Me dormí, aquel verano, sosteniendo la Odisea. Era siempre la hora en que zarpaban las naves aqueas con sus enseñas celestes contra el aire impecable de los puertos. Estación por estación recordamos. A los catorce años me hice amiga de Telémaco atolondradamente, que es la infalible puntería de los adolescentes; me encantaba que se refiriera a Atenea como “la de los ojos glaucos”. Sólo eso me parecía una cúspide. Y el hecho de ser el favorito de la diosa también me maravillaba.
Yo a los catorce años aún no conocía el mar, nunca lo había visto, pero sí todas las horas de la noche, con sus nombres antiguos —prima, quarta, conticinium—, hasta la primera luz. El tesón de Telémaco se ganó mi respeto mucho más y mucho antes que el de Ulises. Conocí el mar junto a ellos, supe de su arrebato, su silencio y sus indultos casi mejor que cuando lo tuve delante. Ahora todos los veranos me parecen un lento regreso a Ítaca cuando la luz, albente, toca su primer reflejo sobre el agua para brindarnos la muestra más espléndida de un arte falsamente simple: cómo recordar lo perdido sin dejarse traicionar por la furia o por una engañosa piedad y aceptar, en suma, lo más difícil: que no perdimos nada, ya que nada era nuestro.
Foto: Walter Kung Fu (gracias).

