martes, septiembre 30, 2008

Sin que proceda

Tengo días extrañamente optimistas y románticos, en los que dejo de ser la atormentada Bovary, no me desesperan la soledad ni el desarraigo y me levanto muy temprano para ir a comprar fruta. Elijo las más rojas, me permito la pequeña indecencia de comerme tres o cuatro uvas sin importarme si alguien mira y luego, en la caja, me entretengo mirando la compra de las demás personas para comprobar cómo las define. Dos pijas insoportables llevan un paquete enorme de pañuelos de papel, una lechuga envuelta y dos botellitas de agua mineral; yo, comida para gatos persas, chocolate negro, cerezas y fresones; y una adorable ancianita detrás de mí que sostiene con cuidado un monedero color violeta, yogures de plátano, crema para las manos y un paquetito de café. Inmediatamente siento simpatía por ella.
El mecánico de mi taller se parece a Dostoievski, y eso sí es verdaderamente romántico. Le saludo, me pregunta si me ha vuelto a dar problemas el cable del embrague (habla muy suave, muy despacio), y yo como una tonta me quedo largo rato mirándole a los ojos, como si fuera a encontrar en ellos la respuesta al dolor de Raskólnikov. Y con el dolor de Raskólnikov vuelve también el mío.
Dejo al doble de Dostoievski mirando fijamente un calendario, lo cual también me resulta increíblemente romántico, y vuelvo a casa. Dentro de mi casa es invierno, profundo olor a frío inunda las habitaciones. Me acuerdo de otro invierno, te recuerdo vistiéndote al amanecer, y lo que nos deja el día parece sobrevenir de golpe con una furia destronada, con las ondulaciones del cielo, en el momento en que las fresas sobre la mesa de la cocina parecen menos rojas y Dostoievski sigue mirando calendarios en alguna parte, en la anhelante tranquilidad de la noche antártica, durante mucho tiempo hasta que el alba alcanza a la siguiente.

jueves, septiembre 25, 2008

Gettin’ colder


Llegará el invierno, se secarán todos los mares, el paisaje será desolador. Bajarás las escaleras y apagaré la música, me acordaré de aquel noviembre lloviendo frente al salón cuando ya estaba todo decidido y tiré sobre mi cama el uniforme del colegio, seré la chica triste del gatito blanco, serás el perfecto consuelo de ojos limpios que quiere invitarme a té las tardes más frías para no verme caer, y yo te dejaría entrar, te lo aseguro, te dejaría entrar a ti que esperas en la puerta con las manos impotentes y los hombros livianos de ningún pesar, si tuvieras el poder de convertir mis heridas en círculos menguantes. Fíjate, Maine, a la hora de la verdad te has quedado sola. Es lo que pasa por empeñarte en celebrar tu cumpleaños entre muertos.
Hay lugares, como París o San Petersburgo, que sólo deben visitarse en invierno. Hay fechas exactas para dejar entrar la peste negra por la ventana. Y hay días, como éste, que estoy obligada a fumar aunque sea con placas en la garganta y fiebre de cuarenta.

lunes, septiembre 22, 2008

El don de la fragilidad

-Eres un témpano. -Dijo el hombre.
Y el hielo comenzó a llorar.

miércoles, septiembre 17, 2008

Aries


La noche anterior al sacrificio la madre de los mellizos perfumó los fuegos del altar de Ares. Sus ruegos fueron atendidos y al amanecer el carnero dorado del dios inclinó la cabeza ante los hermanos y se los llevó lejos.
Ahora sobrevuelan el mar, azul inmenso que les deslumbra bajo los jirones de nube extendida como seda rota. Frixo contempla por primera vez el esplendor de las costas de Asia y casi no percibe que su hermana ha aflojado los brazos en torno a él. El viento llega en empujes violentos, Frixo se sujeta fuertemente a las crines del carnero y con una mano toma las muñecas de su hermana, que comienza a desear que el viaje concluya para volver a pisar suelo firme.
-¿Ves, Hele? ¿Ves todas las riquezas que me esperan sobre el trono de la Cólquide?
Hele trata de agarrarse con las piernas, pero vacila y mira a su hermano sin comprender. Frixo, transfigurada su expresión en una mueca de avaricia, se libera del abrazo de su hermana, la mira a los ojos por última vez, y la deja caer.

lunes, septiembre 15, 2008

Trémula y reloj

Está claro que la zarina no era una mujer de la que te olvidabas fácilmente. Podía hacer que temblaras si te elegía como blanco de una de sus miradas azul gélido. La noche que echó de casa a una de sus propias invitadas yo debía de tener nueve años y leía en el sillón que había junto a la ventana, no muy lejos del comedor lleno de luz donde continuaba la cena. Pero por encima de las risas y las voces, y pese a las páginas que reclamaban mi presencia en espíritu, yo la escuchaba a ella, sus silencios, su manera de fingir que prestaba atención con una mano apoyada en la mejilla y con la otra mano haciendo círculos con el cuchillo sobre el mantel cuando en realidad estaba preparando otro de sus comentarios cínicos para lanzar como una bomba apropiada e inadmisible en mitad de la conversación. Escuchaba, también, al hombre que estuvo enamorado de la zarina hasta las últimas consecuencias, su asombro y diversión y la resignación con la que soltaba el humo y disculpaba cada una de sus insolencias porque en el fondo las adoraba. Y fue en el momento en que volvía a mi historia en la semipenumbra del sillón cuando debió de producirse el estallido de la bomba, porque a continuación risas y tonos de voz más altos hicieron que abandonara definitivamente el libro y me entregara a ficciones más interesantes. Apagué la luz de la pequeña lámpara y me dirigí al comedor. Lo primero que ví fue su triunfo, después reparé en la sonrisa de espaldas del hombre que la amaba. Pronunció mi nombre riendo al verme apoyada en el quicio con el libro todavía en la mano, y al ponerse de pie su vestido negro absorbió toda la luz de la habitación.

- No dices más que tonterías.

Ése fue el detonante posterior del clamor, la respuesta burda, tímida e inútil de aquélla que ya estaba sentenciada. Se hizo un silencio incómodo. El chispazo eléctrico de su azul se alzó como un látigo azotando mercaderes. La desterró de su palacio como una reina a un vasallo impertinente. Añadió que se aburría. Caprichosa zarina.

Cuando todos los invitados se marcharon, los restantes por su propia voluntad, ella continuaba sentada en la mesa jugueteando con las copas, y yo continuaba mirándola desde el quicio. Me pidió que me acercara, me sentó sobre ella y comenzó a peinarme.

- Qué mujer tan tonta.

Yo me reía. Ella seguía deslizando los dedos por mi pelo. Al cabo de un rato se detuvo para apoyar su barbilla en mi cabeza.

- Gracias a los dioses que eres rubia y con los ojos azules… si no, no te querría.

Y yo qué podía hacer sino reírme más, aunque fuera verdad lo que estaba diciendo, y qué podía hacer sino probar la onda expansiva de una burda, tímida e inútil petición.

- Quiero cortarme el pelo, ya lo tengo muy largo…

- No dices más que tonterías.

Ella se levantó, propiciado por mí misma el camino de su exilio, y yo me quedé mirando cómo avanzaba hacia el pasillo desatándose el vestido, negro tragándose al negro y el débil, luminoso, rubio de su cabeza, hasta que escuché las campanadas de las dos y ella se internó lejana en el trágico invierno de los últimos zares.

miércoles, septiembre 10, 2008

Plato frío

En cuanto notó la presencia de los hombres sólo tuvo que desplegar las alas magníficas para llamar su atención. Alzó el cuello, agitó las plumas para inicar el vuelo ante el asombro dócil y estúpido de los furtivos y en silencio, sonriendo, les guió hasta el nido de los patos que se habían burlado de él desde que era un pequeño cisne.

martes, septiembre 09, 2008

Antídoto


Después de atravesar pasillos rojos, esquivar luces siniestras en paredes negras, rodear esquinas afiladas de metal, burlar ascensores que no quieren obedecer y caminar sobre moquetas de una engañosa suavidad, abro por fin la puerta que me corresponde, me reciben ventanales gigantescos frente al estupor nocturno de las luces de ciudad y descubro lo fácil que es sentir calor entre el blanco más antártico.
Cuánta calma aquí. Lo que en principio supuse cama y desayuno de moteles para solos, es ahora estancia prolongada y a salvo.

jueves, septiembre 04, 2008

La medida del tiempo

Te hicieron de invierno, de pespuntes árticos. A veces parecías inerme, otras inmune a todo, y hablar contigo era fácil después de que se te derritieran las costuras blancas de la boca. Los secretos que callabas cabían en las cajitas donde se guardan los alfileres, afilados y a salvo, y yo los recogía con cuidado si los dejabas caer para que no te pincharas, porque sólo eras una pequeña Frankenstein de inmensos ojos aterrorizados ante la incomprensible parafernalia del mundo.
Estabas hecha de invierno. Eras una muñeca suave con secretos que te pinchaban a ti más que a nadie, pero que fueron más míos que tuyos porque yo me habría dejado atravesar por ellos antes que desvelarlos. Te los habría guardado todos debajo de mi colchón de fakir, hasta que las ojeras me hicieran los mismos estragos que a la princesa del guisante.
¿Ves qué breves son el pudor y la culpa? Tan innecesarios como nieve en las pestañas.