miércoles, enero 28, 2009

Al contrario

Cada noche les deseo a los demás el descanso de la ficción. A las dos últimas personas que me llaman cada noche para comprobar que cojo el teléfono. Así se quedan más tranquilas, qué razonables, su tranquilidad para mí es un emotivo acto demiúrgico. Lo cierto es que desde que me siento aquí mis preocupaciones, extrañamente, ya no son metafísicas sino concretas. Ya no me hacen daño más allá de la tensión que supone que me tengan por una déspota solitaria cuando, contrariamente, me mata y me carcome mi sensibilidad extrema. Pero ahora se suma la preocupación desconocida, la apacible y desmesurada: contra la incauta tregua se abre paso irremediable el gongorino “honra me causa” y lo que viene después; contra el placer de identificar aves en tierras sombrías, el seco, preocupado, corazón de nuestros padres.

viernes, enero 23, 2009

La Rèsistance

Los días empujan al olvido, pese a todo, clementes; la fuerza de la rutina y el sosegado aburrimiento cotidiano nos incitan a dejar pasar y ocuparnos solamente de los quehaceres inmediatos. Transcurridos unos meses la insistencia inicial de las llamadas se apaga, la preocupación se desvanece poco a poco, el interés va cediendo a la prioridad de las cenas y el telediario, la puntualidad desquiciante de los despertadores y la hora de recoger a los niños del colegio. Para qué más, es suficiente todo esto para estar entretenidos y considerar que no hace falta ningún detalle que se salga del compromiso, ningún recuerdo, ningún minuto de nuestro miserable tiempo. Ya nadie llama, no es necesario, seguro que todos piensan que a olvidar se aprende en catorce años, y con la de cosas que nos mantienen ocupados qué poco inteligente es quien no haya sabido cómo hacerlo. 

lunes, enero 19, 2009

Edgar

Al principio fue el miedo. El más solitario de los hombres no sabía estar solo. (Cortázar)

La tragedia de un solo hombre puede suponer la felicidad de miles. La tragedia personal de Edgar Allan Poe hizo posible la renovación de todo un género, la aparición del genio puramente moderno, la fascinación que todavía hoy, justo cuando se cumplen doscientos años de su nacimiento, sigue agitándonos con la misma fuerza que a los sorprendidos lectores de hace dos siglos. ¿Habría sido, por tanto, lícito desear que las desgraciadas circunstancias vitales de este huérfano hubieran sido más favorables? ¿Cuánto se habría perdido si ninguno de sus días torturados hubiera dado paso a la inspiración o, lo que viene siendo lo mismo, al obsesivo recurso del trauma? Pensémoslo. El niño de apenas dos años vestido como un pequeño burgués en una casa señorial de Boston, escuchando cómo la melodía interpretada al piano por su madre se interrumpe de repente debido a un furioso ataque de tos que la mujer es incapaz de detener. Se levanta, doblada, de su banqueta de pianista y camina convulsionándose hacia él en un momento en que las doncellas ya han entrado en la habitación para socorrerla. El niño observa cómo el vestido de su madre va empapándose de rojo y sin duda ya contempla en su cara la primera y definitiva palidez de la muerte; pero todavía se mantiene inmóvil junto a las cortinas incluso cuando siente cómo ella se aferra desesperada a la pequeña chaqueta de terciopelo mientras va resbalando poco a poco hasta el suelo, sus manos cada vez más débiles, los ojos vueltos hacia atrás, sus pulmones y su vida reventada en sangre entre sus labios. Una de las doncellas coge en brazos al pequeño Edgar y lo saca de la habitación tapándole la cara; pero es inútil, la imagen (por fortuna para nosotros) ya está totalmente grabada en su cabeza y los años que vengan a partir de ahora sólo servirán para consolidarla. Pero también para crear de su dolor algo magnífico: es así cómo de lo fúnebre se extrae la maravilla; de lo trágico, lo prodigioso.

jueves, enero 15, 2009

Capricornio


El pequeño daemon que juega por el día con las ninfas se despereza junto al tierno vientre peludo de Amaltea. Nada más abrir los ojos las ninfas ya empiezan a gritarle: “¡Pan!” “¡Pan, ven con nosotras!”, y el pequeño aprendiz de sátiro revuelve con sus dos patas el musgo fresco para esconder su cara. Pero Amaltea, maternal, levanta la barbilla del niño con su hocico y le atusa los cabellos que rodean sus cuernecillos; después le empuja suavemente con un gruñido confiado y le apremia a reunirse con las ninfas a las que ya ve correteando por los arbustos del claro. Pan primero duda, luego teme. Como todas las mañanas, las manos suaves y rápidas le arrancan del tranquilo regazo de su madre —con ella quedan su flauta y sus collares de flores— y le llevan en volandas, aterrorizado ya, hasta el círculo de ninfas. Unas y otras ríen con graznidos de arpías mientras se abren las cortas túnicas, unas y otras se golpean para hacerse con el objeto de su ansia; sus dedos se hacen fuertes y le arañan la piel en mitad de la orgía, el pequeño daemon llora llamando a su madre y las bocas muerden, desgarran y gimen para recordarle cuál es su cometido entre los seres del Olimpo.

domingo, enero 11, 2009

El frío

El lamento de Yaroslavna siempre me ha parecido el más bellamente trágico de cuantos se han escrito en la historia de la literatura. Pertenece al “Cantar del Príncipe Igor”, la epopeya nacional de Rusia, el equivalente al Cid español, al Beowulf inglés o al Roland francés. Sin embargo, los rusos, al menos en literatura, siempre han derrochado una sensibilidad fuera de lo común, extraordinaria, tan sutil y tan maravillosa, tan alejada de la europea, que antes que recrearse en los detalles más cruentos de la última batalla les llevaba a detenerse en la descripción de una bandada de cisnes alzando asustados el vuelo desde orillas nevadas.
En la última parte del poema la princesa Yaroslavna llora la prolongada ausencia de Igor. Una frágil voz femenina va a evidenciar la desgracia de la pérdida de una manera más elocuente que todas las anteriores referencias al honor y a la guerra. Sobre los bosques sombríos, al amanecer, la voz de Yaroslavna rompe la bruma gélida de Novgorod:

Volaré como un ave blanca sobre el Danubio,
sumergiré mi manto de armiño
en las aguas de la estepa,
y lavaré las heridas
que cubren el rostro de mi Príncipe.
Viento, oh, viento,
llévale mis lágrimas;
mar de medianoche,
no arrastres hasta mí su cuerpo (…).


Las nevadas de estos días me han hecho pensar en las reinas que conservan su corazón en el frío mientras aguardan el regreso de los exiliados. El hielo siempre es un compasivo embaucador para el cáliz que lo contiene.

miércoles, enero 07, 2009

El buen ladrón

Al sheriff de Nottingham no le salían las cuentas de lo recaudado. Comenzó el recuento por tercera vez y cuando las bolsas estuvieron vacías y todas las monedas en perfecto orden sobre la mesa, dejó caer el tintero y se abandonó a la angustia. Tampoco aquel año podrían iniciar la construcción del hospital ni mejorar el sistema de abastecimiento de agua, y todo por culpa de un bandido petulante al que nadie había pedido ayuda y que dudaba si sería verdaderamente consciente del daño que estaba haciendo.

lunes, enero 05, 2009

Precariedad aparente


De camino a mi cama se van cayendo al suelo los cuadros del pasillo. Hay una guerra en el mundo y nos perdonamos la baza, incluso con una guerra en el mundo los gatitos buscan el tic tac del corazón de su madre para abandonarse a la calma y quedarse dormidos.
Mira todo lo que te estás perdiendo: el cielo cubierto y todos mis trajes de largo que guardo en el armario protegidos con un plástico. El azul oscuro, el negro de raso, el rojo ceñido. Ya no volveré a ponérmelos nunca, piénsalo bien. La decisión de llevar un vestido una sola noche de tu vida es tan valiente como demoledora.
Qué inteligente es mi pequeño príncipe persa, cómo protesta cada vez que cerramos la puerta. Y qué grande se nos hace la casa cada vez que te marchas.

sábado, enero 03, 2009

Sway

Columpiémonos de nuevo, otro año más, soportando que quizá éste también se componga de una pequeña contradicción tras otra. Brindemos sin olvidar que en cualquier momento lo inesperado se cierne, que pende sobre nuestras cabezas la incertidumbre de un chasquido, el rugido de lo irremediable o la ajustada carencia de lo posible, sin olvidar el hoy aquí, mañana no, sin olvidar que casi siempre deseamos con la inofensiva fuerza torrencial de los ingenuos.
Brindemos para hacer de las mentiras algo digno y perdurable, y columpiémonos, quién sabe… éste puede ser el último, pese a que nunca queramos darnos cuenta.