miércoles, diciembre 31, 2008

Trampas

Un día de año nuevo mi padre me enseñó a jugar al ajedrez. No gané —nunca llegué a ganarle— pero me regaló un disco de Nat King Cole que empezó a sonar a todas horas en mi casa.
Lo apunto aquí, para que no se me olvide por qué brindar cuando den las doce.

miércoles, diciembre 24, 2008

Cuento de Navidad

Son casi las 9 de la noche y sigo trabajando en el edificio de tres plantas junto a la carretera. En mi planta sólo quedo yo y el chico solitario que sabe hablar francés y quiere venir conmigo a Francfurt. Me cae bien porque apenas sonríe pero es increíblemente amable y siempre trata con cuidado las carpetas que coge de las estanterías.
Mi jefe entra de repente en mi despacho, sin llamar, como hace siempre, cuando aún no he acabado de hablar con mi contacto de Pennsylvania. Tiene una voz dulce. Me la imagino rubia y pálida, con un jersey de cuello alto. Seguro que habla conmigo desde otro despacho mientras nieva y ya es de noche a las 4 de la tarde, en una ciudad tan cerquita de Maine. Me entran ganas de contarla aquella nochebuena que pasé en un autobús, escondiéndome de las miradas de los otros viajeros detrás de un gorro negro.
Mi jefe espera a que me despida de ella con un “Merry Christmas, Elizabeth”, y entonces cuelgo el teléfono. Son más de las 9 y no quiero irme a casa. Él me pregunta si no voy a la cena con todos los demás. Contesto que eso son gilipolleces. Sonríe impactado y me tiende un sobre a mi nombre procedente de Suffolk, Inglaterra, con el último libro pendiente de coedición. Se queda un momento de pie frente a mi mesa, en silencio, como dudando si preguntarme algo, y finalmente se da la vuelta y pone la mano sobre el picaporte.
- La pases con quien la pases, espero que tengas una noche tranquila.
Me parece la felicitación navideña más honesta que he escuchado nunca. Le doy las gracias con total sinceridad y al abrir el sobre me quedo mirando el título durante mucho tiempo hasta que el chico solitario al otro lado del pasillo cierra la puerta de su despacho y le escucho apagar todas las luces.

martes, diciembre 16, 2008

A golpe de guante


Los espectadores que se acercaron al Palacio de la Música de Madrid el 22 de diciembre de 1947 no daban crédito a lo que estaban viendo. Y eso que ya venían advertidos por la publicidad que rodeaba a la película: “There was never a woman like Gilda”. Pero no se comprendía que la censura española, todavía Cruzada, hubiese permitido semejante volcán, tanto desbordamiento de sensualidad y belleza, seducción y masoquismo como el contenido en una película que ya había escandalizado durante su estreno americano en el Radio City Music Hall.
Pero el humo de los cigarrillos de Gilda no hizo tambalearse únicamente las estructuras españolas: la resonancia fue mundial. Con el nombre de Gilda se bautizó una bomba atómica experimental que se lanzó sobre el Pacífico y se propició una expedición a los Andes con el propósito de enterrar en una de sus cimas una copia de la cinta para que, en el caso de una guerra nuclear, la película permaneciese como un testimonio de nuestra época. No importaba que en muchos países, y sobre todo en España, fuese desaconsejada y vilipendiada desde púlpitos y altares; al contrario, el morbo de lo prohibido facilitó la metamorfosis mitológica que convirtió a Gilda en la verdadera bomba atómica.
De hecho, mientras sobre Hiroshima caía otra bomba que llevaba pegada la foto de Gilda, empezaba también la caída de Rita Hayworth, porque nunca hubo una mujer como Gilda, y una vez que de una bofetada pasó no sólo a la iconografía de las mujeres fatales sino a ser la mujer fatal por excelencia, todas sus apariciones posteriores no parecieron más que pálidas versiones de un original irrepetible. A Rita no se le pudo perdonar que hubiese conseguido ser tan maravillosa: Gilda se comió a Rita, y la mujer mortal que había tras ella ya nunca pudo sobreponerse. Mucho antes de que llegaran el alcohol y la locura, la propia Gilda ya había matado a Rita Hayworth.
Porque hay mujeres de las que es mejor salir huyendo, y ella reunía todos los componentes necesarios para que tan sólo Glenn Ford (aunque el papel le hubiera ido mejor a Bogart) fuera capaz de soportar dosis tan desquiciantes de magnetismo, seducción, sadismo e inteligencia como las que derrocha Gilda a lo largo de toda una película, que es casi como decir de toda una vida.
Sin embargo, ni los fanáticos que lanzaban tinteros sobre la pantalla del cine, ni las beatas que, reclinatorio en ristre, rezaban junto a la taquilla por el alma del pecador que acababa de comprar una entrada, ni quienes apedreaban el cine en el que se exhibía la película supieron ver que Gilda no se desnudaba en la famosa secuencia del strip-tease del guante, el más erótico de cuantos se han filmado nunca, sino mucho antes. Cantando de madrugada “Put the blame on Mame” acompañada sólo de la guitarra, cubriendo parte de su cara una melena que incluso en blanco y negro se intuye rojiza y con la mirada perdida más allá del objetivo de la cámara, puede que Gilda aparezca en ese momento ante el espectador como el ensoñado objeto de deseo más vulnerable y peligroso del mundo.

sábado, diciembre 13, 2008

Presunción de triunfo

Te pasas los días cuidando de tus cartas, mezclándolas despacio, sin exigir una buena mano pero confiando en que la suerte traiga algo, pensando “sería bonito encontrar en el camino un dos de picas, o casar un as de tréboles con esta reina de su mismo color.” Y así todos los días, esperando, sin elegir nada, teniendo que sonreír pese a todo porque encima hay que estar agradecidos de disponer de una baraja inútil, y entonces llega alguien que te descuadra todos los cálculos, te dispersa todos los palos por el suelo, sin ninguna consideración te descoloca las escaleras de color y las parejas que con tanta paciencia habías ido armando hasta pensar que algún día serían reales. Llega alguien y lo niega todo, y se ríe de tu estupidez, y aquí te tienes, sin poder creerlo, enseñando con asombro todas tus cartas una tras otra hasta darte cuenta de que la jugada ya está perdida y te has quedado sin fichas ni ganas de seguir apostando.

martes, diciembre 09, 2008

Caer de rodillas


Créeme, no conoces la angustia hasta que no cruzas la línea de gracia.
De vuelta en la carretera se me va haciendo de noche, tratando de esquivar todo cuanto acecha. Pero es como una niebla que nunca se disipa. Después llego a casa pensando en mis años oscuros, es como salir de una cortina de inviernos tenues que cubre la parte alta de los semáforos, me encuentro un regalo apoyado en mi puerta y pienso que no es posible, que han debido de equivocarse -otra vez- de destinatario o de remitente. Debería hablar en otro tono porque no conozco a nadie que haya estado tan sola como yo desde los 13.
Me enternece de manera inexplicable ver a un hombre solo sosteniendo su paraguas bajo la lluvia, de pie frente a las puertas de un hospital, esperando la noticia que no va a tardar en llegar. "Ya han llegado", es lo que decía la zarina cada vez que se quedaba ausente. Estaba sentada en un sofá de cuero negro, inquieta, y las puertas del ascensor se iluminaron.
Entonces miré hacia atrás, por si era cierto.

viernes, diciembre 05, 2008

Days grow long

Hay una hoguera siempre encendida en el fondo de los ojos que piden. Hay reiteraciones que toman la fuerza de una fecha, aunque al principio, niñerías, dicen, no se ven más que los juegos. Desde el interior de los cafés, aquel comienzo, la gente se extrañaba de verme correr a lo largo de toda la calle, arriba y abajo, una vez detrás de otra, porque no han sabido nunca que las calles en invierno son un insuperable motor de causa.
Te conozco como a una transeúnte con la que cruzas un segundo la mirada, te asumo como a un passant envuelta en luz de noviembre.
Te observaba vistiéndote al amanecer. La misma fuerza de las cosas las precipita en su caída, y luego nos angustiamos por la velocidad adquirida del ciclón que las expulsa allí donde instalamos, tímidos pero constantes, la inercia del “quizá” frente al estupor del “nunca más”. Fuera los violinistas van cayendo como lluvia helada, dentro el calor ha de saber apaciguarnos antes, mucho antes, de que todo lo demás empiece a devorarnos.