viernes, septiembre 25, 2009
El plan perfecto
Debería hacerme taquillera de cine. A quien me pidiera una entrada para The Reader, le vendería una para cualquier comedia de Billy Wilder; a los devotos de Lars von Trier les sentaría en una sala a ver Scream y a quien quisiera ver Love Actually le conduciría hasta donde se proyectara Revolutionary Road. Así, sin duda, el mundo sería un lugar mejor.
jueves, septiembre 24, 2009
Retirada a tiempo
¿Me creerían si les dijera, señoras y señores del jurado, que en todo he tratado de ser siempre contenida? Cada vez que me he marchado ha sido para preservar la limpieza del recuerdo, para no enturbiarlo con sucesos posteriores que ya ni sirven ni añaden. El corte es, precisamente, lo que hace que todo sea perfecto.
Pero existe, por supuesto, otra razón al desenlace, la generosamente propiciada por toda la podredumbre que tengo que contemplar cada día desde la balconada de un mundo al cual ya no me interesa aportar nada. Qué valioso se hace lo poco o mucho que te debes a ti misma escuchando los anhelos de triunfo de escritorzuelos que en seis meses creen haber conseguido los más altos méritos literarios en virtud de 600 páginas frente a los que en 28 años que llevamos escribiendo aún no sabemos (ni sabremos nunca) hacerlo bien. Cómo explicarles a ésos la necesidad de la modestia para poder presumir de soberbia, el lento desangrarse del cerebro que se adentra más allá del mero juntar letras, el suplicio que supone escuchar las ambiciones sin principios de los vendidos a una execrable prostitución acordada. Dónde queda lo válido, si es que a estas alturas le importa a alguien.
Ni siquiera tendré nada que decir en mi última reunión. Ante un jurado, y en virtud de una posible —deseada— justicia poética que, si existen los dioses, no puede abandonar a quienes hemos creído en ella aunque contenidamente, sólo me veré capaz de apuntar a la cara, escupir la más pura indiferencia y salir, antes de que todos se tapen los oídos, ya no como elefante de una cacharrería absurda, sino preocupándome tan sólo de que no me alcancen las ondas. Y no me van ni a rozar, te lo aseguro.
miércoles, septiembre 16, 2009
Nostalgia de Tokyo

Vimos una calle en Kyoto que descendía en cuesta, empapada por la lluvia reciente. A un lado, las casas eran igual que en las viñetas de los mangas, blancas, poliédricas, con cables por encima de los tejados y neones incluso aquí. Pequeños neones rojos con los tubos algo desviados que se multiplicaban en los charcos del suelo y destacaban sin querer contra un cielo gris de agua. Al otro lado, por donde caminábamos, bajaba paralelo un muro de piedra no muy alto, y de repente verjas de colegios o puertas correderas de papel con zuecos de madera apoyados en los quicios. La calle descendía y descendía hacia los templos, tanto que tuvimos que dar media vuelta a mitad de camino porque empezaba a llover de nuevo y sólo teníamos un paraguas transparente. Cruzamos a saltitos sobre las piedras redondas los pequeños lagos del parque, ya había luces encendidas junto a los cerezos, vimos a las ancianas prender con cuidado sus palitos de incienso y quedarse con el rostro agachado como esperando respuesta. Compramos un paquetito de empanadillas dulces, y al anochecer entramos en un pequeño bar de madera con banderitas llenas de kanjis colgadas en lo alto sobre la isleta del mostrador. Las geishas avanzaban por las estrechas calles de Gion como si la lluvia no pudiera tocarlas, incorpóreas como el aire mismo; después entraban en las pequeñas casas señaladas con farolillos rojos, y entonces era como si en realidad nunca las hubiéramos visto.
martes, septiembre 08, 2009
El desvelo

Encontré la tumba de Beatrice de Portinari igual que Dante a la propia Beatrice, igual que Beatrice a la muerte: de casualidad. E incluso para quien no conoce la tumba de Beatrice ni sabe de su invención es significativo este tropiezo y debería reconocer el tremendo valor de su hallazgo, bien en forma de velas encendidas en racimos de metal junto a los bancos, bien a través de mensajes depositados en grandes cestas de mimbre a su lado, porque a todos nos ha alcanzado alguna vez esa nostalgia de algo que no hemos acertado a expresar y que no es otra cosa que nostalgia de Beatrice.
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