viernes, octubre 31, 2008

Imprevisto (II)

Nadie puede imaginarse cuánto se aterrorizó el joven pálido que siempre vestía de negro cuando vio que aquel cadáver al que había besado abría los ojos.

Feliz Halloween.

miércoles, octubre 29, 2008

Una perfecta intromisión


Antes era mucho más fácil: cuando llovía sólo había que decidir si me llevaban al colegio en coche. Ella eligió mi colegio considerando solamente el color del uniforme, y el azul ha sido siempre el que mejor me ha sentado.
Al llegar a casa, esa imagen tan rocambolesca de la niña rubia jugando con el dedo en los cristales empapados y una gata maliciosa con nombre de estrella de cine ronroneando en su cojín color frambuesa.
- Mira cómo llueve.
Tenía que decírmelo para que yo lo viera, porque las cosas, desde el principio de los tiempos, sólo han existido desde que son nombradas.

lunes, octubre 27, 2008

El miedo

Despertar en invierno, con el aire congelado en las ventanas. Dentro, el escaso triunfo de la cama caliente y el café recién hecho, la mañana después de que se descolgara una de mis estanterías de libros, vencida por el peso. Me despertó el ruido y los encontré todos caídos en el suelo, dispersos, algunos amontonados con las hojas abiertas, otros gimiendo más lejos, aislados. Los dejé así durante días; durante días fui incapaz de tocarlos o proceder al levantamiento de los cadáveres: el pánico sobrevenía, corrosivo, y me hacía llorar. Más tarde arreglé la estantería y los fui colocando muy despacio, uno al día, con cariño, limpiando de polvo sus cubiertas y sus lomos, notando cómo al sostenerlos en las manos se iban curando, y yo con ellos, hasta que todos ocuparon de nuevo su lugar en los estantes. Cerré la puerta y continuó el invierno, alternando frío fuera y calor dentro, como ha sido siempre, pero ya sin sobresaltos.

miércoles, octubre 22, 2008

Los ángeles dormidos


Las casualidades las hacen los ángeles. Esta frase se cae delante de mí como el “mi madre es un pez” de Faulkner. La leo y me parece bonito pensar algo así, tan cándido, tan dulce. Los ángeles hacen las casualidades. Ellos nos silban al oído: “Descuelga el teléfono”. “Espera”. “No entres”. “Es ella”. Los ángeles deben ser criaturas afables pero extremadamente caprichosas —ahora sí, ahora no; ahora te abro la puerta, ahora te suelto la mano— y no podemos saber cuándo baten sus alas ni cuándo deciden soplar. Por eso yo sólo creo en ellos las noches de tormenta, cuando el cielo se ilumina sólo a ratos, sólo a tramos.

domingo, octubre 19, 2008

La reina ausente


La primera vez que ví a la Garbo fue en “La Reina Cristina de Suecia”, película que siempre había basado su publicidad en una foto de la divina vestida de hombre. En mi precoz acercamiento a la esfinge, como había oído que la llamaban, mi desconcierto era enorme: la confundía con todas las mujeres que la precedían hasta que, por fin, salió ella galopando, vestida de hombre como en los cuadros de Velázquez, huyendo de algo. Luego una posada y un encuentro, un embajador español y la reina disfrazada, la misma que después renunciaría a su trono por ese hombre que moriría en sus brazos (y no, no siento en absoluto haber desvelado el final de la película). Más tarde descubriría el significado de las caricias que a la mañana siguiente ella repartía a los objetos de la habitación, pero ya entonces su sola presencia en cada escena me impedía leer los subtítulos en castellano y la seguía en inglés sin comprenderla, bebiéndome su imagen, sus gestos y sus movimientos. Greta se convirtió para mí en un dios de sexo ambiguo y estaría allí en la pantalla para que yo la adorara el resto de mi vida.
Refugiada en su enigmática soledad, con el estigma de la -real o supuesta- frigidez sexual tejida en torno a su figura, la Garbo incorporó nuevos elementos en la mitología erótica de Hollywood, convirtiendo en belleza la lejanía, imprimiendo a la frialdad de sus apariciones una proximidad inesperada, un deseo redoblado por ser su objeto lo intocable. Impuso un nuevo tipo de mujer, poderosa, fuerte y enérgica, por la que podía sentirse todo menos compasión. La Garbo hizo su leyenda casi sin querer. A los treinta y seis años volvió la espalda a su reino, como lo hizo en “La Reina Cristina de Suecia”, desapareciendo del mundo del cine. “No me veréis más”, dijo tras el fracaso de “La mujer de las dos caras”. Y su vida se quedó para siempre en el misterio, donde siempre se había ubicado, el misterio más fascinante que el cine ha dado a lo largo de su existencia y desde el único lugar donde cobran sentido las palabras que pronuciara en “Grand Hotel”: “I want to be alone”.

jueves, octubre 16, 2008

Equívocos imperdonables

Entro en su despacho a primera hora de la mañana, cuando todavía me molesta muchísimo tener que abrir la boca para saludar a nadie, y lo primero en que me fijo es en la biografía de Marilyn que sostiene en la mano. Primer tanto para él.
Cierro la puerta. A él sí le saludo. Es un hombre torturado, se ve desde el principio, y por eso me cae bien.
- Vas a ocuparte tú del capítulo de su asesinato. -Me dice.- Sospecho que te gusta el tema.
Segundo tanto para él.
Comienza a hablar sobre los planos superiores de condescendencia, la clase de miramientos que se deberían tener a la hora de manipular un cadáver tan hermoso, el hecho de sacrificar la estética (que no la moral) a la necesidad de llevarse por delante a quien sabe demasiado. Después se asoma a la ventana para fijarse en las pocas personas que caminan por la acera a esta hora.
- Mira, imagínate que alguna de ellas cayera de repente, fulminada en este momento. O todos ellos. Pero eso no significaría nada. La muerte es algo más insólito, mucho más insólito.
Se recupera del trance para dirigirse a mí y entregarme el libro, yo estoy absolutamente hipnotizada, apuntando el tercer tanto para él en mi cabeza, y entonces parece regresar de alguna parte porque un ligerísimo cambio de expresión hace que su cara se relaje y sonría.
- Oh, discúlpame. Me he desviado de Marilyn...
- No, en realidad no.
Me levanto. Él me detiene.
- ¿Por qué te gusta tanto?
- Porque era una torturada.
Y él encaja mi respuesta con una clarividencia sobrecogedora, como si fuera la solución exacta que estaba esperando escuchar.
- Es la única respuesta posible... -Murmura. Y me marcho en silencio con los restos de Marilyn entre los brazos porque mi jefe ha vuelto a abstraerse y yo odio hacer perder el tiempo a los visionarios. Luego se extrañan de que siempre me apetezca comer sola.

martes, octubre 14, 2008

Insisto tanto, hago tantos esfuerzos, porque me aterroriza acabar olvidándome de ti. Que llegue el día en el que ya no me acuerde de algún detalle.
Cuando alguien muere, ¿tiene sentido seguir recordando su cumpleaños? ¿Esa fecha tiene todavía validez legal o de otro tipo? ¿Para quién se encenderían las velas? ¿Quién las soplaría? ¿No tendría más sentido celebrar otro aniversario a partir de ese momento, una especie de “cumplemuerte”? O quizá podríamos recordar ambas fechas como, en el fondo, la misma.
Tenías todo el encanto del mundo. Hábil, cauta, de exquisito gusto, viviste tus días egoísta y sabiamente. No sacrificaste nada por nadie. El embarazo molestó profundamente a tu sentido estético. El enemigo se caía a tus pies antes incluso de luchar. Selectiva. Apasionada. De joven te habían dicho que te parecías a Brigitte Bardot, que cautivabas con unos ojos luminosos y turbadores. Un amigo que cierta vez desayunó contigo se quedó impresionado por la manera que tenías de llevarte el tenedor a la boca y de levantar el vaso. Sólamente por eso.
Habríamos hecho buenas migas. Hoy me habrías llevado a merendar al mejor sitio y me habrías hablado de la inutilidad de los templos construídos por los hombres.
Voy a encender unas velas para ti esta tarde. Las soplará el viento si las pongo en la ventana de la casa donde siempre fuiste la anfitriona y donde tu sombra todavía se proyecta. Quizá yo soy lo que nunca deseaste que fuera. O quizá se cumplan en mí todos tus deseos.

lunes, octubre 13, 2008

La conjura

Recuerda la primera vez que viste fuego o nieve. ¿No sientes a menudo que tus vivencias no te pertenecen? Hay días que todo sale bien en mi trabajo, que todo me sale bien, y entonces sólo me apetece aflojarme la corbata mientras espero mi vuelo de regreso en una terminal vacía de madrugada, cuando a través de las ventanas negras sólo veo metal líquido. Las luces de los aviones en mitad de la noche y los peones negros tratando de rehacer sus filas. Dos años atrás. Cerca, en una cafetería, sonaba “Maryland” de Vonda Shepard, -coming home, coming home- de modo que el otoño se presentaba perfecto. Parecía que todo se estaba arreglando, me parecía sostener entre las manos el regalo inesperado de un augurio. Colgué el teléfono, sentí el poder curativo de la espera que se resuelve. Me lo creí y bajé la guardia. Tanto que abrí mi equipaje de mano y arrojé a la pista todas las fichas negras. Después de aquello la reina blanca nunca me perdonó haber supuesto que los jaques ya no eran necesarios. Para aplacarla, acudo a las reuniones de trabajo con ella en el bolsillo, como una garantía o como un recordatorio de que no se me permite tener miedo, y de momento me sostengo sin caer.
Pero hasta cuándo.

lunes, octubre 06, 2008

Permanece


Bajo la lluvia ácida no hay más que leones tristes.
- Háblame de Byron.
Mi primera amante tenía largos rizos rojos como hilos de sangre que caían por su espalda. Ya casi no me acuerdo de ella. Pero mientras fumaba recostada en la cama me preguntaba por la vida de los poetas como si yo hubiera presenciado la de todos ellos en primera línea. “Es que hablas como si así fuera”, me decía. Solíamos vernos en un desván donde había un espejo tapado con una sábana llena de polvo. Fuera se aglomeraban las nubes ácidas y rugían los leones presintiendo la tormenta.
Si ahora me preguntan por Byron, niego con la cabeza. No le conozco. Nunca le traté. No quiero que las vidas tristes inunden la mía de nuevo. No me apetece sentir otra vez que yo esperaba en la otra orilla mientras él cruzaba el río a nado. Porque Byron hizo eso, ¿no lo sabías? Ya era un león mucho antes de meterse en el agua, pero a veces las fieras tristes se sumergen para poder detectar a tiempo las gotas corrosivas de la necesidad y culpar después a las exigencias de la inspiración.
Por mi parte, y aunque quizá mañana mismo reniegue del indulto, ha sido más que suficiente.

viernes, octubre 03, 2008

Regreso a casa

Las montañas curan. El aire de las montañas puede hacer que una inválida vuelva a caminar. Se lo escuchó decir a los médicos de la ciudad, unos hombres que jamás habían vivido en la soledad de los valles y que no tenían ni idea de la inutilidad de su remedio. Ella sí conocía aquellos montes, ella los había recorrido sola, descalza, en harapos, sin padres, y jamás notó en su pequeño cuerpo ningún efecto beneficioso. La ciudad, en cambio, la había cautivado. Los tejados cubriendo las estrellas, los carruajes llenando la noche, las luces artificiales, las amplias avenidas, la seguridad de las mansiones, la vida prescindiendo de más signos de vida humana que en el silencio insondable de los barrancos. Por culpa de una inválida se veía de nuevo en ellos, retrocediendo desde la civilización, con el frío de la nieve metiéndose en sus pulmones y las rocas cortantes impidiéndoles el paso.
- Subamos a lo más alto. Yo te ayudo, Clara.
Las ruedas resbalan. Los precipicios son profundos, y hay hielo acumulado en los bordes del camino.
Las montañas curan.
Sólo hace falta apartar las manos de la silla.
Las montañas callan.