
Alicia se pasa toda su estancia en el país de las maravillas tratando de convencer a sus habitantes de todo lo que no es. No soy una serpiente, le dice al huevo sobre el muro; no soy una flor, le asegura al jardín malicioso; no soy una ficha de ajedrez, insiste frente a la reina blanca, manteniendo esa pose de diligente cordura que durante la partida es mero escudo contra el pánico.
El último regalo que me hizo mi primera amante antes de convertirse en mi primera ex fue una pequeña máscara blanca. Comencé a darle uso dos años después, y de qué manera. A estas alturas estoy para pocas tonterías, y obviamente no para justificar ni salvar a nadie. Ya no. Los cortesanos tienen gran parte de culpa en los abusos y desmanes de las reinas; pero, oh casualidad, en estos momentos me siento menos reina que nunca, y no porque sea verano. Te pones la máscara y escribes un blog. Oh prodigio. Ya eres el creador creado dentro de tu propio país de las maravillas. Ahora sólo tienes que recorrerlo de norte a sur repitiendo incansable todo aquello que no eres, cuidando de no olvidar lo contrario.



