Después de una noche infernal, desayunar en el
café de los fantasmas tiene cierto efecto catártico.
Absorto, soberbio, lejano, le veo sentado a solas en la última mesa. Me acerco a él con mis botas blancas de nieve y le escucho murmurar algo en voz muy baja.
Dulces y agresivos son los atributos de la noche
que corren sobre mí como agua oscura.
Si todavía leyera no se me habría olvidado diferenciar a Keats de Byron, pero a estas alturas eso es algo que ya no me importa.
No me atrevo a acompañarle hasta que no se digna a mirarme (realmente tengo una debilidad enfermiza por los ojos azules) y me saluda con su sonrisa triste.
- Hola, Maine, ¿hablamos un rato?
Fuera está nublado, por supuesto. Quizá tomándome excesivas confianzas, le pregunto si echa de menos su reino, cómo se despidió de él la víspera del exilio, cómo es posible que siga manteniendo el porte intacto desde entonces. Él me hace una sola pregunta:
- ¿Y tú, querida mía, reina sin corona, qué es lo que tanto extrañas que nadie sabe darte?
Pero se me acaban las monedas antes de sopesar nada, y ante mi mirada desaparece en leve humo blanco. Apuro mi taza y salgo de nuevo al frío, y al cerrar la puerta tras de mí es cuando me viene a la mente la respuesta exacta y me entran ganas de cortarme el pelo a cuchilladas como hice aquella vez.