miércoles, abril 29, 2009

La astucia de Discordia

A veces nuestras propias palabras actúan como cerrojos.
En ocasiones es mejor que el misterio se quede donde esté.
Ella dice que todo es un juego, que me encontró por casualidad asomada a mi torre mientras jugaba en el césped y que quiso convencerme para que bajara. Se pregunta y me pregunta qué hacemos en la vida sino jugar.
Y yo nunca digo nada, es cierto, lo guardo todo, lo bueno y lo malo, bajo filtros de silencio como los de los grandes cetáceos que surcan mares mitológicos.
—Dolerá un poco más todavía.
Es cuanto dice extendiéndose, discreta, la caricia.

domingo, abril 26, 2009

Sínodo

Es una idea bastante resultona pagar un precio por asegurarnos compañía. Pero hay muchas maneras de pagar, y otras tantas que se aceptan. Se puede pagar con principios. O con mentiras. Casi nunca con dinero. También podemos aceptar indulgencia como cobro, humillación incluso. Vergüenza. La certeza de no admitir jamás lo que estamos haciendo. Todo con tal de no caminar solos. Cuanto más pagamos, más seguros estamos de que ningún precio cubre la sospecha: estamos solos. Y para remedarlo (que no remediarlo), siempre es bienvenido el autoengaño.

martes, abril 21, 2009

El instinto

Olvidándonos
de guerras y de mártires,
quizá sólo quer
amos que alguien nos abrace por las noches. Así, tal como suena, en su frágil rotundidad. Llegar a casa con las batallas rotas y convertirlas en bagaje tenue, deshacernos del perfecto doble, las penas, los temblores, cuanto se lleva a cuestas, dejar de recrearnos dolorosamente, una y otra vez, en la despedida de Bogart e Ingrid, y abandonarnos, sin renegar, a un descanso necesario.
Y
caer en la cuenta agradecidos
de que
todo lo demás
sólo es literatura.


Foto: M.Llorens

domingo, abril 19, 2009

Celos

La pequeña hada sujetó con firmeza el pelo del niño y tiró de él hacia atrás para facilitarle el trabajo al hombre del garfio. Si había algo que odiara más que permanecer años secuestrada por esa zafia panda de niños perdidos era que la recién llegada se hubiera fijado antes en el cabecilla. Sin él, Wendy ya no podría marcharse nunca.

jueves, abril 16, 2009

Vincit omnia

Nunca proclamaría un regreso triunfal, ni siquiera el que se sospecha a deshoras o se intuye improbable. 
El día en que ella cayó empecé a interesarme por la historia. Los imperios, sobre todo, y su declive. Leí a Hitler para saber a lo que tenía que enfrentarme. Escribí sobre el maravilloso fanatismo por la vida de los hombres del medievo y envidié las biografías de los comerciantes de la seda. Luego me dio por pasar horas tumbada boca arriba en el suelo del salón con el pelo desplegado hacia atrás como un abanico mientras recordaba que toda mi vida la había escuchado relatarme sus viajes por Europa. Cuando la pregunté cómo era París, me respondió: “Como creer en Dios. Engañoso”. 
La zarina era meticulosa con los dardos. 
Recojo las flores que me habéis arrojado al escenario. Pienso que, con el tiempo, quizá pueda verlo otra vez como lo tierno indómito que nos impide ser consecuentes y que nos devuelve una nostalgia exacta. Pero aún me rindo con excesiva asiduidad ante la eficiencia del verbo vicario.

lunes, abril 13, 2009

Perdámonos

Junto a los edificios de Dior y Chanel cuelgan ramitas de cerezo recién cortadas como recordatorio de la transitoriedad de la belleza. Ésa es la sabiduría que permite avanzar a un imperio. Cuando se detiene el paso confuso y obsceno que marca Fortuna, la opción es pedir al pie del templo saber distinguir lo único que cuenta, o dejar caer el velo de cinismo y quedarnos tan desnudos como lo invisible.
Cuánta lluvia habrán visto los árboles de Ginza, cuántos viajeros el cruce de Shibuya. Tokyo tiene la honestidad del agua, la autoridad de los capitanes de navío y la exquisita, bondadosa, vulnerabilidad de entregar algo con ambas manos. Lejos y dentro de la gran urbe, en eso debe consistir el vértigo, su noche es la misma al otro lado del mundo horas después. Con Jane Birkin a mi lado redactando dos postales en un tren hacia Kyoto he redescubierto que escribir sigue siendo un lento desangrarse. En mí prende la llama de las antiguas formas, incomprensibles, así las sigo tras la luz de los telares que encierran los rascacielos.
Validar equívocos, acometer nuevos errores, oscilar entre lo súbito y lo perpetuado. Así es como avanzamos.