viernes, febrero 13, 2009

Me despido.
Fue un error intentar salir de Maine.

martes, febrero 10, 2009

Síndrome y abstinencia

La situación comienza a hacerse cómica. Yo, que pensaba que el amor era un lento desangrarse, que creía necesitar solamente un Johnny Farell que me maldijera mientras encendía mis cigarrillos, ahora me encuentro con esto.

miércoles, febrero 04, 2009

La ingenua perversa

La influencia y expansión universal del cine americano en su edad dorada —entre los años 30 y 60— originó la fama y mitificación de sus actores mediante la repetición de papeles idénticos, en películas fundamentalmente análogas en contenidos, en mensajes y hasta en estructura, de tal modo que sus figuras y sus nombres constituyen en la mente popular arquetipos consabidos: John Wayne es el vaquero del Oeste; Sean Connery, el espía; Bogart, el delincuente; Garbo, la diva distante; Jane Russell, la cínica. Brigitte Bardot es la Mujer. Así, en mayúsculas, en su sentido más axiomático, más elemental, más indiscutible. Más carnal, al margen incluso de eficientes divismos o poses estudiadas al detalle.

Ella misma lo proclamaría así a los cuatro vientos, cuando poco antes de cumplir 16 años se convirtiera alegremente en la amante de su primer hombre y luego se asomara desnuda a la ventana de un pequeño apartamento en pleno centro de París para gritarles a los asombrados transeúntes: “¡Ya soy mujer!”

Infantil, amoral, juguetona, sensual, impúdica, Brigitte Bardot aparecía en todo su esplendor animal seduciendo a cualquiera que se le pusiera por delante, incluída Jane Birkin, sin perder en ningún momento la habilidad de despertar inquietudes vagamente inconfesables entre un público de todos los sexos.

Extrañas pulsiones que con otras actrices, generalmente rubias y nórdicas, llegaban únicamente a través de imágenes, inaccesibles por tanto a expansiones táctiles, en ella se hacían concretas y físicas. Brigitte dejó de ser la mujer fría para que el contacto sobrepasara la mera ilusión óptica: con la Bardot, el sueño dejaba de ser sueño para convertirse en hecho consumado, en embestida sexual en plena plaza pública, en pecado ininterrumpido y ajeno a presencias severas que aquel prodigio salvaje regalaba a la soledad tortuosa.

Viéndola bailar descalza sobre la mesa en aquella mítica escena, hasta el propio Dios que la creó admitiría inútil la resistencia a arrancarle la ropa, a probar el descarado sabor del mohín de sus labios, recorrer con el dedo toda su orilla corporal y abandonarse a los vértigos abismales por los que se despeñaban quienes protagonizaban los máximos encuentros eróticos con ella. Cerca de la cama de Brigitte, se apagaba la luz, se encendía la noche y nacía la tensión del ruego, la indolente insinuación de la belleza que se muestra como ofrenda y que una y otra vez llama y provoca el juego infinito de la sugerencia.