran más que un depósito de miseria inútil. Y que mi encantadora congregación de fantasmas no me había enseñado nada más.
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