Lo mío es el despotismo ilustrado, y hay días que me levanto especialmente puta, independientemente de lo que haya hecho la noche anterior. Así que me dedico a irritar a algún petulante-barra-reputado escritor para niños contándole la mentira de que nunca he escuchado hablar de él porque “yo de pequeña no leía esos libros” (la cara que ponen en este punto es una delicia), a preguntarle a la retrasada mental de la secretaria qué parte no entiende de la frase: “Deja de pasarme llamadas de personas que seguramente tengan triplicado el cromosoma 21”, a comentar que adoro la crisis porque sólo en momentos así hay ofertas tan increíbles en los concesionarios, o a decirle a alguien cuyo único sentido estético se reduce a tener colgado en su salón un cuadro imitación de Warhol con la cara de su crío de 2 años (sí, este hecho es lamentablemente real) que no se preocupe, que haberse comprado una “moleskine” no es síntoma de intelectualidad, pese a lo alternativamente estupendo que quede pronunciar esa palabra. Me gustaría saber el mote con el que estoy convencida se refieren a mí cuando salen de mi despacho, sólo para comprobar si tienen el ingenio que hasta ahora yo no les encuentro por ninguna parte. Sería todo un honor que lo estrenaran conmigo, sin duda. Pero qué queréis que os diga, después de curas pederastas que se dedican a hacer exaltación de las violaciones, mis comentarios no me parecen tan graves, y además, a estas alturas puedo permitirme ciertas excentricidades, como mostrarme súper-a-favor de que hagan un musical sobre la gripe A o reivindicar a Lady Gaga, que no todo va a ser jazz y películas en blanco y negro.
Cómo me alegro de poder seguir riéndome todavía.



