No sé si los locos tienen conciencia de su locura cuando ésta empieza a manifestarse, pero desde luego yo fui muy consciente del avance de la mía desde el principio. Hace un par de años, poco antes de que me ingresaran —me pregunto por qué coño echo de menos ahora aquellos días—, sufrí un ataque de ansiedad tan intenso que tuve que bajar a comprar somníferos en plena noche. Estaba completamente sola, con el pijama debajo del abrigo, alrededor de las 3 de la mañana y seguramente con uno o dos grados bajo cero. Si lloras por la calle a esa temperatura puedes sentir cómo los regueros de lágrimas se congelan en tus mejillas y te las queman. A mí me ardían mientras caminaba, casi a ciegas porque lo único que veía eran arbustos borrosos y luces desenfocadas por delante, pero debía de estar tan ausente del mundo que apenas notaba el frío. Iba repitiéndome sin cesar una frase en voz baja —
el corazón no se conforma, es un sirviente poderoso— y apenas me dí cuenta tampoco de otra cosa, o sí la ví pero no le concedí espacio ni dimensión en mi cabeza, una figura negra parada debajo de una farola que parecía estar esperándome. Al llegar justo a su lado me sujetó del brazo: “¡Eh!” Yo no hice ningún esfuerzo por soltarme, ni siquiera sentí el golpe de la adrenalina en los músculos instándome a escapar. No me asusté, no pensé nada. Sólo miré sus manos por si llevaba algo contra lo que me habría lanzado en ese mismo momento y después levanté despacio los ojos hasta su cara. No sé qué querría, y no sé tampoco qué expresión ni qué grado de desesperación debió ver en la mía, porque aquel hombre, nada más mirarme a los ojos, me soltó de repente y se dio la vuelta para echar a correr, como si algo hubiera despertado sus peores miedos, o más aún, todo su pánico.