miércoles, abril 29, 2009
La astucia de Discordia
En ocasiones es mejor que el misterio se quede donde esté.
Ella dice que todo es un juego, que me encontró por casualidad asomada a mi torre mientras jugaba en el césped y que quiso convencerme para que bajara. Se pregunta y me pregunta qué hacemos en la vida sino jugar.
Y yo nunca digo nada, es cierto, lo guardo todo, lo bueno y lo malo, bajo filtros de silencio como los de los grandes cetáceos que surcan mares mitológicos.
—Dolerá un poco más todavía.
Es cuanto dice extendiéndose, discreta, la caricia.
domingo, abril 26, 2009
Sínodo
martes, abril 21, 2009
El instinto
Olvidándonos
de guerras y de mártires,
quizá sólo queramos que alguien nos abrace por las noches. Así, tal como suena, en su frágil rotundidad. Llegar a casa con las batallas rotas y convertirlas en bagaje tenue, deshacernos del perfecto doble, las penas, los temblores, cuanto se lleva a cuestas, dejar de recrearnos dolorosamente, una y otra vez, en la despedida de Bogart e Ingrid, y abandonarnos, sin renegar, a un descanso necesario.
Y caer en la cuenta agradecidos
de que todo lo demás
sólo es literatura.
Foto: M.Llorens
domingo, abril 19, 2009
Celos
jueves, abril 16, 2009
Vincit omnia
lunes, abril 13, 2009
Perdámonos
Junto a los edificios de Dior y Chanel cuelgan ramitas de cerezo recién cortadas como recordatorio de la transitoriedad de la belleza. Ésa es la sabiduría que permite avanzar a un imperio. Cuando se detiene el paso confuso y obsceno que marca Fortuna, la opción es pedir al pie del templo saber distinguir lo único que cuenta, o dejar caer el velo de cinismo y quedarnos tan desnudos como lo invisible.
Cuánta lluvia habrán visto los árboles de Ginza, cuántos viajeros el cruce de Shibuya. Tokyo tiene la honestidad del agua, la autoridad de los capitanes de navío y la exquisita, bondadosa, vulnerabilidad de entregar algo con ambas manos. Lejos y dentro de la gran urbe, en eso debe consistir el vértigo, su noche es la misma al otro lado del mundo horas después. Con Jane Birkin a mi lado redactando dos postales en un tren hacia Kyoto he redescubierto que escribir sigue siendo un lento desangrarse. En mí prende la llama de las antiguas formas, incomprensibles, así las sigo tras la luz de los telares que encierran los rascacielos.
Validar equívocos, acometer nuevos errores, oscilar entre lo súbito y lo perpetuado. Así es como avanzamos.

